domingo, 16 de diciembre de 2012

GABINETE DE FUTUROLOGÍA



“Jesús nació en un pesebre/ en  cualquier sitio/ salta la liebre”

La biblia en verso.Citado por Josep Pla.


Yo ya sé que la campaña de la delegación de fiestas a cuenta de  esto de las navidades va a ser, a pesar de las dificultades  que por la crisis sufre la corporación municipal, un éxito. Y que el delegado asomará la cabeza por la prensa del pueblo y dirá más o menos exactamente que el  ayuntamiento se felicita por lo bien que ha ido todo. Eso es como si yo pido el micrófono en la plaza pública para felicitarme de lo bien que me ha salido un artículo, o una copla, o un polvo. ¡Ciudadanos, hay que ver para la edad que tengo cómo me ha salido el… (artículo, la copla, el polvo, lo que sea)

Y sé perfectamente que la cabalgata de los reyes magos, si bien más austera que otros años, habrá vuelto a llenar de ilusión y alegría las calles de nuestra ciudad. Sé que este titular magnífico coronará las primeras páginas de los periódicos locales, ya sean estas páginas cibernéticas o de papel y será ilustrada la noticia con una fotografía, seguramente muy mala, como si el fotógrafo en lugar de tomarla en la calle ancha, sentado en una cafetería,  lo  hubiese hecho en Kabul, sorteando obuses y balas y no hubiera podido por eso mejorar la “instantánea” .

Yo sé que todos (absolutamente todos)  los eventos, tinglados y  banquetes que se celebren en estas fechas, señaladas como una menstruación en los almanaques del año, serán maravillosos; el de la asociación de viudas, el sarao de la orden de los reyes magos, la cena benéfica de los fulanos, el concurso de belenes de los zutanos, todo saldrá estupendamente y con mucha fatiga, leeremos; Un año más la trompetada o zambomba organizada por tararí tarará ha sido un rotundo éxito.

Yo sé que el primer premio de la lotería nacional va a estar muy repartido y que los suertudos agraciados entre botellas de champagne, vecinos eufóricos y micrófonos, balbucearán que con los millones van a tapar algunos agujeros (económicos) y van a hacer una viajecito, y lo dirán así, en diminutivo, como si aún no asumieran su nueva condición de millonarios.

Yo sé que habrá una catástrofe, terrestre, marítima o aérea y que morirán bastantes personas. Que el borbón dirá unas palabritas con una dicción como de mongolito emporrado y sé que prácticamente ningún ciudadano normal le escuchará. Me sé lo de las uvas y los brindis y los deseos que se piden, deseos tan prosaicos como conservar el trabajo el que lo tenga, conseguirlo el que lo perdió. Deseos de andar por casa y de renquear por la crisis.

Me sé también lo de la pelea que tendrán treinta o cuarenta pelones adolescentes en las primerísimas horas del año dos mil trece en la que habrá heridos por arma blanca. También sé que habrá estrenos en los cines, películas con lacito, como los regalos a los que podrá ir toda la familia. Y que los centros comerciales se transformarán otra vez en una Arcadia colmada de venturas, hechizos y músicas de fondo.


Yo sabía, que al final tendría que escribirla, que por mucho que me propusiera no escribir esta cosa, ni dedicarle unas líneas a la verbena, al final acabaría haciéndolo. Mi mujer ha dicho; yo también lo sabía, así que le he contestado con una de esas burlas que las parejas de larga duración se infringen y se aceptan entre la resignación y el cariño:  Fun, Fun, Fun…

domingo, 2 de diciembre de 2012

APUNTES DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA


La primera parte de esta historia, aunque nos empeñemos en vivir en Babia, esa tierra tonta donde toda semilla germina, que dijo el poeta, la conocemos.

Y entonces leeremos:

Era un país en el que millones de personas se despertaban cada día con una llamada de teléfono de alguien  que les increpaba desde un despacho, como hacía la mafia con sus rehenes económicos, y desde ese despacho se les exigía pagar recibos de cosas que habían sido adquiridas cuando el mundo parecía bonito, de colores, cuando la vida era una tómbola, como en la copla. Muchos de esos teléfonos hacía ya tiempo que sólo podían recibir llamadas porque las compañías suministradoras del servicio habían suspendido la posibilidad de emitirlas, las llamadas, pero habían dejado lo de recibirlas para que tuvieran los bancos,  por ejemplo, un número al que dirigirse y con el que perturbar a las personas, que eran también unos números. Rojos.

