El que habla continuamente de cómo ha salido del arroyo, de cómo consiguió liberarse de ese yugo social, circunstancial o genético, está haciendo su campaña de promoción y se postula como ejemplo a seguir.
Hace tiempo yo pensaba que lo que querían decir era; “Si yo he podido; tú puedes, compañero” porque es uno de natural afable y sólo queríamos ver el lado bueno de las personas. Con el paso de los años y la observación de algunos de estos elegidos para la gloria, me da la impresión de que al sacar pecho y recitarnos a la concurrencia estupefacta su dechado de virtudes, su rigor para la vida, el rosario de perversiones a las que dijeron “no”; las drogas, la delincuencia, el abandono de los estudios, el vagabundeo...lo que vienen a demostrarnos es que en verdad, ellos jamás pertenecieron a ese mundo, al arroyo, que su paso por la precariedad y la miseria fue sólo un accidente.
Porque luego, con los años, les viene como un rencor lejano, como si no pudieran perdonarle al buen dios que les hiciera vivir esa experiencia de las casas de vecinos, de los barrios marginales, de la pobreza. Por eso cuando un fontanero, un albañil, un jardinero, les hace un trabajo en sus casas (unifamiliares o adosados en las zonas buenas del mundo) analizan el trabajo de forma maniática, si les dejan factura la someten a un escrutinio paroxístico y siempre les parece carísimo lo que les cobran los profesionales de las artes y oficios. Ese rigor no lo aplican sin embargo al fabricante de un jersey con cocodrilos verdes que vale, el jersey, lo mismo que el día entero del trabajo del fontanero. O al maitre de un restaurante que le ha servido una croqueta surrealista con una especie de verde vómito cubriéndola y una frambuesa con pelusillas de caramelo decorando o coronando el timo, y le han cobrado por la pestilencia lo mismo que gasta el albañil en el supermercado para comer una semana él, su señora esposa y sus dos chiquillos.
El que habla continuamente de cómo ha salido del arroyo, acaso lo haga para exorcizar así a esos demonios, para apartar de sí mismos como una maldición esa posibilidad del retorno. Nadie quiere volver al arroyo si no es para hacer literatura o la letra de un rocanrol, pero tampoco quiere oír nadie las vanidades de los suertudos que se escaparon, esa patraña evolucionista con la que acusan a los que allí continúan, en el arroyo, de no haber sabido mejorar su vida. ¡Ay!.
Estaba
en una reunión de un grupúsculo de la izquierda radical(¿puede
ser de otra manera la izquierda?) . Andábamos analizando el mundo y
dándonos unos a otros la razón, como los testigos de Jehová cuando
se cuentan sus experiencias con lo divino; cómo fue el día en el
que el buen dios vino a acariciarles paternalmente la cabeza, cómo
llegaron a ese fanatismo de credulidad absurda, probablemente
desesperada.
Unos
y otros opinábamos sobre este país y sobre lo que nos espera;
pobreza, exclusión social, tristeza, mucha tristeza al final. Por
eso alguno proponía una revolución para que, en el fragor de las
batallas, fuese la tristeza sustituida por el miedo, la mansedumbre
por la emoción, la violencia por la violencia y sus catarsis. Piensa
uno que las revoluciones tienen de complicado más que el momento de
la revuelta y la lucha, lo que viene después, cómo se administrará
la victoria si la hubiera, en qué momento se dejará de tener razón,
quiénes serán los primeros en pervertirse por el poder, dónde
narices pondremos las dudas cuando los hechos vengan a demostrarnos
que tenemos razón. Todavía no se ha disparado un tiro y ya está
uno cuestionando la eficacia del fusil...
Sonó
el teléfono móvil y ella me dijo: “Niño,
que se ha muerto tu padre”. Lo
dijo así, como quien dice “no te
olvides de comprar el pan”.
Llevaba
un rato deseando ir a tomar unas cervezas con los amigos que
repartían labores revolucionarias, echar ese ratito en el que el
cataclismo mundial hace que el de uno, el íntimo, parezca una
tontería y corra como una rama quebrada más por el caudaloso río
de la historia.
