sábado, 8 de enero de 2011

SIN SUERTE

Siempre que ha caído en mis manos un libro de Vargas Llosa lo he leído con gusto, también sus artículos que elevan casi siempre la categoría de las páginas por donde los va publicando; no entiendo muy bien los motivos de esta simpatía por la escritura del peruano con pinta de presidente de alguna república en vías de desarrollo. A veces sus presupuestos simplistas frente a las formas de gobierno de las distintas sociedades me sorprenden porque, sabiendo que tonto no es, esa fe de converso en el sistema llamado liberal y en las bondades del capitalismo, sea este lo salvaje que sea, me lleva a pensar que obvia interesadamente a toda una parte del mundo y casi todos los lados bestias del mercado voraz. Eso no está bonito y además hiere de gravedad su entramado ideológico que pretende desenredado de prejuicios. Pero como les pasa a muchas personas sus vidas- en el caso de Vargas Llosa; su escritura- son bastante más libres que sus ideas.


Hace unos días escuché al reciente premio Nobel, precisamente en su discurso de aceptación del premio, hablar de forma despiadada de la suerte. Seguramente él no era consciente de la impiedad de sus palabras, seguramente las pronunció incluso desde un prurito de solidaridad. Era cuando aludía a su buena fortuna por todas las cosas que la vida la había dado, y para reforzar su argumento recordaba a los “escribidores” sin suerte, que es como el buen hombre llamó a la famélica legión de desgraciados, amateurs y aficionados a emborronar cuartillas, pantallas de portátiles y hasta servilletas de taberna como los románticos decadentes. Afirmaba que él mismo podía haber sido uno de esos pringados pero que ya, evidentemente, no lo iba a ser nunca. Le faltó añadir ¡Dios me salve palomita!

Peroraba el insigne de todo esto desde la atalaya a la que se suben los salvados y como uno no ha perdido completamente la cabeza, no pudo más que verse retratado en esa cara oscura de la luna, en esa parte sórdida del oficio.
Hay que tener mucho cuidado con las descripciones objetivas porque lo normal es que dejen un reguero de damnificados.
No le agradezco a Vargas Llosa que se acordara de nosotros, nunca se dicen esas palabras para los vencidos, se dicen para los nuevos amigos, los que van a acompañar a la celebridad en su bacanal de cenas, premios, reconocimientos y otros cachondeos.

Los vencidos no quieren, no queremos, que nos defiendan tanto ni que sean considerados con nosotros. Los vencidos andan sobreviviendo en trabajos que odian o recibiendo subsidios misérrimos, o hambreando por los ayuntamientos para entrar a formar parte del misterioso cuerpo nacional de auxiliares administrativos. O mendigando un premio en alguna serranía, componiendo poemas a alguna virgen, escribiendo en diarios en manos de delincuentes económicos que jamás pagarán un euro a nadie y que vivirán del triste componente vocacional de los artistazos de pueblo y de la todavía más triste vanidad que acompaña al escritor cuando ve su tontería impresa.

Uno sabe ya, a esta alturas, que lo que nos depara el porvenir será carne de parodia, que a partir de cierta edad todo es redundancia y que la redundancia lleva a la reiteración y, probablemente en el mejor de los casos, al vicio.

Los vencidos no tenemos fuerza para la envidia pero detestamos la conmiseración. Cuando la obra de uno se ha abismado por los senderos de la indolencia, el desinterés general y el fracaso, sólo decimos que apenas nos quedan fuerzas y ganas para enfrentarnos a la pantalla que titila ausente de signos, esperando que vayamos a rellenar con nuestras incomprendidas virguerías ese espacio que todavía queda en nuestro disco duro.

Por eso huiremos a partir de ahora de todas las parrandas relacionadas con la literatura porque es como ir a mirarse uno mismo en el desastre, porque todo parece una imitación ; las presentaciones de libros con sus presentadores, los recitales poéticos con sus rapsodas, los premios de ateneos y de asambleas de amas de casa con sus mezquindades. Toda esa parafernalia que tanto se parece a vivir una existencia de juguete, , así que no nos prestaremos a las lamentables celebraciones de pueblo, a esas lecturas en las bibliotecas los días de otoño mientras fuera llueve y hace frío y , como Vallejo, uno no tiene ganas de vivir, corazón.

