lunes, 16 de agosto de 2010
AQUELLOS DÍAS
Aquellos días me hicieron
acariciar los sueños,
Eran sueños modestos;
dormir tranquilamente,
sentirme un poco amado,
poder comprarme un libro,
decir como Machado:
“Con mi dinero pago”.
Nos parecía imposible no ser un día felices. Quería ser mejor que los cantamañanas, que los novios primeros, ser su poeta cantor, su compañero del alma. Ella me miraba y apenas comprendía quién era el tipo aquel con el que se había casado. Yo la miraba a veces, cómo no haber amado sus grandes ojos fijos, fingiendo que sabía mucho, que era muy sabio. Que mientras estuviéramos juntos, estábamos salvados.
Era comprar un libro un acontecimiento. Con él llegaba a casa; Celine, Henry Miller,Onetti o García Márquez. Se lo enseñaba a ella y ella me sonreía. (Teníamos muchas risas y muy poco dinero.)
Nos parecía imposible no ser un día felices. Creíamos que teníamos, los dos, todo el derecho. También teníamos discos que nos había regalado amigos que encontraron refugio en aquel piso. Venían todas las noches y cenábamos tortillas y palitos de marisco. Domingo ponía siempre en el plato a Milton Nascimiento: Corazón americano. Y teníamos ganas de marcharnos muy lejos, de hacernos brigadistas en Nicaragua, de buscar por París a la Maga o de abrazarnos en Cuba a un póster del Ché Guevara.
Mientras hacíamos la cena, descorchaban botellas los amigos, botellas del banquete de bodas que habrían sobrado y que alguno de ellos hurtó para nosotros, liaban canutos o miraban los folios que yo había perpetrado y que dejaba siempre en un sitio visible
por ver si los leían, antes de emborracharnos.
Luego, nos quedábamos solos, comprendiendo que nos amábamos mucho y nos comíamos a besos. Besos de los que se dan por gusto y se dan por todo el cuerpo.
Aquellos días me hicieron acariciar los sueños.
jueves, 12 de agosto de 2010
Pensamientos míos
Y es que escribir sigue siendo hoy viento fugitivo y publicar, columna arrinconada, que clamaría Blas de Otero. Uno se especializará al fin en una suerte de teoría literaria que no va a interesar a nadie, en una introspección que terminará siendo, como todas las miradas hacia dentro, desasosegante y dañina.
Se preguntará uno qué extraño mecanismo nos lleva nuevamente a convocar a las palabras que a veces salen aguerridas, bien pertrechadas de argumentos, como si pudieran, pobrecitas las palabras, nombrar el mundo, sus miserias y grandezas.
Y otras salen como si anduvieran masticándose a sí mismas, pervertida su verdad por las argucias del estilo, del oficio o de la gracia que uno más o menos haya podido ir puliendo con la práctica y el tiempo.
Empiezo a tener ganas de apartarme de manera definitiva del ridículo juego de extravagancias y vanidades que rodea el arte y sus especímenes. por minoritario, provinciano, paleto y cejijunto que pueda ser ese arte.
Huir de las molestas y modestísimas polémicas que a veces suscita una opinión, decir a todo el mundo cuando lo cuestionen a uno: “Qué razón lleva usted, jamás volveré a hablar así o a decir esto o lo otro”.
Prometerle a los que no soportan que vaya uno, a su edad, disfrazado de rockerillo cantautor, poeta de pueblo, carapapa medio pijo, medio hippi tonto el haba, empresario cagalástima, rojillo de pacotilla, guitarrista esclerótico, sabinita de barriada, pringao del barrio alto, borracho de taberna, revolucionario de botellón, vanidoso, Narciso, yoísta enfermizo y ……………(ponga usted aquí, que tiene mucho arte, lo que se le vaya ocurriendo).
Prometerle a todos- íbamos diciendo- como en la supurante canción del año catapún “No lo volveré a hacer más, no lo volveré a hacer más”………………. (ponga usted aquí, que tiene una gracia que no se puede aguantar, una miaja de su parte y tarareé la mítica copla “El Jardín prohibido”).
Porque al final, de toda esta pereza que siento ante el murmullo y la cochambre del patio de vecinos, me vengo a quedar con los buenos, con los amigos que llegan siempre, con los que me he criado y me siguen criando y enseñando cada día. Todo lo demás han sido aledaños, anécdotas o farsas.