Y seguiremos leyendo en esa crónica futura:

Muchas de esas personas se tiraban desde los balcones de sus hipotecadas viviendas el día que la comisión judicial iba hasta sus casas a decirles a los suicidas que ya no, que ya no eran sus casas, que todo había sido una estafa, una mentira, un sueño hermoso en el mejor de los casos y que había un sitio, secretísimo, donde trajeados y repeinados oligarcas se estaban meando y cagando todo el día sobre el papel donde se podía leer todavía, entre manchas de orín y churretazos de mierda pura, lo de la vivienda digna, lo del derecho al trabajo y un montón de chistes macabros más, todos  del mismo estilo.

La historia continuará narrando que:

Toda una generación de jóvenes hijos de las clases más deprimidas y castigadas por la gran cochambre económica, perdieron la posibilidad de estudiar en las universidades porque se creó, contra esta gente, una mitología del mérito que se basaba fundamentalmente en méritos jerárquicos, de linaje y de clase. Había, como siempre, jóvenes que sin tener dinero podían terminar sus estudios superiores, pero estos eran casi genios que a los capos sistémicos les interesaba becar para que alguien mantuviese el  pulso intelectual de la aldea.

Se contará que:

En los comedores sociales, el color de piel de las largas colas para entrar  por la sopa triste había ido destiñéndose y cabizbajos padres de familia con su prole, guardaban cola todavía ataviados con sus jerséis lacoste en algunos casos y con sus vaqueros de etiqueta, testimonio de  otros tiempos y otros afanes.  Casi todas las personas del país sabían cómo sellar el carné de paro por internet, qué requisitos había que juntar para recibir con muchísima suerte, cuatrocientos euros al mes que cada viernes, los sicarios de los capos sistémicos, amenazaban con quitarle a la pobre gente.

Se nos asombrará contando que:

Los trabajadores firmaban los contratos sin leerlos, llegaban al tajo sin preguntar el precio de su jornada, a muchos se les bajaba el sueldo y los representantes sindicales organizaban solemnes reuniones para administrar las migajas. También que la Seguridad Social precintaba negocios porque no pagaban estos negocios las cuotas que mantendrían así, saneado el sistema, cuando cerraban esos negocios iban tres o cuatro trabajadores a la plaza pública a meterse las manos en los bolsillos, a los pocos días a solicitar el desempleo y en breve a cobrar el subsidio que partía de esa misma Seguridad Social que no había recibido el dinero para pagarles y que ahora iba a pagarles ese dinero a esos hombres que se habían quedado sin empleo porque habían hecho cumplir la ley esas personas tan sabias que administraban el cuento de Juan de la Pipa.

Nos rasgaremos las vestiduras al comprobar que:

En este contexto de drama social, una nueva clase erigida al calor de los dineros públicos, andaba untando y untándose millones de euros en corrupciones asquerosísimas, cobraban jubilaciones millonarias, los bancarios que habían arruinado el sistema con engañifas y caramelos envenenados, eran gloriosamente rescatados de su ruina y para pagarles a ellos, a los capos sistémicos y a sus sicarios, a los junteros de los consejos de administración de las cajas de ahorro donde había muchos socialistas ( ja, ja ,, ja) comunistas (jua jua jua) y sindicalistas (ja jua ja jua ) para pagar este atroz banquete de tiranos, se les quitaba subsidios a los parados,  a los viejecitos se les negaba una revalorización de las pensiones, se les cobraba el precio de su senilidad y sus achaques en farmacias arruinadas y se les conminaba a estar solos porque no habría ley de dependencia que pudiera protegerles de esa soledad ni de la muerte.