Ni nos dejaremos filmar por las televisiones locales un día de agosto, en camiseta, para que vuelvan a emitir el reportaje en pleno invierno y nos veamos allí, tan frescos, estúpidos y felices por andar rodeados de celebridades contemporáneas y tengamos que apechugar con que la gente sensata del barrio nos diga que ya está bien, que ya empezamos a ponernos pesaditos, hasta grotescos,  con tanta aparición pública.

Seguirá uno escribiendo, seguramente, porque hay unas horas en las que la musa se nos presenta lasciva y en bragas y se lo pasa muy bien, la musa, con esa burla a la que viene sometiéndonos desde hace mucho, mucho tiempo.

Será uno consecuente con su época y con sus posibilidades, confesará sus carencias y aplaudirá a todos y cada uno de los genios sin parangón que van apareciendo cada cierto tiempo por las calles tanto del barrio alto como del barrio bajo. Al que no tenga la suerte de comerse el mundo porque la gente es tonta perdida y no sabe reconocer a un monstruo (del cante, del baile, del periodismo, de la poesía lírica, del baile por sevillanas...) cuando lo tiene delante, le diremos que hay quien nace póstumo, que era lo que se decía Nietzsche a sí mismo un poco antes de perder la chaveta y comerse los morros con un caballo.


Quedará uno para aplaudir y para festejar porque estamos seguros de que todos los genios lo son y de que lo que ellos tengan que decir vale mucho más que lo que uno lleva diciendo tantos años, sin que escuche ni dios, que por su condición de ubicuidad y de infinita misericordia, tendría al menos el buen dios, que haber escuchado una miaja.
 

 

PASEO

Enero de 2011, epifanía del señor. Primer paseo por la playa del año , me gustaría haberlo dado el día de año nuevo pero suelo reptar por las esquinas de la resaca ese día tan señalado.
Las tradiciones se mantienen o se inauguran cuando tiene uno edad para ellas, de niño, de joven, no hay tradición ni costumbre ni historia ni respeto ninguno por ellas; esa será la deriva conservadora de nuestro pensamiento; la edad, el orangután heroico de los años mirando desde el espejo y masticando el tiempo.

Mi tradición es pasear largo rato por la playa alguno de estos días festivos, otear desde la orilla como un navegante a la inversa el milagro del paisaje eléctrico, fascinarme una vez más con la luz y sus prodigios sobre la espuma de las olas, abriéndose paso la luz como una esperanza humana entre el nublado cielo de esta mañana de enero.

Andaba uno henchido de melancolía, recordando dolorosamente otros paseos y otras soledades, escribiendo tonterías en el aire cuando me sorprendí a mí mismo conmovido y los ojos se me humedecieron y se me saltaron una mijita las lágrimas (qué dirá la gente) sé que nadie pudo verme porque lleva uno siempre unas gafas de sol puestas, como Pedro Navaja, para que nadie sepa en qué pupila lleva uno el puñal de su mirada.

Sacudí la cabeza como los perros cuando salen del agua y seguí caminando, vamos camino de Bajo Guía, que allí siempre se me reconforta el espíritu y las mañanas se iluminan y siento gran admiración y muchísimo gozo y se me recompondrá allí lo atónito del semblante, por decirlo a la manera de Baltasar Gracián que es otra de mis tradiciones cada nuevo año ; unas páginas de “El Criticón” mientras tomo café en la taberna. Abro el libro por cualquier página y leo al azar y no hay ocasión en la que no encuentre algo estimulante, veamos; “Que no ría mucho ni muy alto dando grandes risadas. Hay tantas y tales monstruosidades en el mundo, que no basta ya reír debaxo la nariz” Y pensamos en los malos y nos decimos que en cuanto podamos vamos a soltarle esto a uno de esos malos que hay por el mundo.

A estas horas paseamos muy pocos por la playa, ya lo hemos certificado alguna otra vez; los enfermos del corazón caminando a paso rápido, como huyendo del infarto que les echa el aliento en la nuca, los gorditos y las gorditas luciendo su ropa deportiva y sus sofocados semblantes, las mujeres bellísimas que tienen un perro también bastante bello y que pasean por la orilla con la única intención de que su pose pudiera ser eternizada en un lienzo para que la humanidad entera, hasta la humanidad de Villaluenga del Rosario, pudiera disfrutar de la magia de estos colores, de las formas que el cuerpo humano moldea en el espacio, si Sorolla no se hubiese muerto y la pintura no se hubiese convertido en un código de barras muy caro y muy cachondo.

