sábado, 28 de enero de 2012

EL GUATEQUE


A las fiestas hay que ir con ilusión y entregados. Es la fiesta una representación de la zona rosa de la vida, de la parte buena del mundo y hay que llegar a ella con una disposición magnífica a la rumba y no andarse con remilgos de letraherido .
Lo que resulta un poco triste es ir a esos guateques a las que no debimos ser invitados, esos en los que conocemos a poca gente y a los que la compañera de uno declina asistir porque sabe mucho y sabe cómo son, cómo empiezan y sobre todo, cómo terminan. Entonces, vamos en plan solteros pero enseguida comprendemos que ya apenas sabemos movernos solos por los meandros de la noche y la pasamos, la noche, preguntándonos todo el tiempo qué coño hacemos ahí, si nuestros vicios son de andar por casa; fumar, beber vino barato, leer muchos libros, escuchar música, ver películas en blanco y negro...Si, además, nuestras armas de seducción fueron desarmadas hace décadas y lo de bailar nos ha dicho el médico que, en atención a la armonía del universo, debemos dejarlo definitivamente.

Está prohibido acodarse en los rincones más oscuros de la barra y endilgarse un güisqui detrás de otro, o tirarse de cabeza sobre la bandeja de canapés por mucha hambre que arrastremos, y sin embargo así terminamos e intimamos del tirón con los camareros porque sabemos, y saben ellos, que estamos en el lado opuesto de la barra de chiripa, porque así como a los anfitriones de la fiesta sólo los hemos visto alguna vez por la tele o en la prensa y nos han invitado porque existe eso del efecto mariposa y a veces les gusta a las celebridades meter a un pringado en su casa, con el camarero hemos coincidido mucho por la vida; en las colas para sellar el carné de paro, en las tabernas baratas de cerveza y tapa a un euro... acaso nos hayamos criado juntos en las barriadas feas de las ciudades, acaso ambos nos libráramos, también de chiripa, de caer en la heroína y de andar mendigando por ahí para un chute, con las bocas secas y comiéndonos un pastelito de nata por los caminos, como comíamos por las calles cuando éramos chicos.

El camarero, el portero, y hasta el guardia de seguridad; he ahí nuestra casta, nuestra clase. Miran y malician, sorprendidos de que andemos zascandileando entre los insignes, los popes y las diversas concejalías concertadas alrededor de los ricos. Uno se encoge de hombros y arquea un poco las cejas, como diciéndoles que tampoco uno se explica cómo ha terminado siendo un invitado más. De todas formas, el guardia de seguridad no nos quita la vista de encima y algún que otro camarero nos hurta cada vez que puede en su paseo con las bandejas, la posibilidad de coger al vuelo otra croqueta. El hombre acecha al hombre y el pobre, ay señor, acecha al pobre.

Mientras, los fiesteros más jóvenes que llevan en su pecho todos un cocodrilo verde, lanzan al aire globos de colores y aullan como licántropos poseídos, que a veces es verdad que andan los fiesteros poseídos por las substancias y hasta que sangran por la nariz como si en segundos fueran a transformarse en el Conde Drácula o, mejor, en el Hombre Lobo. Y se les ponen los ojos ensangrentados y brillantes implorando un poco de colirio que alivie el escozor, pero como imploran así, hablando raro, como si tuvieran la boca llena y con una exasperante lentitud, no se les entiende nada y nadie les alivia, al contrario; les ponen más copas con bebidas atómicas y les enfocan, como en las comisarías, con blancos haces de luz para terminar de abismarles la mirada. Y en vez de ligar con las muchachas, que era a lo que habían venido a la fiesta, se abrazan entre ellos amistosamente y se dicen, olvidando sus maldades, entre abrazos efusivos y palmadas en las espaldas, que son unas personas estupendas y buenísimos amigos. “Tú eres de puuuuta madre, tío” Estas personas se llaman Jose, sin tilde, Mariló, que es dolores pero sin dolor y a veces, como haciendo una parodia de sí mismos; Pelayo o Cuqui...

Los más chulos del baile desaparecen ordenadamente y se meten en el váter de dos en dos, como las muchachas, para escenificar en la intimidad sus atavismos de drogadictos respetables, con la tarjeta de crédito polvorienta y el canutillo morfinómano clavándose en los agujeros de la nariz.

