El surrealista le metió un limón por el ombligo a una virgen lánguida extasiada y patiabierta sobre el lomo de una ballena bíblica que contuvo la excitación para no expeler de sus entrañas, con un estornudo rotundo, al buen Jonás.
El socialista miró a la famélica legión, no debió de gustarle la visión, así que le hinchó la musculatura para que sedujera al mundo occidental desde los enormes murales del sueño comunista, convirtiendo al hombre nuevo en un cachas sistemático cuyo martillo soberbio lo mismo valía como herramienta que como arma revolucionaria.
El hiperrealista era un viejo recién operado de cataratas descubriendo las luces que Monet había velado con tanto mimo, sumido en su melancolía decimonónica.
El dadaísta había sufrido tanto con los dados de Mallarmé y con su perturbadora negación del azar que decidió someter todo el arte a la casualidad, el dadaísta buscó a uno con nombre puramente dadá; Tzara , y se montó su fiesta hasta que la república de Weimar lo aburguesó.
El ultraísta fue cegado por los grandes mecanismos detenidos de las fábricas, al fin poéticas desde su tristeza infinita.
El futurista compuso antiguallas y greguerías castizas de sideral violencia.
De todo el revoltijo, de toda esta feliz o desgraciada ceremonia, de esta macedonia o esta vomitera, que eso va en gustos, nace la pinacoteca de la perplejidad contemporánea, el desasosiego policromado, la mancha que cae sobre el lienzo desde el abismo o desde las alturas.
Cierto asco lleno de astucia hacia los mercaderes y los galeristas y también una pútrida mansedumbre de colorines y prostitutos del espacio museístico.
Hablamos de la pintura moderna; de la estafa del tebeo sublimado con bichos japoneses y quijadas expresionistas, de los puntos sin la grandeza puntillista de un Seurat, de los puntos como asteroides de color en una galaxia de impostura y juerga.
De sofisticados macarras que visten su ineficacia o su sinvergüencería colosal de glamour y de misticismo cagadito pedo a pedo en los neones de los grandes almacenes, en su papel de regalo, en su papel de estraza como Tapies, en su papelón decorativo de la posteridad.
De el papanatismo de los comisarios políticos del arte, de el esnobismo maternal de los centros subvencionados de arte contemporáneo, que prefieren hacer históricos ridículos antes que rechazar la cagadita de mosca de uno, que a lo mejor, dentro de doscientos años, cuando todos seamos otra vez medio primates, es considerado un verdadero genio incomprendido del siglo XXI.
Los que serán glosados por los futuros comentaristas borrachos y por los críticos de arte, con la boca abierta ante la tontería de Altamira Superstar.
jueves, 30 de octubre de 2008
martes, 28 de octubre de 2008
NOTAS DEL PASEANTE
garabatea el cielo sus presagios de lluvia
Mi reflejo me mira desde el escaparate
y saludo al personaje.
Este tiempo de otoño me ha vestido otra vez
con aquel viejo abrigo que siempre pareció contener
a un hombre bastante más viejo,
Y vuelvo a mi reflejo en el escaparate
Y ni sé ya cuántas noches cayeron como ésta.

Siento un escalofrío al constatar tristezas,
lluvias que regresan, plazas desoladas
y neones que titilan cual astros a lo lejos
Y empiezo a ser consciente de que ya estoy metido
en los pliegues de esta ropa, de que voy dando la talla
tan antigua que marca la etiqueta de este abrigo.
Me doy cuenta, en fin, de que ya no me engaño,
de que me he convertido en lo que temí alguna vez,
de que no soy ya más que lo que parezco.
(de “El cuaderno amarillo” , de próxima aparición… seguramente)
con aquel viejo abrigo que siempre pareció contener
a un hombre bastante más viejo,
Y vuelvo a mi reflejo en el escaparate
Y ni sé ya cuántas noches cayeron como ésta.