Y toda esta belleza,esta paz en que estamos, como si no anduviéramos rodeados por todas las amenazas, como si no anduviéramos aterrorizados por la navaja impune del día de mañana, como si no supiéramos con Camus que el suicidio es el único problema filosófico que verdaderamente existe, toda esta belleza decía, no deja de emocionarme, este día que sólo nosotros vamos a ver, este amanecer que sólo nosotros hemos disfrutado, este aire que nos pega en la cara como si dios se hubiese venido a vivir un rato aquí abajo y lo único que le inspiráramos a ese dios más bueno que el pan, es una suave caricia a sus criaturas.

Porque si dios no hubiese muerto, como Sorolla, estaría flipando con Doñana, con la muchacha y con el perro que no deja de correr tras un palo que ella lanza una y otra vez como lanzará sus besos a sus enamorados que también correrán tras ellos, con la barca panza arriba sobre la que ha crecido una flor silvestre, con las gaviotas chuleando con su vuelo como si toda la playa fuese suya.

A lo mejor a dios le daba un vuelco el corazón o lo que sea que tenga el altísimo para hacer poesías y lanzaba una bendición sobre todos nosotros y la gente por un simple paseo por la playa se convertía en buena y justa. Y le daba igual a la gente lo que tú tienes, debes o deseas y te daba un cigarrito tras desearte buenos días, y no te delataba la gente por fumarte un cigarrito, y no te engañaban más nunca, y no te hacían pasar hambre habiendo comida, y no te encerraban en las cárceles ni te mataban en las guerras, ni te enfermaban, ni te robaban, ni te calumniaban.

La revolución pasa por las orillas, ya lo decían en París, los pijos del sesenta y ocho; debajo de los adoquines está la playa.

Pero el sueño dura poco, lleva uno un par de horas zozobrando por la arena y no he caído en la cuenta de que el paseo marítimo ha empezado a llenarse de familias que chillan, de niños con bicicletas y triciclos corriendo como motoristas macarras, de motoristas macarras que ahora han cumplido veinte años y se han comprado un coche feo y macarrean por el paseo con sus equipos de música vociferando sentencias romeras o amorcitos flamencos cantados con timbre de contralto borracho en una comparsa. Bajo Guía es de pronto una industria y lo que hace unos minutos era indolencia y calma es ahora una batalla de manteles, servilletas, camareros hacendosos y camiones de cerveza descargando mercancía. Las gaviotas graznan como brujas y la muchacha del perro habla por un teléfono móvil con una vulgaridad desoladora.

Ya no tengo esa lagrimita a punto de caer y estoy deseando irme de aquí, conmigo se vienen el paisaje, la luz, Baltasar Gracián, el rumor de las olas, Dios padre y Sorolla. Ellos se quedan con todo lo demás.


viernes, 24 de diciembre de 2010

FELIZ NAVIDAD

Deberíamos suspenderlas, estas fiestas quiero decir, deberíamos declararlas perniciosas para la salud mental y absolutamente dañinas para las economías familiares.

Por donde voy me llegan las mismas noticias sobre la - así llamada- nochebuena. Son siempre noticias sobre el hastío que producen, son quejas y más quejas sobre las reuniones familiares donde siempre sobra y falta alguien, son reproches sobre los precios que alcanzan los productos más o menos aparentes con los que se pretenden agasajar a los parientes y a los amigos, son ayes y suspiros de señoras caminando cargadas de alimentos perecederos a los que rotularán con mayonesa y otras salsas de cansina elaboración.

¡Qué coñazo de navidad! Es lo que más escucho a mis paisanos, pocas, escasísimas veces ha oído uno decir a alguien ¡Qué alegría más grande de navidad! . A los chiquillos y las chiquillas y a algún otro más maduro pero de una edad mental semejante a la de los púberes o los infantes. El resto del personal o de la ciudadanía como diría un politicastro de la época, está generalmente hasta los huevos de choco de estas orgía de postres derramados y lucecitas de colores titilando por las plazas y avenidas, que se diría que, otra vez, la ciudadanía en pleno se ha ventilado un tripi y va por ahí gastando lo que no tiene y poniendo caras de idiota colectivo.