Ya hemos vivido unas pocas noches hermosas de verano, hemos tenido alrededor amigos y salud. Muy poco dinero, eso sí, pero muchas ganas de estar juntos y de reconfortarnos los unos a los otros, de reír, de soñar, de cantar canciones y de olvidar unas horas el duro chantaje de la crisis, sus puñaladas traperas.
Hemos perseverado en nuestro deseo de ser felices y me he sentido en algún momento, tras asistir al diario prodigio del crepúsculo, de la mano de mi compañera y con cinco euros en el bolsillo, dichoso como un budista emporrao mirando una cabra.
He ejercido, algunas noches, de sibarita de los sentidos y me he puesto a leer en voz alta : “Todo se me ha vuelto insoportable menos la vida” y , con lo tonto que es uno, parece por momentos entenderlo todo, asumir la levedad de estos tiempos. La gloria nocturna de ser grande no siendo nada. La majestad sombría del esplendor desconocido, que más o menos diría Fernando Pessoa.
Yo he vivido estas noches y la voy cantando por ahí. Los días son a veces como un susurro y a veces como una onomatopeya de tebeo de posguerra. Un día somos el héroe y otros el caricato.
Ponga usted, que sabe mucho más que uno, a qué día corresponde esta perorata.
Se preguntará uno qué extraño mecanismo nos lleva nuevamente a convocar a las palabras que a veces salen aguerridas, bien pertrechadas de argumentos, como si pudieran, pobrecitas las palabras, nombrar el mundo, sus miserias y grandezas.
Y otras salen como si anduvieran masticándose a sí mismas, pervertida su verdad por las argucias del estilo, del oficio o de la gracia que uno más o menos haya podido ir puliendo con la práctica y el tiempo.
Empiezo a tener ganas de apartarme de manera definitiva del ridículo juego de extravagancias y vanidades que rodea el arte y sus especímenes. por minoritario, provinciano, paleto y cejijunto que pueda ser ese arte.
Huir de las molestas y modestísimas polémicas que a veces suscita una opinión, decir a todo el mundo cuando lo cuestionen a uno: “Qué razón lleva usted, jamás volveré a hablar así o a decir esto o lo otro”.
Prometerle a los que no soportan que vaya uno, a su edad, disfrazado de rockerillo cantautor, poeta de pueblo, carapapa medio pijo, medio hippi tonto el haba, empresario cagalástima, rojillo de pacotilla, guitarrista esclerótico, sabinita de barriada, pringao del barrio alto, borracho de taberna, revolucionario de botellón, vanidoso, Narciso, yoísta enfermizo y ……………(ponga usted aquí, que tiene mucho arte, lo que se le vaya ocurriendo).
Prometerle a todos- íbamos diciendo- como en la supurante canción del año catapún “No lo volveré a hacer más, no lo volveré a hacer más”………………. (ponga usted aquí, que tiene una gracia que no se puede aguantar, una miaja de su parte y tarareé la mítica copla “El Jardín prohibido”).
Porque al final, de toda esta pereza que siento ante el murmullo y la cochambre del patio de vecinos, me vengo a quedar con los buenos, con los amigos que llegan siempre, con los que me he criado y me siguen criando y enseñando cada día. Todo lo demás han sido aledaños, anécdotas o farsas.
Ya hemos vivido unas pocas noches hermosas de verano, hemos tenido alrededor amigos y salud. Muy poco dinero, eso sí, pero muchas ganas de estar juntos y de reconfortarnos los unos a los otros, de reír, de soñar, de cantar canciones y de olvidar unas horas el duro chantaje de la crisis, sus puñaladas traperas.
Hemos perseverado en nuestro deseo de ser felices y me he sentido en algún momento, tras asistir al diario prodigio del crepúsculo, de la mano de mi compañera y con cinco euros en el bolsillo, dichoso como un budista emporrao mirando una cabra.
He ejercido, algunas noches, de sibarita de los sentidos y me he puesto a leer en voz alta : “Todo se me ha vuelto insoportable menos la vida” y , con lo tonto que es uno, parece por momentos entenderlo todo, asumir la levedad de estos tiempos. La gloria nocturna de ser grande no siendo nada. La majestad sombría del esplendor desconocido, que más o menos diría Fernando Pessoa.
Yo he vivido estas noches y la voy cantando por ahí. Los días son a veces como un susurro y a veces como una onomatopeya de tebeo de posguerra. Un día somos el héroe y otros el caricato.