Cuando estamos haciendo cábalas sobre cuánto cuesta todo esto y aplicamos los costes del sarao a nuestra economía para concluir que con la pasta invertida en el jolgorio podría vivir uno seis meses, llega un momento en el que esas ansias de cha cha chá van decayendo y los licántropos se transforman en lobitos buenos, las chicas dejan de ser guerreras y empiezan a alisarse las minifaldas como queriendo rehacer la compostura, porque pronto llegará la realidad del día y cada mochuelo tendrá que apechugar con las tribulaciones de su olivo. Son momentos en los que campea el aburrimiento por el local, el chalé en las afueras o la bonita finca campestre, y va señalando con su lenguaje de bostezos el sopor de los presentes.

Unos , los de edad provecta, se dan a la bebida compulsiva y cada vez más solitaria y amarga, glosan las excelencias del capital y dicen que en Cuba la gente no tiene derechos y que ellos llevan toda la vida luchando por la libertad y por la social democracia, antes contra el general Franco y ahora contra el Comandante Castro, por muy lejos que quede Cuba, porque también andaban ellos lejos cuando la gente sufría las vilezas del dictador fascista, pero están acostumbrados a revolucionarse así, a distancia, como por fax. Y otros, los más jóvenes, amagan todavía penosos bailes en el centro de la pista y la mayoría mira de soslayo el reloj para ver cuánto tiempo queda hasta que amanezca y poder así declarar otra noche consumida y depositar en el cubo de la basura; el gorro de payaso, el matasuegras patético y la sonrisa estupefacta.

No he sido nunca un buen fiestero, la verdad. Mi destino, cuando joven, era hacer de pinchadiscos que es el destino más triste para un joven enamoradizo, henchido de poesía púber y vagamente pajillero.
Yo me iba un poco antes de las fiestas, normalmente cuando la muchacha pretendida bailaba con el guapo un baile de esos, que llamábamos agarrado, y se le ponía a uno el corazón llorón de las canciones de amor. Me iba solo, con las manos en los bolsillos y cabreado con mi perra suerte y con los restos de serpentina que como una caspa sarcástica me caían por los hombros. Al día siguiente, los que se habían quedado estoicamente soportando sonidos de tambores sincopados y afrentas sentimentales de las chicas, le contaban a uno que, justamente después de que uno hubiera sido derrotado por los tristes acontecimientos, el cotarro se animó sobremanera, la charla entre amigos fluyó y fue maravillosa, las risas contagiaron el ambiente y la muchacha pretendida preguntó por uno varias veces. Y el caso es que todo eso me lo creía, como creí que podía asistir, con mi edad, mi genealogía y mis circunstancias, a una fiesta de celebridades literarias, políticas y musicales, sin salir de allí con pensamientos que iban desde el Kalashnikov, al sabotaje, pasando por una gran fatiga, muy parecida al asco. 


sábado, 14 de enero de 2012

PICIO Y ABUNDIO

Las ideas hay quien las tiene muy claras. Hay quien no tiene la facultad de la duda, incluso quien prefiere no saber más para no tener que cuestionar y no tener así que cuestionarse. Esto es muy común en los creyentes que cuando el camino de la razón les cierra todas las escapatorias posibles a la ultratumba y a los marcianos, se aplican a sí mismos esa suerte de anteojeras conocida vulgarmente como “Dogma de fe”.

Los dogmas son unos sapos que hay que tragarse cuando la razón ya no nos asiste y tenemos que encomendarnos a la mística. No se crean, la mística no está necesariamente relacionada con el sagrado corazón de Jesucristo ni con la creación del mundo en una semana en la que se echa el ratito y se crea, así, de la nada eso; el mundo y todas sus virguerías.

La mística puede ser también y de hecho lo es, un bonito cuento nacionalista periférico o centrífugo, una épica de revueltas a las que sucede una estética de guillotinas buenas; trabajos forzados amorosos en campos de concentración, adoctrinamientos mesiánicos, paseíllos justos y fusilamientos poéticos. 
Hasta habrá alguien que quiera explicarme qué tiene de respetable la histérica congoja colectiva de esos coreanos frente a un hombre muerto, o por qué un Burka tiene algo que ver con la liberación de la mujer, por qué lo que para nosotros es una infamia para otros está bien porque el que manda en ese pueblo es, fue,  o ha sido, un líder contra el imperio. Por qué los enemigos de mis enemigos tienen que ser mis amigos. Ay, ese complejo de la izquierda inmersa todavía en la geopolítica de bloques. Dirán; muchacho le exiges mucho a el lado revolucionario, pero es que en el otro lado no tengo esperanzas, ni se me ocurre que por el lado de la reacción vaya a emanciparse jamás el ser humano. Uno se siente de izquierdas pero también se siente muy solo. Ya lo decía Idea Vilariño, la poeta uruguaya:

Uno siempre está solo / pero/ a veces/ está más solo”

Los dogmas pueden venir de libros sagrados a los que se acude solamente para reafirmarse en las ideas de uno. Cuando entramos en la dinámica de producción, reproducción, procesos de acumulación del capital, etc.. del sagrado libro “El Capital” del difunto Carlos Marx, mayormente lo que nos entra es un mareo grandísimo, porque el soniquete de plusvalías y plusvalores, reconversión de mercancías y producción de excedentes, fragmentación del valor en varias partes y finalización de dios mío ya no sé de qué estamos hablando....dejamos a un lado el genesiaco libro y preferimos mirar la foto del autor y decirnos “cuánta razón tiene este hombre”.
Pero si somos capaces de sobreponernos a esa terminología economicista y a la traducción que estará seguramente mal hecha, podemos poner nuestras ideas encima de la mesa y confrontarlas con las del autor porque somos así de chulos. A esos ejercicios debiera una persona despierta entregarse y a cuestionar sin tapujos todo lo que no entienda o no le parezca bien.

Tiene bastante prestigio eso de la solidez de las ideas y siendo las ideas como son entes abstractos que andan jugando por ahí, en alguna recóndita parte de nuestro cerebro, parece bastante tonto dar solidez sistemática a esas ideas, como si no pudieran éstas evolucionar, como si el trote galopante de los tiempos no importara nada, como si la vida no fuera con sus percances a condicionar nuestros fundamentos éticos.

Podremos decirle a alguien, así en plan coña gaditana, que es más feo que el pobre Picio y se nos rebelará más bien poco, en todo caso esgrimirá el afrentado la parte de esa gracia gaditana que a él le hubiera tocado en suerte al principio de los tiempos, cuando lo del reparto de gracias y saleros, y nos espetará un; “más feo eres tú, cabrón” o alguna otra frase por el estilo.
Pero si por mal del demonio en vez de aludir a Picio y a su mítica estética repelente, aludiésemos a Abundio, y le dijésemos al contertulio que es o era más tonto que Abundio, es más que posible que el aludido, esta vez sí, estallara en una justísima cólera, sintiéndose verdaderamente vilipendiado por nosotros, por haberle dicho eso que ni tiene gracia ninguna, ni se puede rebatir con alguna mojiganga chirigotera.

Se quiere decir que, al menos entre los machos de la manada, se le tiene más apego o se le da más valor a la propia inteligencia que a la belleza. Bien. Si retorcemos el argumento y lo llevamos al pedregoso territorio de las ideas, tienen aquí también más prestigio los prosélitos de Picio que los del pobre Abundio.

Se puede decir en medio de la controversia que las ideas de fulano nos parecen feas y fulano rebatirá con esas mismas ideas, que siguen pareciéndonos feas y deformes, la discutible virtud de las mismas. Ahora, si le decimos a fulano que sus ideas nos parecen mayormente una reverenda tontería, se enojará muchísimo y sacará, para colmo de males, lo más feo de sus ideas hasta meterse en un jardín de confusión ético estética donde ya no sabemos que es peor; la falta de donosura y gracia de esa ideología que defiende o la estulticia que la compone.

Lo que peor les sienta a los dueños de ideas feas y asquerosas es que se les ponga en ridículo. En la Alemania del Nacional-Socialismo, hubo un humorista que estaba haciendo su espectáculo en un cabaret, de pronto entraron en él un grupo de nazis y el humorista al verlos, alzó su brazo derecho y abrió la palma de su mano. Los nazis reconfortados por aquella servidumbre se cuadraron de inmediato y respondieron al saludo fascista. Entonces el humorista, un héroe como todos los héroes algo inconsciente, proclamó desde el escenario con el brazo todavía alzado: “Hasta aquí saltó mi perro ayer” . La carcajada irreverente y liberada del público les hizo a aquellos pervertidos ideológicos que estaban todavía saludando marciales más daño que veinte discursos y que doscientos panfletos. Fue aquella una pírrica victoria de la inteligencia contra la barbarie. Luego al humorista le dieron las del pulpo, claro, porque el terror y la violencia son los únicos argumentos que la bestia maneja cuando es despojada de sus decorados.