Podía
haber fingido que no pasaba nada, no decirle nada a nadie y tomarme
esas cervezas, aparcar la reflexión sobre la muerte del padre para
después, para la madrugada que es cuando, en una suerte de güija
pavorosa, traigo a mi mesa a todos los fantasmas. Y así lo hubiera
hecho de no ser porque ella me dijo que lo que correspondía era ir a
ver a mi madre, que andaba a esas horas desconsolada por la pérdida
de su marido.
Mi
madre lloraba como una mujer, no como una madre ni como una viuda,
lloraba como una mujer recordando el amor. Y entre sollozos repetía
“qué pena, qué pena”
y “Yo lo quería mucho”.
Torpemente trataba yo de hacerle ver que desde hacía ya veinte años
estaban separados, que no se habían visto en todo ese tiempo; toda
una vida. Pero sus argumentos eran irrebatibles: Él fue el hombre al
que amó durante toda su vida, él fue, decía, el padre de sus
hijos. Otra de las lamentaciones, de los detalles que le hacían
mucho daño era constatar que mi padre había muerto solo, acompañado
por alguna enfermera del hospital y que antes de irse para siempre de
este mundo gritó varias veces ¡Manoli, Manoli! Que es como él
llamaba a su mujer.
Es
cuando la vida de este hombre se ha extinguido, cuando hurgo en mis
sentimientos y a ratos me corroe una pena distinta a otras que uno ha
ido sintiendo, yo; que soy perito en penas. No me destroza el corazón
esa pena, no me impide saludar al nuevo día, pero un sentimiento de
mayor soledad me embarga. Un sentimiento raro, como si la naturaleza perfecta y fascista fuese culminando los ciclos, tajante, impíamente. Prefiero no pensar si mantuvo mi padre
alguna vez la ilusión por volver con ella, con mi madre. Sé que si
lo hizo, esperaba regresar triunfante, con mucho dinero, con algo
que ofrecer aparte de la discutible bondad de su compañía. Malicio
que en tardes de soledad, compraba un boleto de lotería y
fantaseaba con la idea de resarcirse de todas sus maldades
regalándonos a cada uno de los hijos una nueva vida.
La
última vez que nos vimos yo tenía veintitrés años y él apenas
cuarenta y ocho, cinco años más de los que yo tengo ahora. Menos
años que la mayoría de mis amigos de ahora…cuarenta y ocho años.
Ese
es el recuerdo que tengo de él, un hombre joven que miraba
desafiante a su hijo y que frente a los reproches que éste le
espetaba duramente en la cara, huía o señalaba con el dedo como
diciendo ¿qué sabrás tú? . Y era cierto; yo no sabía nada, él
tampoco y en ese océano de dudas y angustias fuimos ahogándonos, él
ahora, ya, para siempre.
Cuando
más cruel es la vida es cuando juega impíamente con el dolor,
cuando quiere convertir el dolor en una parodia, cuando la vida nos
zamarrea en un ciclo sin sentido, en un ciclo en el que el maldito
amor a los demás nos atenaza, nos pone los grilletes del afecto y
nos impide volar, vivir, ser duros, ser libres.
En
estos días, cuando ya no puedo más, me acerco a fumar algunos
cigarros a la playa, a la zona donde este verano ella y yo fuimos tan
felices, un lugar en el que durante dos o tres horas nos olvidábamos
de todo y sentíamos cada crepúsculo como una bendición, cada baño
en esas aguas como una purificación del cuerpo y , quizá, del alma.
A nuestra edad, recuperamos esa pulsión, esa esperanza en que los
dos solos, tomándonos de la mano y paseando por la orilla, podíamos
ser los dueños de nuestros destinos. Hicimos varias veces el amor en
aquella playa, metidos en el agua, sin importarnos o importándonos
bien poco ser vistos por los escasos parroquianos que la
frecuentaban. Vuelvo desde entonces a encontrarme con los recuerdos de este pasado verano y sé que cuando vuelvo solo, estoy
haciendo añicos el castillo de arena de los recuerdos, que compongo
otro castillo, esta vez de melancolía y que éste no hay oleaje que
lo destruya.