Deberíamos suspenderlas para no tener que escuchar más villancicos agitanados, para no tener que tocar la pandereta al lado del cuñado que enseguida se achispa y que cada año pregunta indefectiblemente si hemos cambiado de coche, de una puta vez, la faltaría añadir.

Deberíamos suspenderlas para evitar la cochambre de las calles, para evitar también que nuestros vástagos vomiten por las esquinas los excesos del vino dulce, para que no mueran tantos jóvenes por las carreteras comarcales víctimas de esta irracional alegría fiestera que se torna en tragedia tantas veces.

Deberíamos suspenderlas para quitarnos de la vista la tontería de los muñecos subiendo por las ventanas como ladrones buenos, para ahorrarnos el costo del alumbrado de las plazas con esa estética nórdica como imitando la nieve que nunca caerá por aquí , a no ser que los heraldos del cambio climático lleven razón y esto se convierta en una trapisonda del clima que no entienda ni el niño dios recién nacido.

Deberíamos suspenderla para que el que no tiene nada, como el niño dios recién nacido y en pañales, no se sienta todavía más chinche y más fuera de las ceremonias de su país y su aldea y le entre, al que no tiene nada ni nada puede ofrecer a los suyos, una pena muy grande.

Deberíamos suspenderlas porque son tristes como la pena del parado y del indigente, porque son muy tristes las alcobas alquiladas pendiente de la orden de desahucio, porque son muy tristes los pesebres en los que sestean domesticadas por el monstruo de la crisis todas las sagradas familias obreras del mundo, deberíamos suspender esta mansedumbre de creer y cambiarla por la pelea de conquistar.

Pero si al final las suspendemos tampoco podremos asistir al cachondeo de la zambomba, a las comidas de empresa donde por fin gráciles secretarias echan un polvo extramarital achispadas de cava con el conserje del edificio que está buenísimo sin el uniforme. Si la suspendemos nos perderemos el mensaje de su majestad borbónica que consigue cada año dormir al abuelo como un sedante regio. Nos perderemos el fandango de la prima del campo y la rumba loca de la rubia del tercero que cada año se viene a la fiesta y se levanta una miajita más la falda de volantes y olé.Si la suspendemos nos perderemos también algunos brindis, algunos abrazos que no se dan casi nunca, algunas miradas infantiles llenas de emoción viendo a los reyes magos tirar caramelos duros por las calles. Si las suspendemos nos perderemos algunas copas y eso sí es imperdonable en estos tiempos terribles que estamos padeciendo.


Todo, como se ve, tiene como mínimo dos caras. No me resisto para terminar este artículo estacional a citar un genial verso hecho villancico de Carulla, autor de la Biblia en verso y citado por Josep Pla en sus “Notas del Crepúsculo” :

“Nuestro señor Jesucristo/ nació en un pesebre/ ¡Donde menos se piensa/ salta la liebre”




martes, 14 de diciembre de 2010

HABLANDO DE TODO



Me interrogaba una amiga, amiga a su vez de mi escritura; estos alardes de juntapalabras con los que zascandileamos por la opinión, cómo era posible que anduviese uno ya, a mis años, tan descreído, tan apeado de las Arcadias del porvenir, tan levemente melancólico. Veamos:


No estuve en las trincheras defendiendo la libertad o una idea de la libertad, ciertamente no había por esta parte del mundo silbido de balas ni cañonazos , pero si me hubiesen angustiado de verdad la justicia de mis ideas, si me hubiese faltado el aire imaginando las tropelías y los asesinatos de los villanos del mundo, muy bien podría haber cogido mi hatillo, mi juventud y mis certezas de entonces y largarme a guerrear a Nicaragua o ponerme los avíos de ayudar y partir para el cuerno de África como un misionero marxista.

Pero no anduve en conspiraciones , ni corrí con mi pancarta mientras la policía repartía palos a los rezagados o a los camorristas que pretenden su revuelta por los barrios, que levantan el ascua sagrada de la lucha obrera en forma de tea y queman o destruyen lo que al día siguiente los obreros de siempre, los que no pudieron ir a la manifestación porque el lunes había que currar, tendrán que limpiar y reparar por un sueldo de miseria que bien vale una manifestación y el germinar de una lucha y vuelta a empezar si es que quieres que te cuente el cuento de Juan de la Pipa.