No seamos feos como la bestia, no seamos imbéciles como sus secuaces. Y cuando el oráculo nos diga como al griego; “eres el más listo y el más sabio del baile” No olvidemos que Sócrates desconfió del oráculo e inmediatamente dijo aquello de “Sólo sé que no sé nada” . 


lunes, 2 de enero de 2012

MADERAS DE ORIENTE

Aquella ciudad era para nosotros un continente inexplorado. Apenas conocíamos de ella el trayecto de la casa al autobús que nos llevaba cada mañana al colegio. Nos sacaba la madre al portal con unos gorros coronados por ridículos borlones , con las bocas tapadas por la bufanda, los pantalones de tergal con el pijama debajo y los guantes de lana, como si viviésemos en el Canadá.
Y así emprendíamos la marcha los dos hermanos hacia las pendencias de la vida, que estaban entonces casi todas en el colegio y se quedaba la madre con el hermano pequeño a cuidarlo, porque nosotros con ocho y siete años cumplidos, ya podíamos apañárnoslas solos.
Lo primero que hacíamos mi hermano y yo en cuanto estábamos lejos del ángulo de visión de la madre era quitarnos la bufanda, el gorro y los guantes, sacarnos la camisa por fuera como los chulillos y meternos en la boca un chicle clandestino con bélico nombre (bazoka) o comernos un paquete de pipas, que según nos advertían eran muy malas las pipas para la salud y provocaban en los niños el dolor de la apéndice, así lo llamábamos. Y es que se operaban en aquellos tiempos casi todos los niños de apéndice y esa operación nos asustaba bastante, pero luego los que habían sido sometidos a ella enseñaban la cicatriz en el recreo y nos daba, en realidad, un poco de envidia cómo se decoraban los operados con aquella temprana herida de guerra. También era muy común la de las bolas de la garganta que tenía como contrapartida a perder para siempre las amígdalas que te hinchabas de helado (¡en invierno!) y te tirabas casi un mes sin tener que ir al colegio . Y de fimosis también se operaban bastante los chiquillos de la época y eso nos daba un terror infinito porque a esas alturas no sabíamos qué contrapartidas pudiera tener que te quitaran el frenillo. Con la apéndice estaba la guapa cicatriz y con las amígdalas teníamos lo de los helados, pero ¿con la fimosis? ¿Qué ganaba nadie operándose de eso? .

El autobús nos paraba a unos cien metros del colegio y cuando había dinero, entrábamos a comprarnos en una pastelería, yo una biscotela de coco y mi hermano menos sofisticado, cualquier cosa que llevara chocolate.
Eso era lo que conocíamos de la ciudad, eso y las dos o tres calles aledañas por las que golfeábamos a partir de las cinco de la tarde y una vez nos hubiésemos terminado la merienda mirando en la televisión a los payasos de la tele que hablaban con acento argentino y repetían constantemente a la audiencia de chiquillos aquello de “Cómo están ustedes” Y los chiquillos respondían invariablemente con un rotundo y entusiasta ¡Bien! Que ojalá hubiera sido siempre cierto.

No se sabe cómo, aquel cinco de enero de los años setenta del siglo pasado, tuvimos mi hermano y yo un poco de dinero, creo que un billete verde de mil pesetas. Con esa fortuna podríamos habernos acercado por fin hasta el escaparate desde el que saludaba el increíble Hombre Araña y comprarnos aquel disfraz, que en realidad era una suerte de pijama estrafalario que usaríamos por turnos los dos hermanos y aún nos hubieran sobrado quinientas pesetas. Podríamos también haber adquirido tres o cuatro álbumes bien lujosos de Mortadelo y Filemón, alguno de Lucki Lucke, encuadernado en cartoné plastificado con hermosos colores amarillos como el sol. 
El dinero nos quemaba en el bolsillo y no parábamos de hacer cábalas con él, pasaron todas nuestras aficiones, que eran muchas, por nuestras cabezas y decidimos perdernos por las más bulliciosas calles de la ciudad.

Era cinco de enero por la tarde noche, andábamos eufóricos los dos, teníamos la sensación de habernos perdido, pero no nos daba miedo la inclemencia de la noche que se nos venía encima. Casi todas las tiendas estaban llenas de gente, todos parecían buenas personas, dispuestos a ayudarnos si en algún momento nos entrarán la pena o la histeria. Adultos que apuraban sus compras para no dejar a los vástagos en la indigencia de la alegría, para cumplir con el ritual del regalo, para mantener la tradición tan surrealista de unos hombres, monarcas de algún ignoto reino oriental, que cada año dedicaban una noche de sus vidas a recorrer medio mundo y dejar a los niños algunos obsequios. A unos niños más que a otros, en función del comportamiento de éstos porque sabían estos tres individuos, ya fuera por delación traicionera de nuestros propios padres o por magníficos poderes sobrenaturales, cómo habíamos sido durante todo un año, qué pecados habíamos cometido y cuáles de ellos eran veniales y cuáles casi capitales.