Me
dispuse a mirar el mar durante horas, quedarme allí sin atender al
mundo. Quería auscultar ese dolor oculto que sentía por la muerte
de mi padre, quería intentar sacarlo fuera y yo, para todo lo que
tiene que ver con el dolor, estoy solo. Soy el hombre más solitario
del planeta y jamás comparto con nadie la angustia. Lo hago aquí,
entre papeles. Tanto es así que a veces se diría que novelo mi
dolor, que lo malverso.Pero
dios es un payaso que disfruta con la parodia en la que nos
convierte, mientras miraba uno las olas y perdía la vista en el
horizonte, mientras aspiraba con vehemencia las caladas del cigarro,
empecé a notar unos ruidos extraños cerca. Gemidos inequívocamente
sexuales y miré hacia un descampado que bordea esta playa. Allí
había un grupo, tres personas maduras, dos hombres y una mujer. Uno
de ellos y la mujer estaban follando o metiéndose mano, no lo sé,
mientras que el tercero a menos de dos metros, se masturbaba y se
acariciaba un falo tremendo, grandísimo, que yo veía con claridad
desde mi penosa atalaya.
Quise
ir a esa playa para purificarme, para desahogarme y recordar a mi
padre, y una escena a medio camino entre lo obsceno y lo ridículo
vino a burlarse de nosotros, de mi padre y de mí. Salí casi
corriendo de allí, eran poco más de las nueve de la mañana. Me
aparté todo lo que pude y me senté en una piedra, lejos de aquella
juerga pornográfica. Me senté en una piedra como digo y con un
palito me puse a dibujar monigotes en la orilla. Cuando me iba, leí
que había escrito sin darme cuenta, verdadera escritura automática,
Antonio Gallardo, el nombre y el apellido de mi padre, 1942 / 2011.
Fue entonces, al ver estas fechas escritas cuando supe que había
muerto ese hombre al que hacía dos décadas que no había visto, al
que ya jamás veré y hubiese querido hablar con él, decirle un par
de cosas. ¿Cómo se llora esa soledad, padre? ¿Cuánto tiempo dura
ese llanto?. Pero ya no habrá preguntas. Y jamás hubo respuestas.
Un día, de pronto y sin que sepamos el
porqué, nos descubrimos en silencio. Miramos al tipo que se refleja
en el espejo y le preguntamos; qué has hecho con tu vida. Un día
viene como del rayo la certeza de que ya nunca estaremos en esa
fiesta porque ha pasado la fiesta, de que ya jamás cantaremos esa
canción porque se paró la música. Un día ,como un látigo de
tiempo que nos golpea en la cara, se nos desdibuja el que fuimos y
desaparece para siempre el niño, se abisman los sueños por las
angustias cotidianas y tendríamos que hurgar mucho, muy
profundamente para descifrar esa vaga tristeza que se ha venido a
vivir con nosotros.
Podemos salir así, con esta contenida
náusea existencial y dependerá del mundo, de la intemperie a la que
estamos expuestos, que la melancolía se mantenga o se diluya en el
café, como esos azucarillos antiguos que venían en paquetitos de
dos en dos, sabiendo que dos eran excesivos, mucha dulzura, y que
solamente uno dejaba el café casi amargo.
Algunas veces lo sentimos todo, la
lentitud de la vida, el esfuerzo, las puñaladas traperas, la
traición, el abandono...y en esa batalla extenuante casi nunca nos
paramos a pensar para qué, con lo poco que nos ha importado nunca
poseer nada, con el aburrimiento tan grande que nos suscitaron
siempre la competencia, las apariencias, hacer méritos para ser más
que alguien.
Pero sumido en estas y otras
elucubraciones diletantes, puede suceder que un pajarito se nos pose
en la mesa y picoteé las migas de pan tranquilamente, como si
supiera que jamás se nos ocurriría darle caza, asustarlo, como si
nos hubiera convertido la mañana en estatua de sal. Y eso nos
reconforta y el rayito de sol que asoma por entre los cúmulos como
un láser natural y divino nos dibuja una sonrisa boba en la cara.