Siento un escalofrío al constatar tristezas,
lluvias que regresan, plazas desoladas
y neones que titilan cual astros a lo lejos
Y empiezo a ser consciente de que ya estoy metido
en los pliegues de esta ropa, de que voy dando la talla
tan antigua que marca la etiqueta de este abrigo.
Me doy cuenta, en fin, de que ya no me engaño,
de que me he convertido en lo que temí alguna vez,
de que no soy ya más que lo que parezco.
(de “El cuaderno amarillo” , de próxima aparición… seguramente)
lunes, 20 de octubre de 2008
MÍSTICA
Le cuesta tanto al ser humano entenderse consigo mismo. Lo que más contento le pone, es soñar y fantasear con la vida después de la muerte. Expresión paradójica que induciría a la risa si no fuera porque muchas tonterías se han cometido atendiendo a los dictados de esta fantasmagoría absurda.
Si de verdad creyésemos en las excelencias del más allá, nos darían ganas de cortarnos tajantemente las venas y arribar de inmediato a los soleados paraísos en los que nuestros niños jugarían con los leones, nuestros jóvenes follarían eternamente a mórbidas huríes y a nuestros mayores se les pondría una cara de de sabios que ganas darían de besarle a todos y a todas la venerable calva.
Por eso, cuando miro una rata atropellada en la carretera y voy observando cómo según pasan las horas, la rata va desdibujándose del asfalto para terminar siendo una mancha más sobre el alquitrán una vez que los bichos han dado buena cuenta de la sangre y las tripas; y las ruedas de los coches de la piel y los huesos, se me resbala la mística por todo el cuerpo, me encojo de hombros y silbo por distraer la esencia del hombre trágico.
se siente más cerca uno de la rata que de Jesucristo, porque a la rata la entiendo, la rata es mensurable, y lo del Cristo un lío que ha provocado charlatanería a tutiplén.
Se pone a pensar uno en los muertos de las guerras, en los muertos de la catástrofes naturales, en esas playas regadas de cadáveres, y lo que se me viene a la cabeza es la rata destripada, el perro atropellado en la autopista, la materia transformada, en suma, que ni se destruye ni desaparece.
Uno que quiere, pese a la repugnancia que le inspiran, parecerse más a la rata que a la mosca del vinagre cuya secuencia genética, por lo visto, apenas se diferencia de la nuestra, sabe que el sol, en términos relativos, se va a apagar en poco tiempo y sabe que nuestras vidas son los ríos que van a parar a la mar y que no hay ángeles subacuáticos sino peces que te comen los ojitos.
Ni Neptunos iracundos con su tridente amenazante, sino salitre que hincha la piel y cuando el mar, que es el morir, te vomita hasta la orilla… no hay un dios que te reconozca.
Si de verdad creyésemos en las excelencias del más allá, nos darían ganas de cortarnos tajantemente las venas y arribar de inmediato a los soleados paraísos en los que nuestros niños jugarían con los leones, nuestros jóvenes follarían eternamente a mórbidas huríes y a nuestros mayores se les pondría una cara de de sabios que ganas darían de besarle a todos y a todas la venerable calva.
Por eso, cuando miro una rata atropellada en la carretera y voy observando cómo según pasan las horas, la rata va desdibujándose del asfalto para terminar siendo una mancha más sobre el alquitrán una vez que los bichos han dado buena cuenta de la sangre y las tripas; y las ruedas de los coches de la piel y los huesos, se me resbala la mística por todo el cuerpo, me encojo de hombros y silbo por distraer la esencia del hombre trágico.
se siente más cerca uno de la rata que de Jesucristo, porque a la rata la entiendo, la rata es mensurable, y lo del Cristo un lío que ha provocado charlatanería a tutiplén.
Se pone a pensar uno en los muertos de las guerras, en los muertos de la catástrofes naturales, en esas playas regadas de cadáveres, y lo que se me viene a la cabeza es la rata destripada, el perro atropellado en la autopista, la materia transformada, en suma, que ni se destruye ni desaparece.