Ni mi hermano ni yo nos tragábamos ya aquel cuento de felicidad. El hermano pequeño sí y nunca hubiéramos sido tan desalmados como para descubrirle el pastel. Así que la primera nubecilla que estropeó la claridad de aquella noche en la que íbamos a malgastar eufóricos nuestras mil pesetas, sería la del recuerdo del hermano pequeño. Enseguida pensamos en él, en lo raquítica de objetos de colores que podía amanecer la mañana de Reyes.

Fui yo el que lancé la idea de comprarle algo, pero lo hice con la secreta esperanza de que mi hermano dijese que no, que la pasta la invertiríamos en nosotros mismos. No ocurrió así, mientras yo seguía alucinando con las caricaturas de Francisco Ibáñez y valorando seriamente la posibilidad de que el traje o pijama de Spiderman contuviera una pigmentación secreta entre sus hilos y me diera ya para siempre, la fuerza sobrehumana ¡de una araña! (habíamos dejado la fantasía bíblica, pero seguíamos con nuestras fiestas de la imaginación)  Decía que mientras yo seguía con el primer plan, homenajearnos sin pensar en familia ni hacienda, como hacen los borrachos, mi hermano ya sólo tenía ojos para cuentos de ositos, para mullidos peluches o para cualquier cosa que le pudiera hacer ilusión poseer al Benjamín de la familia.

Empezamos a gastar dinero. Compramos alguna tontería que nos costó la mitad de lo que llevábamos encima y nos embargó una alegría extraña porque sabíamos que estábamos haciendo lo correcto, pero se supone que lo que menos desea aquel que regala algo, que tiene un detallito, es el anonimato. Hay hasta quien personaliza los regalos y nosotros íbamos a hacerlo en secreto, sabiendo que lo importante era que el retoño de la casa no se diera cuenta de nada y anduviera unos años todavía creyendo en mitologías y en OVNIS con camellos.

El maldito pijama o traje con poderes del Hombre Araña estaba en todos los escaparates de juguetes de la ciudad, como un cínico Mefistófeles que nos tentaba a cada paso. Yo ya no pude más y le dije a mi hermano; vamos a entrar ahí a comprarnos el traje de Spiderman con lo que nos queda. El escaparate desde el que nos saludaba el demonio daba a una calle importante, una bonita avenida llena de luces y de fanfarrias navideñas, sin embargo la puerta de entrada del establecimiento estaba en una bocacalle oscura por donde apenas circulaba nadie. Nos metimos, un poco amedrentados, en la callejuela y anduvimos unos metros hasta alcanzar el portal de la tienda. Justo enfrente había otra tienda, una droguería de la que salían unos aromas hipnóticos. Mi hermano se quedó parado frente a esa otra puerta, yo le tiraba del brazo ansioso por salir pronto de aquel laberinto de calles oscuras y ansioso también por tener entre mis manos el diabólico traje de superhéroe. Nos quedaban quinientas pesetas, un botín respetable para cualquier ladrón nocturno, para los miles de navajeros que están escondidos en las esquinas esperando la llegada de los niños perdidos, además teníamos el regalo del pequeño que también nos robarían o, peor aún, que nos apuñalarían el regalo allí mismo, delante de nuestros ojos, para que viéramos la maldad sin fondo que habitaba y habita en el mundo.

Mas, no había nada que hacer. A mi hermano se le había ocurrido que podríamos gastar el resto de la fortuna en un regalo para mi madre. Lo miré entre sorprendido y derrotado, balbuceé varias veces como un mantra; el traje, el traje...pero ya estábamos dentro de la droguería. Enseguida supe que en aquel negocio hacía lo menos doscientos años que no entraba nadie. Las estanterías tras el mostrador casi se venían abajo de la carga centenaria de productos que soportaban. Miles de frascos misteriosos, goma laca, disolventes, alcoholes, cajas de cartón con una muestra del producto que contenían cosida de mala manera...Un hombre, jorobado y con los mismos años que el negocio más o menos salió de pronto de un pasillo repleto de escobas, recogedores y fregonas, y nos preguntó con mal humor qué hacíamos allí, no qué queríamos, sino qué coño pintábamos allí los dos mocosos una noche de Reyes, en las que él, supuse, abría su negocio con el único objetivo de venderle algún veneno al suicida, o un buen cuchillo al asesino. Y como si me lo hubiese dictado un espíritu bueno, pongamos que el de la navidad, dije yo, casi gritando, ¡queremos un estuche de “Maderas de Oriente” !. Mi hermano me miró estupefacto. ¿De dónde había sacado yo ese nombre que sonaba a lámpara maravillosa de Aladino? ¿Qué coño era eso de Maderas de Oriente? Y en realidad no sabía uno cómo le había venido ese nombre a la cabeza pero lo solté y existían tanto la marca como unos magníficos estuches que contenían dos jabones, una sombra de ojos y un tarro de colonia, todo ello envuelto en unas hermosas etiquetas de color crema o marrón claro, con medias lunas espolvoreadas por aquí y por allá y de fondo, como un misterio, unos ojos morunos de mujer. El estuche en sí era una pequeña obra de arte y era el mejor regalo que pudiéramos hacerle a nuestra madre.