Ponga usted, que sabe mucho más que uno, a qué día corresponde esta perorata.
viernes, 6 de agosto de 2010
SOLUCIONES
Cada vez que una de esas que tiene un chicle pegado en el paladar y habla como un dibujito animado, exclame “oigs, qué mal gusto tiene vistiendo mi asistenta” La mandaremos a cortar uva, a recoger fresa o a quitar mierda en un edificio de oficinas, le daremos un marido parado, un hijo cani empastillado y una quinceañera preñada, y por las noches que se vista como le salga del alma.
Cada vez que un barrigón enchaquetado, se lamente por el teléfono móvil del retraso de las obras porque los albañiles van muy lentos, le pondremos una camiseta sin mangas, un casco y le daremos una pala. Y estaremos mirándolo durante horas bajo los venerables treinta y ocho grados de nuestro exquisito verano.
Cada vez que un juez mande a alguien al trullo, porque no ha tenido tiempo ni ganas de ponderar los atenuantes, le quitaremos la toga y lo llevaremos al penal, para que explique en el patio, entre los compañeros del talego, que tiene mucho trabajo y que la justicia es, a veces, muy controvertida.
Cada vez que una señora se queje de la lentitud de un camarero que lleva ni se sabe cuántas horas poniendo cervecitas y tapitas en la terraza, la levantaremos de la mesa, le daremos un delantal y una bandeja, y la pondremos a dar vueltas por la terraza, sumida en la vorágine de la sed de nativos y turistas.
Seremos implacables, no nos darán pena, y con Nicolás Guillén, cuando creamos que van a darnos pena, pensaremos en los largos días sin zapatos ni rosas, sin camisa ni sueños, en los largos días de pieles prohibidas.
Cada vez que alguien diga que hay que mantener la presión en la frontera del Líbano, para contener a la guerrilla islamista, lo meteremos en un avión, lo llevaremos a la frontera libanesa, lo soltaremos y le daremos un megáfono bien gordo para que defienda desde allí su proclama.
No conseguiremos la paz, ni la justicia, ni por supuesto la libertad, pero evitaremos ya para siempre que la gente diga tantas gilipolleces. Por algo se empieza.
Cada vez que un barrigón enchaquetado, se lamente por el teléfono móvil del retraso de las obras porque los albañiles van muy lentos, le pondremos una camiseta sin mangas, un casco y le daremos una pala. Y estaremos mirándolo durante horas bajo los venerables treinta y ocho grados de nuestro exquisito verano.
Cada vez que un juez mande a alguien al trullo, porque no ha tenido tiempo ni ganas de ponderar los atenuantes, le quitaremos la toga y lo llevaremos al penal, para que explique en el patio, entre los compañeros del talego, que tiene mucho trabajo y que la justicia es, a veces, muy controvertida.
Cada vez que una señora se queje de la lentitud de un camarero que lleva ni se sabe cuántas horas poniendo cervecitas y tapitas en la terraza, la levantaremos de la mesa, le daremos un delantal y una bandeja, y la pondremos a dar vueltas por la terraza, sumida en la vorágine de la sed de nativos y turistas.
Seremos implacables, no nos darán pena, y con Nicolás Guillén, cuando creamos que van a darnos pena, pensaremos en los largos días sin zapatos ni rosas, sin camisa ni sueños, en los largos días de pieles prohibidas.
Cada vez que alguien diga que hay que mantener la presión en la frontera del Líbano, para contener a la guerrilla islamista, lo meteremos en un avión, lo llevaremos a la frontera libanesa, lo soltaremos y le daremos un megáfono bien gordo para que defienda desde allí su proclama.
No conseguiremos la paz, ni la justicia, ni por supuesto la libertad, pero evitaremos ya para siempre que la gente diga tantas gilipolleces. Por algo se empieza.
miércoles, 28 de julio de 2010
ADIÓS LUZ DE VERANOS
Las tardes se hacían eternas. Con aquellos años no podíamos comprender que nuestros padres oscurecieran la casa echando las persianas y pasaran tranquilamente dos horas durmiendo. Eso era como morirse un poco cada día, eso era como derrotarse frente al laberinto de colores de la vida, del verano, de las olas que en la playa seguían arrastrando ociosos cuerpos medio desnudos. Eso era renunciar a los castillos de arena y al buceo macarra sin aletas y con tubos para respirar hechos de caña.