Uno que quiere, pese a la repugnancia que le inspiran, parecerse más a la rata que a la mosca del vinagre cuya secuencia genética, por lo visto, apenas se diferencia de la nuestra, sabe que el sol, en términos relativos, se va a apagar en poco tiempo y sabe que nuestras vidas son los ríos que van a parar a la mar y que no hay ángeles subacuáticos sino peces que te comen los ojitos.
Ni Neptunos iracundos con su tridente amenazante, sino salitre que hincha la piel y cuando el mar, que es el morir, te vomita hasta la orilla… no hay un dios que te reconozca.
miércoles, 8 de octubre de 2008
MONÓLOGO

1.-. EL SIGNO DE INTERROGACIÓN
Escribí: ese hombre que cabalga sobre la interrogación del caos, porque hablaba yo entonces del signo de interrogación, que nadie me negará, es un caballo de mar que se mueve caprichoso en el océano de letras.
¿Certezas? ¿afirmaciones? ¿dogmas? …densas tesis que se ahogan en las trampas del lenguaje. Y llega, trota que trota, caballito preguntón. Y es más vistoso este signo ¿? que el alud inesperado de metáforas, de lunas o de lejanas tierras habitables.
De Poncio Pilatos a Nietzsche, ¿Qué es la verdad? Preguntaron. De Dante a Pablo Picasso, de Lennin con su quehacer o su ¿qué hacer?, de Miles Davis a Miró, el hombre que está aprendiendo o asistiendo al drama de vivir, hará gala en su momento del signo de interrogación.
2.- EL SIGNO DE ADMIRACIÓN
¡Oh, signo de admiración, erecto como un fusil, marcando la diferencia entre indignación y zozobra, entre discurso y desánimo. Pellizco de la lectura, agua fría que reclama miradas que se han perdido por entre la letra impresa.!
¡Oh, signo de admiración, espanto de las frases hechas, ofuscación, dependencia. Álvaro de Campos que se exaspera y aúlla ¡Recio espasmo retenido de los enfurecidos mecanismos!
¡Oh, signo de admiración, te espero siempre cuando dormito entre el punto y seguido y el grito soberbio que das me devuelve a la leyenda!
3.- LOS PUNTOS SUSPENSIVOS
Qué habrá que ya no se diga… Qué no se puede acabar o que es tan evidente que no veré necesario decir lo que bien se intuye… ¿Qué fluidez y qué gracia dará al signo muerto rango de conversación? ¿Con qué desprendimiento consideraremos enorme la inteligencia de quienes nos atienden?: con los puntos suspensivos…territorio minado del relato del que es mago Louis Ferdinand Celine, el escritor más moderno de nuestro tiempo…como dicen las reseñas que son siempre interesadas.
Qué hermoso juego…me engancho al gozo de lo inusitado…al erotismo anunciado y al misterio de la frase, las frases…esas que esperan, que marcan con su dibujo una inconclusa verdad, la verdad; los tres puntos suspensivos…
4 EL PUNTO Y COMA
No sé si ha quedado claro; si me explique como debo; si debería subrayar lo mejor de lo que digo. Quiero que esperen un poco para ver cómo sucedo a la frase más liviana con el punto y con la coma. Insisto en el argumento; sea convicción, duda, axioma…todo ello con la ayuda, claro está, del punto y coma.
5.-. LAS COMILLAS
Abro comillas y cierro comillas. Pongo el mote o la ironía: Juan Antonio Gallardo, “Gallardoski” . Abro y cierro las comillas, digo las cosas que pienso pero acepto
el disimulo, voy a poner un ejemplo: “Y aquella cantante con voz de cisterna atascada cantó (o cantuvo) “ . También lo diremos así: Y aquella cantante con voz de cisterna “cantó” y me he ahorrado algunas letras. Cito la frase o el verso: “Amada esta noche tú te has sacrificado” que es un verso de Cesar Vallejo, y marco la diferencia entre mi paulatino delirio y la voz grande y potente del “Peruano universal” . ¡Ah las comillas, pequeña burguesa figura del texto! Metáfora mala que se advierte. Cuando cierro las comillas se tambalean los adjetivos.