Salimos de allí corriendo, tras abonar cuatrocientas y pico pesetas que costaba el exótico agasajo, mi hermano estaba más contento que si nos hubiéramos comprado el traje de Spiderman y del Capitán América juntos, yo creo que más que por lo bonito del presente que llevábamos a nuestra madre, porque yo hubiera accedido a hacerlo y demostrar así que yo también era buena persona.
Como ya no nos quedaba dinero, echamos mano de la fantasía y mi hermano me dijo que tuvo que ser algo mágico que me saliera aquel “Maderas de Oriente” así, sin pensar. Pero yo ya recordaba que mi madre, alguna vez, había dicho que no encontraba esos perfumes ni en Simago, cuando iba a la capital. Bueno, continúe diciéndole a mi hermano, eso no ha sido magia pero lo que sí es una aventura es que estamos los dos perdidos. Y esa sensación de inseguridad me llenaba de entusiasmo y del miedo ese tan excitante que sienten los niños. La verdad, me dijo mi hermano, es que yo sé perfectamente cómo llegar a casa. Había estado fingiendo todo el tiempo, el muy traidor, para no quitarme la ilusión exploradora con la que yo estaba viviendo la noche. Como hacen los padres con los hijos el día de reyes.


martes, 27 de diciembre de 2011

CELEBRACIONES

El tedio, proclamó Pessoa, consiste en la ausencia de una mitología.

Cuando una persona cae rotundamente en el tedio y ya nada puede rescatarlo, hay que tratar rápidamente a esa persona porque será capaz de desmontar con su hastío cualquier intento que hagamos los demás por redimirla. Lo malo es que llevará razón, no se llega ahí tonteando ni por alguna pamplina. Si está esa persona alumbrada por las lucecitas del talento o del genio podrá con todos nosotros y nos escribirá la vida, como hizo el mismo Pessoa a través de Soares con su “Libro del desasosiego”.

Si el tedio se colectiviza y es capaz de contagiarse a una población, a una sociedad entera, lo que se produce es la decadencia de ésta hasta su extinción como cuerpo social. El tedio pudo con el imperio romano más que la osadía de los bárbaros. El tedio y su prima hermana; la desesperanza pudieron con el , así llamado, socialismo real, más que los cantos de sirena de occidente y sus promesas de libertad. (Libertad que,  decían unos rockeros de los setenta,  resultó no ser más que libertad para mirar escaparates).

Pero, no pretendo violentar a nadie con peregrinas teorías. Cuando hablo de una ausencia de mitología me refiero a asuntos más pedestres; la fe, el conglomerado de dudas y certezas cogida por los pelos que pudieran conformar una ideología, la empírica constatación de los abismos a los que la vida, tan callando, puede al final conducirnos...

De la angustia al tedio hay sólo un paso, pero es ese paso fundamental e importantísimo. La angustia puede llevarnos a la reacción, al combate o también si el combate lo vemos perdido de antemano, al martirologio , al infarto o al suicidio.
El tedio, sin embargo, no nos conduce a parte alguna. Es mirar al mundo tras la angustia y la batalla y ver qué clase de inmundicia cubre al mundo.
Pues, queridos amigos, con esta disposición inmejorable de ánimo afronta uno estas fiestas. Sin resistirse a los empujones de la juerga, asumiendo las cualidades catárticas de la ebriedad, dejándose llevar a las tristes ceremonias, con la procesión por dentro.

Nadie lo diría cuando nos vean mover nuestro esqueleto torpemente al son de los tamtanes medio africanos, medio folclóricos con los que habremos de lidiar. Tomaremos las uvas, haremos los regalos que podamos con nuestras raquíticas economías, brindaremos y hasta cantaremos en torno a las mesas engalanadas algún pagano villancico en el que la tradición se burla del pobre José, de su categoría de hombre manso que tiene que sufrir, para colmo, la excelencia de su hijo y de su esposa. Hijo del que no sabe quién es el padre, esposa a la que no puede ni acercarse lúbricamente si no quiere con ello acabar con dos mil años de tradición del más célebre himen que la historia haya conocido.