Para conseguir todo esto, continuáremos leyendo:

Se montaron enormes aparatos de propaganda,  se suministró a la población ingentes cantidades de fútbol con rivalidades irreconciliables entre equipos de grandes capitales de provincia, se montaban dispositivos policiales en los que cabía la cosa a un policía por cada dos manifestantes, se les metió a las personas , como un virus maléfico, un rosario de miedos, mejor;  de espanto, para que fuesen dóciles y comprendieran que ninguna otra cosa se podía hacer, que no había más remedio, me cachis en la mar, no podemos hacer otra cosa niños, además; es por vuestro bien.

Y por este miedo a perder la casa, a perder el trabajo, a perder el subsidio, a perder el diez o el quince por ciento del salario,  a perder un ojo  por mor de una pelota de goma en una manifestación, a perder la libertad, a perder los derechos sociales, a perder a la familia, a perder cualquier atisbo de alegría, un día llegó a importarle una reverenda  mierda a la gente perder todas esas cosas y se vio la gente en la fotografía de la época y sintió la gente más vergüenza que miedo, que suele ser cuando aparece la dignidad, y dijeron algunos que ya estaba bien, que hasta allí habían llegado…la segunda parte de esta historia está por escribirse

domingo, 18 de noviembre de 2012

MANIFESTACIONES Y HUELGAS (ÉXITOS Y FRACASOS)


No ha sido un éxito la huelga general, esto parece bastante claro si no miramos las cosas con las gafas en tres dimensiones de la ideología, la organización  y las banderas. Si hubiera sido un éxito no notaríamos, tras unos pocos días,   esa melancolía ciudadana que sigue recorriendo las calles, que sigue llenando las mañanas en las plazas de hombres sin empleo, de mujeres fregando escaleras para llevar un cacho de pan a la casa, de parejas jóvenes mirando el precio de los billetes de avión para emigrar otra vez a los países del norte, de jornaleros del hambre esperando el contrato abusivo o tragando la dura cicuta de la nómina raquítica.

 A Ortega se le atribuye aquella frase “Un esfuerzo inútil conduce a la melancolía”. Si hubiera sido un éxito, a lo mejor la cumbre gaditana esa de jefes de estado y de gobierno habría sido suspendida y la afluencia de miles de marines norteamericanos a la base de Rota, cortada de raíz por la nueva realidad social y política que, tras la exitosa huelga, se hubiera instaurado en esta parte del mundo.

Si hubiera sido un éxito, el gobierno habría convocado a una mesa de las que ellos tienen, de más de diez metros de largo, a los representantes más destacados de la revuelta para gestionar con ellos las  nuevas medidas de carácter urgente que tendríamos que aplicar para salvar a las personas del desastre. O para emboscarlos a todos estos dirigentes y tratar,  bien de comprarlos con dádivas y chantajes, o de meterlos en la cárcel, para escarmiento y espanto de los trabajadores y parados del país.

Así que nos metemos en el sinuoso territorio de los matices y ahí todo vale; el consumo eléctrico, los garitos abiertos, las grandes superficies ajenas a todo lo que no tenga que ver con su universo de cajas de colores y tonterías en oferta. Y del otro lado, la gran movilización ciudadana, las manifestaciones del descontento y las romerías reivindicativas con su antología de eslóganes y pareados más bien tristes.

En el pueblo, una manifestación convocada entre otros, pero  principalmente por un sindicato minoritario; el SAT, consigue una de las mayores movilizaciones de la democracia. Algunos miles de personas en un pueblo adormecido y manso que pasó en su día de votar al partido comunista de España de una manera rotunda, a darle al Partido Popular la mayoría absoluta también. Si no ocurrieran  tantas cosas y las informaciones no fueran en cascada sustituyendo una historia por otra, esta manifestación sería (ojalá no lo sea) histórica. Digo que ojalá no lo sea porque eso supondrá que habrá otros momentos todavía más contundentes, más mayoritarios y la del quince de marzo quedará en anécdota germinal.