No arriesgué mucho, la verdad. Cuando tuve que cortarme la pelambrera para ganarme el pan lo hice, estuve a esto de cambiar el foulard palestino por una corbata estampada, menos mal que los dueños de los cortijos empezaron, ellos también, a quitarse las corbatas y a vestir informalmente sus camisas con reptiles y sus jerséis equinos y permitieron que a los jóvenes de antaño nos bastara con el aseo y la ausencia de símbolos, entiéndase pegatinas, chapas anti otan o zarcillos en las orejas, para ocupar algún puesto de responsabilidad en sus empresas.

También hice la mili mientras otros muchos compañeros se jugaban la libertad, la libertad esa de los veinte años que es cuando más se ama la libertad. Algún día contará uno cómo hizo el servicio militar, esto será cuando estemos completamente seguros de que han prescrito los delitos contra la patria que uno allí cometió.

Siendo todavía muy joven me propusieron celebrar una boda con la mujer que amaba, atendí los deseos familiares y me dejé secuestrar durante un par de horas en una iglesia, una ceremonia folclórica en la que confortaba comprobar que el opio del pueblo se había transformado en garrafón y que los feligreses del quilombo creían tanto en las poesías medio subnormales que recitaba el cura como el comité del partido en la antigua URSS en la revolución proletaria y en la filosofía de los compadres Marx y Engels.

Frente a un tipo vestido de cantante griego que me miraba a los ojos hablando de amor heterosexual, de compromisos casi de ultratumba y de vomitivos débitos conyugales, como cuando firma uno un contrato, dije públicamente sí, quiero ; y faltó la ovación de la afición que se retuvo hasta llegar a la parcelita donde tras sacrificar un cochino, pelar unos cientos de gambas y producirse la ingesta de varias cajas de vino de la tierra, se oyeron los vítores de rigor y los celebrados novios aprovecharon la confusión de la fiesta para largarse al Sur, garito inexcusable de aquellas noches, vestidos todavía de mamarrachos y terminar de ajumarse (él, ella no) con los amigos de siempre, que ni vitoreaban ni nada.

Dejé que los míos vivieran en función de sus ideas y procuré que las ideas que uno tenía no se filtraran por los sumideros de la educación. Sólo impuse el respeto y la independencia de cada uno, tuve siempre la sensación de que lo que se gana a través de la violencia; orden, autoridad, temor, no valía la pena. Nunca quise que nadie me quisiera por otra cosa que por lo que uno mismo era, la única ambición era vivir y rozar de vez en cuando esas fronteras de la felicidad y de la risa. Me gustó la canción y el poema, hice muchas canciones y montones y montones de poesías. Al principio las regalaba, cuando entendí que también el regalo era una forma de oprimir la tranquilidad de las relaciones, dejé de hacerlo, incluso dejé de leerles las poesías a los pobres incautos que todavía consideraban una cortesía muy buena animar mis ínfulas de rapsoda .

Por todo eso, querida amiga, creo en todo hasta que deja de ser creíble. Por eso ando tan cansado muchas veces y me pierdo en cierto nihilismo ilustradillo que puede parecer cargante. Por eso a veces, apenas me defiendo y me dejó llevar por este río de la vida que nos pongamos como nos pongamos, al final termina- ya Manrique lo dijo y cómo - desembocando en la mar. Que es el morir.

lunes, 6 de diciembre de 2010

ESPEJISMOS

Decía Hemingway que a partir de los treinta años, un hombre es responsable de su cara. La tradición habla también de que la cara es el espejo del alma y yo trato de conjugar con mis precarios avíos analíticos las caras que conozco y veo que efectivamente, ese bigote arrogante, seguro de sí mismo, inhabilitado para la piedad o la compasión que quiso dibujar José Stalin sobre su boca, forma parte de la responsabilidad facial que tuvo Stalin sobre su imagen y la proyección de ésta al mundo. No buscaba la admiración sino el terror y se puso bigote y gorra de plato para habitar en los sueños como quimera y pesadilla, para que en los sueños de, por ejemplo, Bulgakov, uno de los grandes de la novela rusa del siglo XX, se manifestara el padrecito con toda su solemnidad asesina.

