sábado, 26 de julio de 2008

INGENIERIA SOCIAL

Un día, a la clase obrera la bautizaron, vamos que le pusieron un mote, y dijeron que algunos de ellos, eran de clase media.
Los elegidos por el sublime inventor de eufemismos se pusieron el traje de clase media y se colocaron jerséis con dibujitos de reptiles en el pecho que costaban más o menos el jornal de un día.
A partir de ahí el obrero que no había sido abducido por la poesía lírica se encontró con un enemigo nuevo que ni siquiera imaginaba. Como se puso un poco triste porque consideraba al maestro, al empleado de banca y al oficial de primera de albañilería un compañero en la lucha, le buscaron al obrero un paria a su medida: el parado, que la mayoría de las veces lo era por indolente, caradura y mamón.
Así las subclases se fueron reproduciendo en una grotesca orgía del hombre acechando al hombre, que diría Miguel Hernández, y todavía buscaron a pobres más pobres que el parado: nos trajeron la infinita tristeza del inmigrante que cuando no venía desde el puto cuerno de África exclusivamente para delinquir como un bellaco, lo hacía para trabajar por cuatro duros y para quitarle el empleo al sufrido obrero indígena.
Toda esta operación de sádico maquillaje de la realidad social se fue convirtiendo por mor de la magia manipuladora en la mismísima realidad.
Con toda esta basura era cuestión de tiempo que los jerarcas de Europa se juntaran para aprobar jornadas de 65 horas semanales, campos de concentración para rumanos, moros y negros y cualquier otra porquería que se les ocurra a ustedes.
La historia ha muerto, decía un japonés, para finiquitar aquella máxima de que la lucha de clases es la partera de la historia. Pues les está saliendo de puta madre.

domingo, 20 de julio de 2008

COMPROMISO POLÍTICO


Había un matón que cuando me veía, me gritaba siempre cosas espantosas, me daba un cate sin ningún motivo y buscaba en mi persona cualquier tontería para burlarse.
En fin, que uno lo único que podía hacer era plantarle cara, darle un par de buenos golpes estilo Bruce Lee y una vez concluida la batalla y medio tieso el combatiente, señalarle con el dedo - en plan oriental también- y advertirle de que Gallardoski niño, no se andaba con chiquitas.
Le planté cara, pero ni las katas de la muerte ni el dedito deícida, que diría Vallejo pudieron ser. El matón después de tirarme al suelo con manifiesta facilidad, me dio un par de puñetazos y cuando pude levantarme y salir cagando leches, rubricó su victoria con una humillante patada en el culo de la que mi orgullo aún se resiente.
Lo cierto es que pasaron los años y la justicia poética vino en mi auxilio; el matón se quedó chiquitillo y enclenque, fumaba mucho y seguro que se mataba a pajas ilustradas por sádicos pensamientos, mientras que, por el contrario, yo crecía y me ponía más fuerte y más chulo y me la tocaba lo justo.
Así que un día pensé en vengarme, escenificar al fin mi furia oriental frente al otrora temible matón que era ya, decididamente, canijo y penoso. Al fin, cuando lo tuve delante y él me miraba con esa resignación de víctima, sabiendo que se merecía un par de hostias, alargué mi mano pero no para endiñarle, sino para estrechar la suya.

Se le saltaron dos lágrimas y yo me fui más contento que unas pascuas sabiendo que con esa batalla había ganado la guerra. Me parece que ese fue el primer compromiso político de mi vida.

jueves, 10 de julio de 2008

CELEBRACIONES


Uno sabe que el gilipollas que hace sonar el claxon de madrugada es un ser humano, no lo parece, pero lo es. Y sabe uno que tendrá sus cosas buenas, por ahí; ocultas en alguna parte de su corazoncito. Uno acepta la existencia del espécimen porque cree que hay esperanza para el hombre y para la mujer. La gente puede un buen día, leer un libro hermoso de poemas, o un ensayo de Montaigne o ver una película que les cambie la vida y que les cure de las enfermedades comunes de la estupidez, la grosería y la mala educación. Por eso sabía uno que esa efervescencia patriotera, al final, terminaría con algún desastre. La turba no sabe administrar la felicidad, enseguida convierte ésta en una obscena representación del salvajismo. En nuestra ciudad nos hemos conformado con destrozar la fuente de la plaza del cabildo, una gracia más del grotesco catetismo endémico con el que tenemos que lidiar cada fin de semana. Uno empezó defendiendo a los muchachos que jugaban al fútbol con la selección española, pero a medida que los excesos frikis de los comentaristas iban jaleando a una nación hambrienta, por el momento de circo, pero con la amenaza del hambre de pan sobre sus cabezas, sentía uno algo de fatiguita entre tanto mensaje de triunfo, entre tanta locura colectiva que empezaba a ser amenazante. Una semana más de gloria futbolera y hubiésemos tenido que vestir todos de uniforme, cantar todos oé oé oé y ser todos expertos en estrategias balompédicas, y el que se hubiera resistido a semejante esperpento, habría sido tachado de mil y una infamias, perseguido por apátrida y convertido en enemigo. Menos mal que hemos ganado, que ya hemos socializado el triunfo y nos sentimos todos héroes y campeones. ¿Y la fuente? Ah, ya la arreglarán poquito a poco.


domingo, 29 de junio de 2008

DON QUIJOTE

Esta mañana he recordado perfectamente lo que acababa de soñar. Claro, sería uno de esos estadios del letargo que se llaman Rem, que son siglas guiris para definir un “Rapid Eye Movement” ( movimiento rápido del ojo) y que le hacen a uno pensar que todo ser humano, en su intimidad, incluso en su intimidad más inconsciente, podría protagonizar una película de terror.