El éxito o el fracaso de las cosas que emprendemos se ha ido convirtiendo con el tiempo y con las perversiones intelectuales a las que nos acogemos  para ir tirando, en algo tan relativo que siempre habrá en nuestras maletas tantos argumentos para defender lo uno, como para constatar lo otro. Las cifras pueden convertirse en algo bastante ridículo si empezamos a flipar con ellas. En un rato, los manifestantes, que empezaron en tres mil, incluso cuatro mil en una contabilidad satisfecha pero prudente, rondaron al cuarto o quinto vaso de vino los ocho mil asistentes. La euforia, si queremos ser serios, hay que cortarla rápidamente porque también con la euforia se han escrito renglones de la historia y muchos de los crímenes que se les ha infringido a la verdad, son consecuencia de esa euforia. 

Lo mejor de esa manifestación fueron, corrijo: son,  las personas. Cuando se monta un acto de la izquierda del pueblo en alguna plaza pública y tiene uno tiempo y ganas y acude, ya sea para apoyar o para artistear un poco, conocemos  a todas las personas convocadas. Es lo que tiene la vida pueblerina. Nos saludamos con los viejos luchadores que fueron insumisos, anti Otan, anti globalización, pacifistas, revolucionarios de viejo cuño, con toda la peña, vamos.
A lo mejor hay diez o doce muchachos jóvenes a los que no conocemos, sí, pero enseguida, tras un pequeño cuestionario descubrimos tras sus nóveles melenas, los rasgos de su padre o de su madre y entendemos que vienen a ser el relevo generacional de aquellos a los que quisimos tanto y con los que tantas cosas compartimos. Esta vez no, la mayoría de la gente que estaba por allí testimoniándose en estos tiempos tan duros, era gente nueva para mí, o gente que conociéndola de toda la vida, nunca hubiera uno pensado que se iba a poner tras la pancarta de la justicia social. O gente que hace muy poco tiempo consideraba a los incansables luchadores,  una suerte de  anacrónicos especímenes de los viejos fanatismos del siglo XX.

Eso es lo bueno que tuvo para mí la manifestación. Esperemos que el dogma y el lastre sacro de las organizaciones con sus Stálines,Bakunins,  Troskis, Fideles y hasta Gordillos, no estropeen lo que muchas de las personas que fueron convocadas sentían de una manera tan sencilla, sin tener que llenar las mesitas de noche de estampitas ; el robo, el expolio canalla y criminal de sus propias vidas.

 Creo yo que lo que esas personas sentían y que por eso fueron a gritárselo al aire y al vecindario más cauto que asomaba la cabeza por los visillos vergonzantes de sus ventanas, era el dolor y la rebeldía, por decirlo en palabras de León Felipe, que provoca siempre en un ser humano que así quiera nombrarse, la espada impía de la injusticia. 

domingo, 11 de noviembre de 2012

MÁS LUZ




Cuentan que estando el borrascoso poeta Goethe en su lecho de muerte,  contestaría a la estúpida y piadosa pregunta de si quería pronunciar  unas postreras y  últimas palabras con un escueto y estremecedor: “Más luz”.
No sabemos si estas fueron  efectivamente palabras de Goethe o si se trata de una mistificación más de su discípulo Eckermann o de algún otro que por allí anduviera. Ya se sabe “verba volant, escripta manent” . Y escrito está. Pocas cosas permanecen y llega un tiempo, una edad, en la que nos percatamos por fin de que no habrá precisamente tiempo para todo, que nuestra maravillosa ingenuidad, humana, demasiado humana, (estamos hoy profusamente germánicos de pensamiento) no deja de hacer planes y que la vida se encargará de desbaratarlos si así lo quiere el mundo, natura o las pasiones mundanas, qué sé yo.

Pensábamos que tendríamos tiempo para aclarar el malentendido con ese amigo que dura,  a lo mejor , ya casi una década y resulta que no, que seguramente el tiempo de las excusas y los abrazos ha pasado. Pensábamos que un buen día podríamos sentarnos con nuestro padre y entrevistarle para aclarar con él un par de cosas, y otra vez viene la vida a decirnos que por ahí anda la parca estropeándolo todo y se nos muere  nuestro padre y esa conversación ya es imposible, a menos que crea uno en los cachondeos esos de la guija y otras ultratumbas.