Dormir era una derrota, una tristeza que no queríamos sentir, era no estar en el mundo, perderse las pelotas de Nivea que ya estaría lanzando el avión publicitario. Era no comerse la tortilla de patatas y no sentir en la boca el sabor a agua salada, no morder arena y tortilla, ni pringarse el cuerpo entero de crema, ni embadurnarse de arena después y rodar otra vez hasta la orilla para sentir el frescor de la espuma y meternos mucho más adentro en el mar de lo que nos dejaban nuestros padres, y buscar la pérdida de pie para ser más chulos, y quitarnos los bañadores en cuanto podíamos para bañarnos en pelota y para enseñarnos las pichas y los pelos que, a algunos más que a otros, empezaban a cubrirnos la entrepierna.
Eso era la siesta para nosotros. Un exilio cruel de la felicidad. La prohibición de hacer ruido porque el viejo madrugaba más de lo acostumbrado durante el verano para tener las tardes libres. Dos horas con doce años sin poder gritar nuestras célebres Katas en el portal de la casa mientras emulábamos a Bruce Lee y casi nos echábamos abajo la cara a puñetazos mi hermano y yo. Dos horas sin poder escuchar a la ELO, a Mody Blues, a The Knack o a los Beatles que eran los grupos de rock que nos gustaban entonces. Dos horas sin poder agarrar una escoba , transformarla en guitarra y convertirnos en estrellas del rock and roll bailando como posesos y saltando sobre aquel colchón de muelles que fuimos poco a poco destrozando. Fueron esas siestas las que lo aficionaron a uno a la lectura, cogía de la mísera biblioteca familiar el Platero y yo, y entre la pena que uno tenía por no poder solazarse y la retórica lacrimosa de Juan Ramón preguntándole al burrito “Platero ¿tú nos ves? “ comenzaron ciertas cosquillas poéticas a picarle a uno.
Había cada verano un niño que se ahogaba, casi por ley, nada más comenzar la temporada de baños. Eso provocaba la prohibición de ir solos a la playa y teníamos que someternos a la tiranía de la siesta, hasta que algunos buenos amigos nos fueron enseñando a mentir y buscábamos cualquier excusa para escapar de la tristeza del descanso vespertino y tirarnos a la calle. Nos bañábamos en calzoncillos y cuando volvíamos a casa, buscábamos una fuente de agua dulce para disimular el sabor a salitre de nuestra piel porque se nos había metido en la cabeza que nuestra madre nos chuparía el brazo y descubriría así la vileza de nuestra traición.
Cuando oscurecía íbamos al parque, siempre había un juego por jugar, una aventura que buscar por las casas en ruinas, por los campos con guardas psicóticos capaces de pegarle un tiro a un chaval que roba peras. Exhaustos tras las pequeñas batallas diarias llegábamos por fin al banco del parque donde se sentaban cada tarde las muchachas y allí como guerreros con mocos ensayábamos nuestras primeras seducciones.
El verano le quitaba a las chiquillas la solemnidad de los uniformes de los colegios de monjas y nos las mostraban por fin con sus pieles, sus mínimos escotes, sus caderas y sus piernas. Era raro que cada semana no anduviera uno enamorado de alguna y los temblores que sentimos ya no volverán jamás, porque no volverán los primeros besos en el cine, temiendo siempre el rechazo, los primeros manoseos y esas eyaculaciones que parecían un pis curioso cuando nos pegábamos a las chicas en las esquinas y descubríamos el gozo de la anatomía, las tersuras maravillosas de la carne y el sabor a fruta fresca de las bocas. El verano era la vida y el misterio, enamorarse como en las coplas de una niña de otro pueblo, convertir el mes de agosto en una eterna travesía, ir al cine sin techo y mirar más las estrellas del cielo que las estrellas de la pantalla.
El verano era también la penumbra de esas tardes, leyendo a Juan Ramón y a Antonio Machado, haciendo versos en cuadernos de rayitas e inventando canciones con dos acordes de guitarra - más o menos como ahora-
El verano era para estar con los amigos, para sentarse en el patio de la casa de vecinos hasta las tantas y escuchar a los mayores contar historias terroríficas de muertos y de guerras. El verano era un niño con un polo derretido, una pionera con los pechos al sol vigilada por diez mocosos pajilleros, un tiburón de mentira que siempre aparecía por la costa, una noche de verbena mirando con devoción a los músicos de la orquesta. Pan con manteca y casera blanca, dos cigarros rubios marca Fortuna para cuatro o cinco, un circo patético con payasos alcohólicos y trapecistas rubias de muslos inasibles.