Yo también voy a participar de estas fiestas, no lo haré por mí, lo haré por los demás. Uno sabe ya qué lugar ocupa en el mundo y sabe que pese a esa melancolía, terminará animando el cotarro, cantando como si mereciera el mundo ese canto, como si no fuera el mundo una porquería en el quinientos seis y en el dos mil también. Por momentos se enciende el corazón del niño y puede manifestarse un hálito, una miaja de ilusión por ver cómo quedan las botellas en torno a la mesa, por degustar esos mariscos para pobres con los que vendremos a homenajearnos. Por brindar por tiempos mejores, por algunos besos que valen mucho y queremos recibirlos limpiamente, aunque sea una vez al año y como celebración de la venida al mundo del pastorcito divino.

Pero que uno sea capaz de colocarse la careta y de comprar su boleto de alegría, no significa que pueda uno engañarse a sí mismo, regatear con éxito sus propias e íntimas tristezas. 

Si no fuera por los demás, nos quedaríamos tranquilamente en la casa, trataríamos de que la luz fuese al menos parecida a la de un cuadro de Vermeer, una de esas pinturas costumbristas en las que se nos enseña una alcoba en la que siempre hay alguien haciendo cosas de interés, una muchacha tocando el piano, un geógrafo mirando absorto la bola del mundo, un joven con el pelo largo leyendo un pergamino, y todo bañado de esa luz tan íntima y reconfortante. 

Abriríamos una lata de sardinas y con un poco de pan nos fabricaríamos un bocadillo bien rústico. Nos serviríamos algo ceremoniosamente una copa de vino, pondríamos para santificar las fiestas un poco de música, el “paseo en trineo” del grandísimo Mozart. Echaríamos mano de un libro, no sé, las obras completas de Nicanor Parra, ahora que le han dado el premio Cervantes. Nos reiríamos mucho con los antipoemas del chileno, nos fumaríamos un cigarrito mirando la luna por la ventana, como los poetas. 

Y, ya puestos a hacer excesos, nos comeríamos un pedazo de turrón de chocolate antes de meternos en la cama y quedarnos dormidos mientras nos mecemos recitando aquellos versos de Juan de la Cruz; “Qué bien sé yo de la fonte que mana y corre/ aunque es de noche”.


viernes, 9 de diciembre de 2011

El cantante


 
El equipo con el que el músico trabaja pesa lo suyo. La etapa de potencia, los altavoces, la bolsa de deportes que contiene cables y más cables, cables que se enlazan entre sí como inquietas serpientes venenosas, cables que dibujan extraños dibujos como si hubieran estado moviéndose todo el viaje, cables que amagan algo así como cortes de manga cuando salen de la bolsa, por mucho que minutos antes el músico haya dedicado un rato a desenlazar ese laberíntico misterio.

Es un equipo de andar por casa, lo sucinto, pero el músico tiene pocos amigos y los que tiene, los que van a verlo, siempre llegan un poco más tarde, cuando ya está todo montado y sonando, y miran los amigos ese prodigio como si siempre hubiesen estado en el rincón del garito la guitarra, el micrófono, la mesa de mezclas, los dos enormes altavoces...como si fueran parte del atrezzo que un empresario creativo ha montado para ese tablao minúsculo al que llama, aguantando la risa, escenario.

Así que el músico, que también es de andar por casa, carga con todo solito o, como mucho, con la ayuda de alguna novia que después de tres o cuatro meses de tourné patética por los pueblos de la provincia, terminará abandonándolo a su suerte y se irá, aburrida de tantas noches sentada sola en un taburete de la barra ejerciendo de musa consorte. Se marchará a hincharse de langostinos y de gambas con algún repeinado espectador de esos conciertos que siempre dice lo bien que toca la guitarra este muchacho y lo buenas que son esas canciones tan tristes que compone.
En ocasiones, hay tras las barras de los bares camareros entusiastas que tratan al músico con cariño, que le ofrecen sin que se cosquen los dueños del bar unas cuantas copas gratis. Esa suerte de solidaridad proletaria entre los dos especímenes maltratados por la hostelería reconforta mucho al músico cuando dice “sí, sí, probando” y el camarero hace con el pulgar hacia arriba la seña universal del acuerdo.