También el ridículo bigotito de Adolfo Hitler, insultante, inseguro y cruel , que sólo puede desfavorecer un rostro, ese bigote acomplejado y vengativo fue responsabilidad del monstruo nazi. Si no hubiese cuidado cada mañana Hitler esa imagen dura y demoniaca que le daba su pelusa de fantasía sobre la boca, a lo mejor hubiera sido menos malo, a lo mejor hubiera vivido con menos odio.

Escribo esto no porque pretenda llegar a ninguna conclusión capilar, no porque tenga ningún interés en demostrar empíricamente la relación entre la misteriosa manía del bigote y los arrebatos totalitarios de las personas. A pesar de ello se me ocurren montones de ejemplos ; Pinochet , Videla, Francisco Franco, Himler, Aznar, Taras Bulba…Escribo esto por razones mucho más peregrinas o, si se quiere, más personales.

Esta madrugada, cuando he llegado a casa repleto de amistad y sumido en una ebriedad reconfortante, me dio con la jumera por dibujarme yo también un bigotito en el careto, a ver cómo se me transformaban el humanismo y la tolerancia. Quería modelar yo en mi propia piel un mostacho librepensador pero, se han detenido estos delirios de barbería cuando me he asomado al espejo del cuarto de baño y he visto cómo un desconocido miraba desde dentro, me observaba perplejo y como uno ya a esta edad no cree en los bichos de ultratumba ni en nada que no se pueda encontrar en internet, he retado a mi reflejo durante más de diez minutos. A ver qué tienes que decirme le he dicho al tipo que miraba.

Frente a frente conmigo mismo , he visto en mi mejilla izquierda la huella de un beso de mi abuela que debió suceder sobre el año 1974, mi labio superior todavía estaba marcado por un puñetazo muy doloroso que debieron darme en la década de los ochenta, por mis párpados bajaba una melancolía infinita que pertenece a aquellos años de adolescencia en los que me complicaba la vida con argumentos robados a Raskolnikov o al Hamsum hambriento y helado de Noruega.

Mi labio inferior todavía sangra el dulce mordisco de aquel polvo juvenil en una habitación de hotel una noche triste de despedida y guarda restos mi boca del escozor que me dejó la pasión en casi todas mis zonas erógenas .

Mis pómulos se han hinchado con el paso de los años y del rostro afilado que uno tuvo, quedan ahora unas marcas que hablan de cuadrantes, de balances, de traiciones y de tardes de otoño viendo anochecer por la ventana de la oficina. Mis pómulos se convirtieron en cachetes y se pusieron gorditos como se pone gordito a los treinta años el hombre casado.

Mi frente, ay, empieza a estar marchita como en el tango y las arrugas del día se manifiestan con un jeroglífico de vida.

En mis pupilas brillan todavía canciones, paseos por la playa en soledad, libros acumulados en los laberintos del intelecto, bragas y sostenes tirados por el suelo, sexo callejero y manos infartadas entre cremalleras y encajes, sueños, utopías , conciertos, condones y versos.

Y si miro más adentro- porque el del espejo se deja- descubro a mi hermano tocando canciones hermosas y tristísimas en un cuarto helado de la provincia de Madrid, 1990. Abro la boca como el monigote del “Grito” y me salen recitales poéticos en el Topo Andalú, Maiakowski y Cesar Vallejo campeando a sus anchas entre efluvios marihuaneros, abro la boca y el negro Milanés encarnado en el “Jou” trova “Mi dulce niña” entre amigos que llegan y amigos que se fueron.

Mi cara y el tipo del espejo han venido a contarme la vida esta madrugada extraña, entre mis cejas hay un dolor oculto y una venganza de los tiempos, por mis orejas caen como enanitos los enemigos que no han sabido perdonar y en mi garganta la angustia sube y baja al compás de mi nuez.

Luego me duermo pensando en bigotes y sólo se me aparecen beatíficos mostachos: Frank Zappa, Faulkner, Charlot, Cernuda… y zozobro pensando en que cualquier generalización vendrá a ser rebatida inmediatamente por la tozudez de los hechos.