El verano era la primavera de nuestras vidas.
miércoles, 14 de julio de 2010
CORRESPONDENCIA Y FATIGA
Hay cosas que dan asco; la nata de la leche, las venas de las personas, un fascista, un yogurt con trocitos de fruta…Y ese asco no puede uno evitarlo, se eriza el vello, el estómago burbujea como una lavadora antigua y no se vomita por educación y porque también sufre uno mucho con esas convulsiones estomacales.
El mismo hecho de vomitar es algo que da asco, sobre todo cuando el amargor- porque ya no hay nada más que echar por la boquita- inunda nuestra garganta y una amarillenta porquería llamada bilis rubrica la taza del váter como diciendo “tu alma era esto, esta amarga y cochambrosa macedonia”.
La petulancia da bastante fatiga, la propia y la ajena.
Hace muchos años, cuando uno no sabía nada y era un amasijo de intuiciones, iba uno por la vida de espabilado, de joven promesa, de pedantorro circunstancial y era capaz de escribir “Voy estando bastante de acuerdo con Marcuse en su definición de la sublimación subjetiva” y como encima en los periódicos de barrio o de pueblo le publicaban a uno estas paridas, ha quedado constancia escrita de las mismas. Algunas de estas tonterías que se lanzaban a los mares de la letra impresa le dan a uno asco y otras risa, eso va por días.
Que empiece a darte asco algo o alguien es muy peligroso para hacer un análisis objetivo de la realidad, porque antes de enfrentarte empíricamente con el objeto de tu náusea, ya has interiorizado su forma, su olor, su sabor o su discurso. Cuando me temo que alguien me va a soltar el rollo; mi libro, mi disco, mi cuadro o mi miembro en erección, enseguida noto como una bajada de tensión.
La mala educación también me pone fatal; esos que nunca dicen por favor, ni muchas gracias. La gente que tira porquerías por la ventanilla de su coche, o la que pega voces como si se estuviera loca.
Hace unos días recibí en mi correo electrónico una carta asquerosa y anónima que transcribo:
“Sr. Gallardo o Gallardoski como le gusta a usted que lo llamen: Me gustaría saber lo que entiende usted por cultura y por qué se dedica usted a criticar todo lo que no le gusta (nota marginal mía: sería raro abominar de lo que me gusta) cuando usted y sus amigos se dedican a ponerle faltas a todo sin ser capaces de aportar nada positivo y que el pueblo haga suyo. Este verano Sanlúcar estará plagada de actos culturales a los que usted por cierto no asiste nunca porque ustedes solamente asisten a los actos que organizan que como todo el mundo sabe son siempre conciertos desafinando y solanescas obras de teatro en las que no tienen ni el detalle de aprenderse el papel y tienen que leerlo, faltando el respeto al público y a ustedes mismos. Mire sr. Gallardo, sepa que en lo que de mí dependa se las va a ver usted negras para participar en cualquier actividad cultural en la que yo pueda decidir algo, así podrá usted seguir escribiendo esos artículos negativos que ustedes consideran graciosos en contra de los que sí creemos y sí queremos hacer cosas por nuestra ciudad, Sanlúcar de Barrameda. “
Como el correo es anónimo y enviado a través del blog “Gallardoski” no sé quién es el o la lumbrera que ha perpetrado esta chorrada. Que me diera asco el estilo es cosa mía y no debo hacer referencia a mis personales predilecciones. No, lo que me da asco y una fatiguita enorme es la burda amenaza final que hace el gracioso/a respecto a las posibilidades de boicot, ninguneo o censura a mis artísticos desvaríos.
Seguramente esto no será más que una broma de esos que andan todo el día por internet dando la brasa en los blogs, jugando con su anonimato a ser alguien, opinando de todo como los tertulianos incansables de los medios. Porque no creo que ninguna de las personas que trabajan en la cultura local, y que por lo tanto tienen alguna capacidad de decisión sobre lo que se me pueda ocurrir en el futuro para solaz de mis compinches, tengan nada en contra mía, más bien al contrario; muchos son amigos y hasta cómplices de alguna de las cosas que ha organizado uno en la ciudad, a saber; desmemoriadas lecturas, desafinados conciertos y artículos sin gracia ninguna.