Bueno pues lo que acababa de soñar era, ya lo suelto, que Raúl Alfonsín, primer mandatario digamos democrático de la República Argentina, me mandaba un telegrama donde se podía leer:

“Las Malvinas. Stop. Provocan emociones. Stop”.

Esta tontería formidable, que si le pasa a mi ordenador le inoculo de inmediato un antivirus, le ha pasado a esa metáfora de la informática que es mi cerebro. Es verdad que son muchas las mañanas que despierto con una frase así de estúpida. Deformación intelectual a la que me abocan las lecturas compulsivas de esos alemanes tan sabios que pululan por la filosofía contemporánea o de esos alquimistas de la palabra que lejos de todo folclore hablan exclusivamente de las ignotas potencias del alma.

Así no hay forma de levantarse por la mañana como una persona normal. Se mira uno al espejo y le viene otra ráfaga:

“Buceé en tu líquido amniótico”.

Será esta profusión de frases, de casi epitafios, fruto de las lecturas nocturnas. Lecturas que luego, como una cena opulenta, se indigestan en nuestro cerebro y se ponen a bailar un rigodón desesperado y en lugar de vomitar, como cuando uno cena demasiado, lo que se hace es proferir al vacío gilipolleces.

Si el delicado equilibrio que nombra la cordura se fuese pervirtiendo bajo la influencia de los libros, si no tuviésemos trabajo, mujer, hijos, hipotecas que pagar y dedicáramos el día al análisis de esta actividad mental irracional y refleja;

¿Quién nos garantiza que un buen día no cogeríamos nuestro ciclomotor o automóvil y saldríamos alegórica lanza en mano a enfrentarnos con los molinos, que serían gigantes o a buscar a esa Dulcinea que todo caballero guarda en el más lírico rincón de su corazón?

jueves, 12 de junio de 2008

A LA MIERDA!

Lo tengo todo un poco abandonado: La parte esta mía del arte y el ensayo. Nos produce cierto temor esta indolencia, como si fuésemos a perder la práctica, el oficio, la gracia.
Vemos abismarse las poquísimas certezas económicas y sociales que nos iban quedando, sufrimos las consecuencias del timo monumental con el que nuestro abúlico presidente consiguió los votos de una población que quería ser feliz, que anhelaba esa mirada positiva que con la sonrisa meliflua, nos vendían desde las tribunas sociatas.
Ahora miran hacia otro lado, silban disimulando como ya hizo en los ochenta esta misma ralea que cumplió a la perfección su destino social- demócrata de mamporreros de la derecha y de los poderes fácticos, que ya, como la Santísima Trinidad, convergen todos en uno: El dinero.
Cuando las personas a las que se les ha vendido el caramelo del bienestar, una piñata envenenada en la que como chiquillos en un cumpleaños dramático, todos participamos y compramos nuestros dúplex, nuestros automóviles y nuestras parcelitas de recreo, cuando esa “Mirada positiva” nos poetizó las cosas más cotidianas y podíamos entregarnos a las domésticas utopías; podíamos ser vagamente solidarios con los inmigrantes, ahora ya somos enemigos otra vez, podíamos hacer grandes planes para estructurar el estado, ahora somos otra vez desconfiados y centralistas porque tememos que en el pastel de la financiación nos vuelvan a timar.
Cuando los gobernantes se quitan la máscara de su inoperancia y, otra vez como niñatos malcriados, afirman que todo lo que pasa es por culpa del vecino, y por culpa de ese vecino que es el mundo en general, vemos que hay gente que se va a la calle en las fábricas, en las obras, en los talleres. La mirada positiva nos parece un asqueroso sarcasmo, un cinismo cruel de los que jamás pierden sus trabajos, de los que tienen apellidos que llevan siglos gobernando un país, de esta aristocracia de altos funcionarios, de secretarios de estado adscritos a ministerios inútiles que le solucionan la papeleta y el jornal a una banda de inútiles que, a pesar de su probada ineficacia, han conseguido ir medrando a base de perreo, inmoralidad y avaricia.
He vuelto a recuperar, por más que me pese, la repugnancia profunda que durante años sentí por los políticos profesionales y de la que me redimió ese buenismo oportunista de ZP.
He vuelto a sentirme tan estafado como cuando el otro encantador de serpientes nos la metió a todos doblada con lo de la OTAN .
Ahora ya puedo volver a decirles con todas las letras que se vayan a la mierda, sabiendo que no serán ellos los que concurran a esa bacanal nauseabunda de la porquería. Sabiendo que seremos otra vez nosotros, los pobres, los que nos veamos inmersos hasta las trancas en esa asquerosa diarrea. ¡Puaj!