6.-. EL PUNTO Y FINAL
Y esto fue todo.
Punto
Y
Final .
Escribí: ese hombre que cabalga sobre la interrogación del caos, porque hablaba yo entonces del signo de interrogación, que nadie me negará, es un caballo de mar que se mueve caprichoso en el océano de letras.
¿Certezas? ¿afirmaciones? ¿dogmas? …densas tesis que se ahogan en las trampas del lenguaje. Y llega, trota que trota, caballito preguntón. Y es más vistoso este signo ¿? que el alud inesperado de metáforas, de lunas o de lejanas tierras habitables.
De Poncio Pilatos a Nietzsche, ¿Qué es la verdad? Preguntaron. De Dante a Pablo Picasso, de Lennin con su quehacer o su ¿qué hacer?, de Miles Davis a Miró, el hombre que está aprendiendo o asistiendo al drama de vivir, hará gala en su momento del signo de interrogación.
2.- EL SIGNO DE ADMIRACIÓN

¡Oh, signo de admiración, erecto como un fusil, marcando la diferencia entre indignación y zozobra, entre discurso y desánimo. Pellizco de la lectura, agua fría que reclama miradas que se han perdido por entre la letra impresa.!
¡Oh, signo de admiración, espanto de las frases hechas, ofuscación, dependencia. Álvaro de Campos que se exaspera y aúlla ¡Recio espasmo retenido de los enfurecidos mecanismos!
¡Oh, signo de admiración, te espero siempre cuando dormito entre el punto y seguido y el grito soberbio que das me devuelve a la leyenda!
3.- LOS PUNTOS SUSPENSIVOS

Qué habrá que ya no se diga… Qué no se puede acabar o que es tan evidente que no veré necesario decir lo que bien se intuye… ¿Qué fluidez y qué gracia dará al signo muerto rango de conversación? ¿Con qué desprendimiento consideraremos enorme la inteligencia de quienes nos atienden?: con los puntos suspensivos…territorio minado del relato del que es mago Louis Ferdinand Celine, el escritor más moderno de nuestro tiempo…como dicen las reseñas que son siempre interesadas.
Qué hermoso juego…me engancho al gozo de lo inusitado…al erotismo anunciado y al misterio de la frase, las frases…esas que esperan, que marcan con su dibujo una inconclusa verdad, la verdad; los tres puntos suspensivos…
4 EL PUNTO Y COMA

No sé si ha quedado claro; si me explique como debo; si debería subrayar lo mejor de lo que digo. Quiero que esperen un poco para ver cómo sucedo a la frase más liviana con el punto y con la coma. Insisto en el argumento; sea convicción, duda, axioma…todo ello con la ayuda, claro está, del punto y coma.
5.-. LAS COMILLAS
Abro comillas y cierro comillas. Pongo el mote o la ironía: Juan Antonio Gallardo, “Gallardoski” . Abro y cierro las comillas, digo las cosas que pienso pero acepto
el disimulo, voy a poner un ejemplo: “Y aquella cantante con voz de cisterna atascada cantó (o cantuvo) “ . También lo diremos así: Y aquella cantante con voz de cisterna “cantó” y me he ahorrado algunas letras. Cito la frase o el verso: “Amada esta noche tú te has sacrificado” que es un verso de Cesar Vallejo, y marco la diferencia entre mi paulatino delirio y la voz grande y potente del “Peruano universal” . ¡Ah las comillas, pequeña burguesa figura del texto! Metáfora mala que se advierte. Cuando cierro las comillas se tambalean los adjetivos.
6.-. EL PUNTO Y FINAL
Y esto fue todo.
Punto
Y
Final .
lunes, 29 de septiembre de 2008
FUTBOLÍN
Había dos modalidades; parando y sin parar.
Parando significaba que con la fila de delanteros se podía poner uno artístico y hacer algunas filigranas, pasando la bola de un muñeco a otro, con lo que se provocaba la exasperación del contrincante que manejaba a los defensas y al portero y que tenía que extremar la atención y soportar el tonteo burlón del virguero de turno.