Todo eso no quita que la lectura de este nuevo anónimo- recibe uno por desgracia bastantes a la semana, claro como es gratis- me haya producido esta mañana la temida fatiga. Estaría bonito que dieran la cara, que dijeran quiénes son, no vaya a ser que alguno de esos anónimos se siente a la verita nuestra cualquier día y sea uno- ajeno a todo- tan gilipollas de invitarlo a una cerveza.
El mismo hecho de vomitar es algo que da asco, sobre todo cuando el amargor- porque ya no hay nada más que echar por la boquita- inunda nuestra garganta y una amarillenta porquería llamada bilis rubrica la taza del váter como diciendo “tu alma era esto, esta amarga y cochambrosa macedonia”.
La petulancia da bastante fatiga, la propia y la ajena.
Hace muchos años, cuando uno no sabía nada y era un amasijo de intuiciones, iba uno por la vida de espabilado, de joven promesa, de pedantorro circunstancial y era capaz de escribir “Voy estando bastante de acuerdo con Marcuse en su definición de la sublimación subjetiva” y como encima en los periódicos de barrio o de pueblo le publicaban a uno estas paridas, ha quedado constancia escrita de las mismas. Algunas de estas tonterías que se lanzaban a los mares de la letra impresa le dan a uno asco y otras risa, eso va por días.
Que empiece a darte asco algo o alguien es muy peligroso para hacer un análisis objetivo de la realidad, porque antes de enfrentarte empíricamente con el objeto de tu náusea, ya has interiorizado su forma, su olor, su sabor o su discurso. Cuando me temo que alguien me va a soltar el rollo; mi libro, mi disco, mi cuadro o mi miembro en erección, enseguida noto como una bajada de tensión.
La mala educación también me pone fatal; esos que nunca dicen por favor, ni muchas gracias. La gente que tira porquerías por la ventanilla de su coche, o la que pega voces como si se estuviera loca.
Hace unos días recibí en mi correo electrónico una carta asquerosa y anónima que transcribo:
“Sr. Gallardo o Gallardoski como le gusta a usted que lo llamen: Me gustaría saber lo que entiende usted por cultura y por qué se dedica usted a criticar todo lo que no le gusta (nota marginal mía: sería raro abominar de lo que me gusta) cuando usted y sus amigos se dedican a ponerle faltas a todo sin ser capaces de aportar nada positivo y que el pueblo haga suyo. Este verano Sanlúcar estará plagada de actos culturales a los que usted por cierto no asiste nunca porque ustedes solamente asisten a los actos que organizan que como todo el mundo sabe son siempre conciertos desafinando y solanescas obras de teatro en las que no tienen ni el detalle de aprenderse el papel y tienen que leerlo, faltando el respeto al público y a ustedes mismos. Mire sr. Gallardo, sepa que en lo que de mí dependa se las va a ver usted negras para participar en cualquier actividad cultural en la que yo pueda decidir algo, así podrá usted seguir escribiendo esos artículos negativos que ustedes consideran graciosos en contra de los que sí creemos y sí queremos hacer cosas por nuestra ciudad, Sanlúcar de Barrameda. “
Como el correo es anónimo y enviado a través del blog “Gallardoski” no sé quién es el o la lumbrera que ha perpetrado esta chorrada. Que me diera asco el estilo es cosa mía y no debo hacer referencia a mis personales predilecciones. No, lo que me da asco y una fatiguita enorme es la burda amenaza final que hace el gracioso/a respecto a las posibilidades de boicot, ninguneo o censura a mis artísticos desvaríos.
Seguramente esto no será más que una broma de esos que andan todo el día por internet dando la brasa en los blogs, jugando con su anonimato a ser alguien, opinando de todo como los tertulianos incansables de los medios. Porque no creo que ninguna de las personas que trabajan en la cultura local, y que por lo tanto tienen alguna capacidad de decisión sobre lo que se me pueda ocurrir en el futuro para solaz de mis compinches, tengan nada en contra mía, más bien al contrario; muchos son amigos y hasta cómplices de alguna de las cosas que ha organizado uno en la ciudad, a saber; desmemoriadas lecturas, desafinados conciertos y artículos sin gracia ninguna.
Todo eso no quita que la lectura de este nuevo anónimo- recibe uno por desgracia bastantes a la semana, claro como es gratis- me haya producido esta mañana la temida fatiga. Estaría bonito que dieran la cara, que dijeran quiénes son, no vaya a ser que alguno de esos anónimos se siente a la verita nuestra cualquier día y sea uno- ajeno a todo- tan gilipollas de invitarlo a una cerveza.
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