Ya sólo se fiará del camarero que ejercerá desde ese momento de técnico abstracto del sonido y cuando empiece el espectáculo y cante los dos primeros temas, volverá a mirar al camarero o a su pulgar cómplice para ver si los duendes no han venido a hacer de las suyas y lo que sonaba de puta madre durante la prueba, suene ahora como una manada de gatos en celo.

Lo primero que hace el músico cuando empieza su pregón de cantarín ambulante es un ejercicio de contabilidad, mira a la concurrencia y va haciendo cuentas en su cabeza, quince o veinte personas, a tres euros por cabeza no dan ni para el primer pase. Se pregunta cómo es que no han venido todos esos amigos que siempre le cantan las excelencias de su estilo, si estuvieran ellos, ya habríamos llegado casi a la mitad del caché y él, en agradecimiento, interpretaría todas esas coplas que hacen las delicias del personal en barbacoas, en reuniones campestres o en celebraciones de bodas por lo civil. Pero la gente siempre tiene un montón de fiestas a las que hay que acudir y él ya, a estas alturas, lo comprende todo y todo lo perdona.

Los parroquianos suelen echar el rato mirándolo mientras conecta los cables, cuando adecúa el atril y el pie de micro a su altura, como miran los jubilados las obras. Todo eso lo hace el estimado público calladamente, o hablando en susurros...hasta que empieza él a cantar.
Entonces, como si alguien hubiera activado un mecanismo mágico y perverso; la mitad del público se dedica a dar voces, algunos chillan sincopadamente como si les hubiera dado una fiebre tifuidea. Otros, aprovechan que el cantante está recitando unos versos para contar un chiste que produce la hilaridad de las chicas escotadas que se carcajean como debieron hacerlo las brujas de las pinturas negras de Goya. El dueño del local se dedica a golpear como un psicópata las bolsas de hielo para espachurrar los cubitos contra el congelador y los meones y las meonas hacen su propia sinfonía mingitoria tirando a la vez de las cisternas de los váteres.


Se consuela pensando que si el mismísimo Leonard Cohen estuviera susurrando su Suzzane en estos momentos y nadie conociera al canadiense , el barullo sería idéntico y así, con esta ecuanimidad, comprende también la parranda, las carcajadas y los chascarrillos que- quién sabe- a lo mejor provoca su canción. El dueño del local siempre le dice que lo que importa es que le gente esté a gusto y que consuma, así ganamos todos. Y como el santo Job, el músico sólo espera que no le pidan alguna noche Paquito el Chocolatero, o que algún gracioso se invente un juego en el que él tenga que hacer el payaso con su guitarra y su voz. pues los caminos de la borrachera colectiva y del escarnio del juglar han sido siempre infinitos.

Sólo vuelve el silencio cuando el músico da un guitarrazo de esos de chinpum y es ahí; cuando debiera llegar el caluroso aplauso, cuando quizá el componente vocacional del cantante pudiera como el ave Fénix renacer de las cenizas del mercadeo y de los sueños rotos donde anda inmerso, cuando algún ¡bravo! estimularía la otrora enorme vanidad del artista, es ahí , precisamente, cuando todo dios se calla y mira hacia el escenario, interrumpidos, como diciendo ¿y ahora que querrá éste?
Afortunadamente las chicas, por cortesía o por un telúrico instinto de protección maternal del desvalido, amagan una suerte de aplauso, que los muchachos ya bien achispados apoyan para no parecer una banda de hijos de puta o unos golfos sin corazón.

El cantante entonces dice muchas gracias, muy amables, y presenta la nueva copla a la que sólo prestarán atención un par de adolescentes que están montando un grupo, una poetisa solitaria y con gafas que quiere mecerse esta noche con cualquier melodía, con cualquier verso. Un viejo amigo que se pregunta cómo sigue este hombre a su edad deambulando por los boliches como un decadente tanguero con la voz rota y los ojos rojos. Un borracho solitario que acecha para asaltar el escenario y cantar él, a trompicones, la canción del Lago de Triana. Un vecino que mide con aparatitos carísimos los vatios , para llamar en cuanto pueda a la cariñosa policía local que, como el comandante, llegará y mandará parar, con sus porras, sus pistolas y sus uniformes , exhibiéndolos para que sepamos de su autoridad, y que muchas veces parecen estos amabilísimos agentes, sólo porras, pistolas y uniformes. Sin nada o con poca cosa debajo.

Sólo presta atención, cuando ya van cayendo en la melancolía los últimos acordes de una canción, un señor mayor que conoce de cuando era más joven y más feliz esos acordes y acaso esos versos que decían “Cuántos caminos debe un hombre recorrer para que lo llamen hombre, la respuesta amigo mío, está flotando en el viento. “