Muy cerca, hay un gato que vigila los saltitos del gorrión en la
mesa, todo el cuerpo del gato se tensa y como decía Víctor Hugo,
nos parece que dios hizo al gato para darle al hombre el placer de
acariciar un tigre.
El sol asomando, el gorrión jugándose
las plumas por cuatro migajas de pan, el gato al acecho moviéndose
con esa elegancia felina. Una niña de apenas dos años que mira como
yo, embobada, toda esta escenografía urbana y salvaje. Estas
pequeñeces nos hacen levantarnos del suelo, recoger el ánimo que
andaba por ahí, reptando y gimiendo, y agradecer a la vida las
cosas que nos ha dado, como en la copla y las que , por lo menos ,
no nos ha quitado.
Y los dos angelitos que tenemos en las
orejas juegan su eterna partida, el bueno nos susurra si no vemos la
belleza de los días, si no es hermosa la cara de esa niña que
todavía tiene todos los prodigios del asombro por delante, si no es
una bendición que todavía tú mismo tengas capacidad para
involucionar y asombrarte como ella.
El angelito malo se carcajea de estos
argumentos de poeta modernista y murmura alevosamente que la
pretensión del gato no es otra que la sangre, que el pajarillo es
una suerte de rata aérea emplumada y que su pico tan enternecedor va
posándose sobre la mierda o sobre los restos de los cadáveres de
otros animales. Que el asombro tan celebrado de la niña se tornaría
horror cuando el gato metiera entre sus fauces el cuello quebrado del
gorrión y nos mirara el gato, como miran estos bichos del demonio
cuando cazan; como avergonzados pero ávidos, con las plumas todavía
asomando por las comisuras.
Y espantamos como podemos a estos
pensamientos perversos. Y tratamos de seguir al angelito bueno, por
eso; porque es bueno y es mejor. Pero ya ha vertido el veneno el
angelito malo y el único antídoto para superar su aguijonazo mortal
es el amor. Así que nos levantamos otra vez del suelo, recomponemos
la ropa, nos peinamos un poco como si nos hubiésemos caído de un
vehículo en marcha y nos vamos a buscar a la gente que queremos.
Ojalá me estén esperando.
Aquel amigo me decía; no, no he leído ese artículo tuyo del que me hablas, en realidad no he leído, desde hace mucho tiempo, nada de lo que escribes.
No es que yo hable mucho de lo que escribo con nadie, todo lo contrario; una vez que suelto el sermón y lo pongo a hacer la calle, suelo olvidarlo para siempre, será por eso que a veces uno se repite; porque no recuerda que la tontería que ha escrito en 2012 es muy parecida – si no idéntica- a la genialidad que perpetró en el año 1999. Y como tampoco es que nos pasen grandes cosas y a lo que viene uno aquí es a contar un poco su vida, resulta más que probable que la mañana de domingo de este mes, con su paseo, con su río, con sus gaviotas y sus perros ladrando por la orilla, ande ya fotocopiada con ínfulas poéticas en algún archivo de word que se ha salvado de la voracidad con que la papelera de reciclaje engulle mis obras y zozobras completas.
Si cometí la indiscreción de hablarle al viejo camarada de mi artículo fue porque estaba dedicado a él y a esos tiempos en que ambos nos quisimos disfrazar de bohemios y anduvimos epatando por los aledaños de la cultura y el arte. Pero, mala suerte, no habían llegado hasta él ni mi cariño ni mi homenaje.
Estamos acostumbrados a estos comentarios, a esta especie de finísimo y aristocrático desdén hacia nuestras prosas y, la verdad, ya tampoco echamos mucha cuenta. Prevenidos por los años ante el desprecio, nos hemos ido acorazando también frente al elogio y cuando algún bendito o bendita del señor nos festeja una copla, un poema o una de estas reflexiones, agachamos la cabeza, como si hubiésemos roto algo, un poco avergonzados. Esa timidez hay quien la interpreta como una arrogancia que les resulta detestable, así que no sabe uno cómo gestionar nada porque tanto el adepto como el crítico implacable andan escrutando nuestras reacciones y uno, cuando se siente observado, tiende a hacer el ridículo.