Los muñecos, mancos de los dos brazos como figurillas paralímpicas, uniformados con los colores del Madrid o del Barcelona, con cara de juguetes antiguos y atravesados por una barra de hierro, carecían, pese a todo de entidad porque éramos los jugadores los que nos proyectábamos sobre el juego.
Esta modalidad del juego, parando, no era la habitual cuando las competiciones resultaban verdaderamente disputadas. La regla predominante era jugar sin parar la bola.
El posible virtuosismo era relegado en aras del resultado, aparte de que jugar sin parar le daba mayor dinamismo al partido y era donde realmente se demostraban las facultades de cada uno de los contendientes y la dureza de los saques y los tiros a puerta, así como la atención y la intuición geométrica de los porteros, que formulaban sus teorías físicas sobre efecto, velocidad, recorridos y ángulos de tiro.
Dentro de mi repertorio, una de las fórmulas más celebradas con la que se iba haciendo uno un doméstico mito de ese juego, tanto que ya nos resultaba complicado a mí y a mi compañero en la portería encontrar contrincantes a los que batir, era mi tiro a balón parado.
No recuerdo cómo lo hacía y seguro que a estas alturas no sería capaz de repetirlo, pero conseguía que la bola se quedase entre los pies del delantero sin detener el juego, y con un movimiento de muñeca y un efecto espectacular, la bola salía disparada y sonaba como una bomba el impacto del disparo contra la pared interior de la portería contraria, mientras que el chaval que velaba por aquella portería se quedaba con cara de ni haberla visto.
Pero todo se pervierte en esta vida y mis éxitos en aquel futbolín del barrio me llevaron a empezar a pavonearme en exceso delante de mis compañeritos de farra. No confesé entonces que así, con aquel juego, me redimía de mis fracasos futbolísticos y como sabe cualquier persona que haya nacido antes del imperio de las consolas y los video juegos, ser un fracasado en el fútbol para un chaval era lo mismo que ser un fracasado en la vida.
Mi vanidad me llevó entonces a buscarme a otro compañero, porque mi portero habitual ya no daba el nivel que yo exigía al equipo. Así que por fin, en medio de una partida con una pareja de jugadores pijos que venían de los futbolines de la zona buena de la ciudad atraídos por mi leyenda de gran jugador, le quité los mangos al compañero y le dije que me dejara solo, porque se había el compañero tragado un par de goles intolerables. Aquel amigo me miró directamente a los ojos y me dijo “ahí te quedas, gilipollas”.
Dejé que los pijos me ganaran aquel partido, al final los pijos ganan siempre y si no pueden hacerlo, cierran el garito, compran las contraportadas de los periódicos, inventan leyes, crean empresas que te contratan y después te despiden, para que aprendas.
Yo los dejé ganar, a los pijos, porque ya me importaba un carajo la partida, porque me importaba más la partida de la vida. Quería ir corriendo a buscar a mi amigo, disculparme y darle un abrazo. Esto del abrazo era casi imposible porque la jauría de chiquillos nos hubieran tildados de maricones de inmediato y con mis antecedentes como pésimo futbolista, no podía uno arriesgarse a la gestualidad del afecto, pero en fin, que prefería la amistad y la autenticidad de mi amigo que las proezas del futbolín.
Así ha sido casi siempre en mi vida. Así han sido mis renuncias y mi incapacidad de ejercer de lameculos de nadie para que me publique una mierdecita en alguna editorial, para que me contraten en un ayuntamiento, para que el primo de uno que conoce a otro me de un puto premio o una marchita flor natural en un certamen de los cojones, para que me den un puestecito de jerifalte de pueblo en algún partido político. Para cotizarme, en fin, en los mercadillos de la palabra o el cante.
Y es de lo único que a esta edad me siento arrogantemente orgulloso.