Casualidades de la vida, días después de la confesión del amigo sobre su completo desconocimiento de mi actividad literaria, tuvimos que acercarnos a la casa de ese amigo porque me había pedido unos libros de poesía para no se sabe qué misterioso asunto en el que andaba metido; algo relacionado con musicar unos poemas de la generación beat y yo esa generación – la beat- me la sé de carrerilla porque fueron mis primeros maestros, cuando queríamos escribir poesías jazzeras, morfinómanas y cosmopolitas desde el culo flamenco-lolailo y con ronchas del mundo.
Allí me presenté con mi bolso cargado de libros y el amigo, que lo es pese a sus rarezas, me invitó a tomar unas cuantas cervezas y allí mismo, en un estudio muy bonito que tiene, hicimos la tertulia. Nos estuvimos riendo un buen rato y como hacen todos los artistazos por muy de pueblo que sean, churreteando sobre nuestros proyectos más inmediatos y mintiéndonos sobre la afluencia de público a nuestras últimas romerías; donde habían veinte personas, metíamos de matute otras veinte y con una mueca de fastidio comentábamos; pues ya te digo, unas cuarenta personas pero todas muy preparadas y atentas. Si una sola de esas personas nos había dicho que nos leía con agrado, convertíamos a esa persona en “gente” y la noticia que dábamos era “pues hay gente que nos lee con agrado” . Servidumbres y liturgias del anonimato y la presunción. ¡Ay!, se van a poner las botas los que envían bombitas de peste y firman con motes muy feos en Sanlúcar Digital con este texto que escribo; carnaza para esos pececillos que le insultan a uno pero que también son criaturas del señor.
Como mi amigo y yo nos habíamos tomado a estas alturas mas de siete cervezas, llegaron las necesidades mingitorias, andamos los dos, pese al tiempo transcurrido, bastante bien de la próstata, y casi a la vez tuvimos que encaminarnos al cuarto de baño. Mi amigo, como era su casa, me dijo que subiera al baño de arriba a mearla, que él lo haría en el de abajo. El cuarto de baño de arriba tenía una taza de váter minúscula y la tapa no se sostenía, así que para evitar dejar mi marca como los felinos, opté por sentarme y hacer las aguas menores cual si fuesen mayores. Allí sentado miré hacia un lado y descubrí un revistero donde se acumulaban hojas sueltas de periódico. Me pudo la curiosidad y eso que sabe uno que es de malísimo gusto y peor educación fisgonear en el cuarto de baño de las personas.
Sentí una especie de escalofrío (y no fue cosa de la micción) cuando descubrí que aquellas hojas sueltas de periódico eran todas artículos míos que mi amigo, por fuerza, había tenido que ir recopilando. En algunos artículos había hasta unos tímidos subrayados, frases que estaban bien, alusiones a un autor muy querido por ambos. Salí de cuarto de baño un poco blanco, entre sorprendido y disgustado porque hubiera preferido no descubrir a mi amigo en esa debilidad, si afirmaba que no, que no me leía desde hacía mucho tiempo, casi mejor que fuera así.
Un chico jovial y desinhibido habría exclamado al salir;” ¡Oye, cabronazo; ¿No decías que no me leías? Pues en el revistero del cuarto de baño te he descubierto un montón de artículos míos recortados, ¡serás mentiroso!”. Pero este descubrimiento llevaría implícito mi fisgoneo, también lo pondría en una situación apurada y el buen rollo con el que andábamos seleccionando poesías de Ferlinguetti y de Gregory Corso para su trabajo se habría roto. Así que callé y pensé; si me dice algo, le contestó que sí, que he visto la antología en el revistero, pero no le daré ninguna importancia. No dijo nada y como es lógico yo tampoco. Me fui de allí con una sensación de gratitud extraña; ese esfuerzo de recortar artículos míos, incluso de imprimir algunos de aquellos que sólo aparecen en internet. No sé, me conmovió una mijita, debo confesarlo.
Pero uno es como es, acaso obsesivo; probablemente paranoico. A eso de las cinco de la madrugada me desperté sobresaltado. Tenía delante de mí, como un fotograma, el cuarto de baño de mi amigo y recordaba casi todos los detalles; el espejo, el lavabo, la pasta de dientes, una maquinilla de quitarse los pelos de las orejas de esas que anuncian por televisión a las tres de la mañana cuando la programación agoniza. Y no podía recordar por más que me esforzaba un pequeño detalle, extremaba las posibilidades fotográficas de mi memoria y nada, no había forma.
No podía recordar en qué parte, en qué rincón, atornillado a qué azulejo, apoyado sobre qué mueble, estaba el puto rollo de papel higiénico que siempre tiene que haber en un retrete, algo que cualquier persona decente tiene en su váter. La asociación dolorosa de ideas me quemaba como una traición; no había papel higiénico, el cabrón no tenía papel higiénico, no estaba el rollo de papel higiénico que hubiera salvado nuestra amistad por ninguna maldita parte.
Y aparecía como un flash el revistero con mis artículos impresos y sentí gran pena, profunda consternación y la garra del patetismo y el ridículo agarrándome sin piedad por el pescuezo.
Cantaba el trovero; Si alguien roba comida y después da la vida, ¿qué hacer?. ¿Qué hacer? No hemos resuelto este interrogante fundacional y los que tienen todas las respuestas sacan pecho revolucionario, sin caer en la cuenta de que a lo mejor no se han hecho todas las preguntas. Y los que sólo tenemos preguntas somos un lastre, una carga intelectual para unos tiempos en los que, es posible, que haya que definirse con audacia y sin remilgos.
¿En qué parte de la plaza pública hemos de posicionarnos? ¿En la retaguardia auscultando los errores metodológicos e incluso gramaticales del panfleto y la consigna? ¿O acaso debemos dejar la retórica a un lado y empuñar por lo menos la bandera, sostener la pancarta, jalear desde el megáfono?
Las oficinas de empleo, negando el alivio que representaría el rigor de su nombre, las colas en las casas de caridad y misericordia, las mujeres que limpian los edificios de oficinas mientras sus maridos beben el vino triste del subsidio en las tabernas, los hijos que no podrán seguir estudiando porque la bestia ha decidido su horizonte, su fracaso y hasta su salario. Los viejos que recuperan después de algunas décadas la litera y las sábanas otrora juveniles para recibir a los vástagos que huyeron del hogar para hacer su vida, y vuelven, con las manos en los bolsillos, con la mirada enturbiada por el fracaso y la tristeza.
Las guarderías y los colegios de enseñanza primaria, con tantos hombres en la puerta recogiendo a los chiquillos, los automóviles aparcados sin combustible y sin seguro, las parcelas invadidas por jaramagos y bichos, los que barajan cada día en la ventana del sexto sin ascensor la posibilidad del suicidio, los que ya no se aman porque se les ha escapado el tiempo, las madres que venden el oro y las alhajas para pagar el alquiler, los desahuciados agachando la cabeza ante la brutalidad financiera, los muchachos viendo pasar el tiempo en las casa puertas, mendigando un litro de cerveza más, una chinita para hacerse un porro, una esperanza para recuperar el bendito territorio de la edad y de la risa.
He visto ya la desesperación en los ojos de muchos hombres y mujeres, he sentido la garra monstruosa del capital gravitando sobre cada uno de mis días, vivo y vivimos los míos, la gente que conozco, humillados y ofendidos por ellos, porque ya hemos decidido que hay un “Ellos” sin piedad y multiforme, falta delimitar lo más difícil, falta decir con seguridad y hasta si se me permite con un prurito de orgullo de clase, el noble “Nosotros”.
EL MONTE Y EL RIO
EN mi patria hay un monte.
En mi patria hay un río. Ven conmigo. La noche al monte sube.
El hambre baja al río. Ven conmigo. Quiénes son los que sufren?
No sé, pero son míos. Ven conmigo. No sé, pero me llaman
y me dicen "Sufrimos". Ven conmigo. Y me dicen: "Tu pueblo,
tu pueblo desdichado,
entre el monte y el río, con hambre y con dolores,
no quiere luchar solo,
te está esperando, amigo". Oh tú, la que yo amo,
pequeña, grano rojo
de trigo,
será dura la lucha,
la vida será dura,
pero vendrás conmigo.