Parando significaba que con la fila de delanteros se podía poner uno artístico y hacer algunas filigranas, pasando la bola de un muñeco a otro, con lo que se provocaba la exasperación del contrincante que manejaba a los defensas y al portero y que tenía que extremar la atención y soportar el tonteo burlón del virguero de turno.
Los muñecos, mancos de los dos brazos como figurillas paralímpicas, uniformados con los colores del Madrid o del Barcelona, con cara de juguetes antiguos y atravesados por una barra de hierro, carecían, pese a todo de entidad porque éramos los jugadores los que nos proyectábamos sobre el juego.
Esta modalidad del juego, parando, no era la habitual cuando las competiciones resultaban verdaderamente disputadas. La regla predominante era jugar sin parar la bola.
El posible virtuosismo era relegado en aras del resultado, aparte de que jugar sin parar le daba mayor dinamismo al partido y era donde realmente se demostraban las facultades de cada uno de los contendientes y la dureza de los saques y los tiros a puerta, así como la atención y la intuición geométrica de los porteros, que formulaban sus teorías físicas sobre efecto, velocidad, recorridos y ángulos de tiro.
Dentro de mi repertorio, una de las fórmulas más celebradas con la que se iba haciendo uno un doméstico mito de ese juego, tanto que ya nos resultaba complicado a mí y a mi compañero en la portería encontrar contrincantes a los que batir, era mi tiro a balón parado.
No recuerdo cómo lo hacía y seguro que a estas alturas no sería capaz de repetirlo, pero conseguía que la bola se quedase entre los pies del delantero sin detener el juego, y con un movimiento de muñeca y un efecto espectacular, la bola salía disparada y sonaba como una bomba el impacto del disparo contra la pared interior de la portería contraria, mientras que el chaval que velaba por aquella portería se quedaba con cara de ni haberla visto.
Pero todo se pervierte en esta vida y mis éxitos en aquel futbolín del barrio me llevaron a empezar a pavonearme en exceso delante de mis compañeritos de farra. No confesé entonces que así, con aquel juego, me redimía de mis fracasos futbolísticos y como sabe cualquier persona que haya nacido antes del imperio de las consolas y los video juegos, ser un fracasado en el fútbol para un chaval era lo mismo que ser un fracasado en la vida.
Mi vanidad me llevó entonces a buscarme a otro compañero, porque mi portero habitual ya no daba el nivel que yo exigía al equipo. Así que por fin, en medio de una partida con una pareja de jugadores pijos que venían de los futbolines de la zona buena de la ciudad atraídos por mi leyenda de gran jugador, le quité los mangos al compañero y le dije que me dejara solo, porque se había el compañero tragado un par de goles intolerables. Aquel amigo me miró directamente a los ojos y me dijo “ahí te quedas, gilipollas”.
Dejé que los pijos me ganaran aquel partido, al final los pijos ganan siempre y si no pueden hacerlo, cierran el garito, compran las contraportadas de los periódicos, inventan leyes, crean empresas que te contratan y después te despiden, para que aprendas.
Yo los dejé ganar, a los pijos, porque ya me importaba un carajo la partida, porque me importaba más la partida de la vida. Quería ir corriendo a buscar a mi amigo, disculparme y darle un abrazo. Esto del abrazo era casi imposible porque la jauría de chiquillos nos hubieran tildados de maricones de inmediato y con mis antecedentes como pésimo futbolista, no podía uno arriesgarse a la gestualidad del afecto, pero en fin, que prefería la amistad y la autenticidad de mi amigo que las proezas del futbolín.
Así ha sido casi siempre en mi vida. Así han sido mis renuncias y mi incapacidad de ejercer de lameculos de nadie para que me publique una mierdecita en alguna editorial, para que me contraten en un ayuntamiento, para que el primo de uno que conoce a otro me de un puto premio o una marchita flor natural en un certamen de los cojones, para que me den un puestecito de jerifalte de pueblo en algún partido político. Para cotizarme, en fin, en los mercadillos de la palabra o el cante.
Y es de lo único que a esta edad me siento arrogantemente orgulloso.
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