Estábamos casi seguros que un día habría mucha paz y mucho silencio a nuestro alrededor, que podríamos dedicarnos por fin a nuestros libros, a nuestras músicas. Que pasearíamos libres de deudas y de pendencias por algún paseo marítimo de alguna ciudad mirando con beatitud franciscana a todo el mundo y van pasando los años y seguimos enfrascados en la dura pelea de sobrevivir, de comprar el tiempo de la vida, de ganarnos el pan con nuestro sudor, culpables de un pecado antiquísimo sin posibilidad de indulto.

Por eso, hay veces, en las que uno tiene el deseo de echar mano del teléfono y llamar a fulano para quedar y tomar unas cervezas, o a mengano y felicitarlo por ser tan buen tío, o a zutano y decirle;  ven a casa que vamos a escuchar juntos esos discos que tanto nos gustaron cuando éramos chicos.

Me levanto y le echo un vistazo a los libros, me gustaría mucho volver a leer “Crimen y castigo”, ver cómo me afectarían hoy las tribulaciones del ciudadano Raskolnikov, me gustaría muchísimo leer de nuevo la mitad de mi biblioteca, sabiendo como sé que muchas de esas torres literarias se me caerán porque uno ya no es el mismo que sentía devoción por “La Maga” y que probablemente, de conocerla hoy a ella o a alguna otra mujer por el estilo, correríamos despavoridos de su ruinoso influjo. Sabiendo que lo mismo que se nos ha pacificado el estilo, se nos ha atemperado el  gusto y el ánimo y que de cruzarnos una noche con Mara/Mona, la amada de Henry Miller, nos esconderíamos en algún oscuro rincón del garito, a salvo de tunantas, extravagantes y genios de las artes plásticas.

La noche, que antes nos llamaba como a Ulises las sirenas, se nos atraganta en estos tiempos y no buscamos otra cosa que redundar en lo conocido y en los conocidos. Por eso preferimos , antes que las brumas de los pubs, los almuerzos campestres, las guitarras conocidas con coplas mil veces cantadas y chistes repetidos, antes que el peligroso borracho que se nos engancha al hombro y nos echa ese aliento tóxico del tajarina y del solitario que ha encontrado una víctima, y nos repite que todos los sábados nos lee en el periódico del pueblo y que le gustamos muchísimo. Un periódico por cierto en el que hace más de un lustro que uno no publica una línea, pero estamos como para desfacer entuertos . Y el pelma como para que lo contradigan.

No sé, debiéramos llamar a muchas personas que ha significado en nuestra vida. Debiéramos tener tiempo y ganas de cuidar a los amigos, a la familia que todavía queremos como cuando éramos niños y poníamos ese canon del cariño; Mi madre, mi padre, mis hermanos, mis abuelos, mis tíos, mis primos y mis amigos.

Damos gracias todos los días al niño dios y a su cohorte de angelitos porque nos queden todavía madre, hermanos, primos y hasta una abuela a la que llamar por teléfono ( a la que nunca hemos llamado) Y damos gracias por los amigos, los viejos y los nuevos. El niño dios y su dichosísima cohorte de angelitos pueden estar todo el día escuchando mi conmovida acción de gracias, si ellos quieren claro,  y no tienen el día completo de milagros en el Caribe o en el cuerno de África.

También, volviendo a lo material, miro mis discos; los comprados y los pirateados y me digo: ¿Cuántas vidas necesitaríamos para escuchar toda esta música? ¿Cuántas para sentirla como sentí aquella vez la música de Bach? ¿Y Cuántas para escribir ese libro que desde hace cuarenta y cuatro años empezamos el destino y yo a perpetrar, el destino con renglones torcidos muchas veces y uno con renglones torpes, con tachones, con correcciones constantes?

Recuerdo unos versos de mi primo Jota Siroco que resumían todo esto, perfectamente, tanto que no sé para qué esta perorata si podía haber citado a mi primo y quedarme ya, este domingo, tan pancho y tan satisfecho. 
Decía Siroco: “Ya no tengo valor / para la huída, / porque no me queda tiempo / para el olvido”. Pues eso. 





domingo, 4 de noviembre de 2012

POESÍA NOCTÁMBULA


Leemos las novelas y si no valen nada las ponemos en algún estante, cuanto más alto mejor para no volver a cruzarnos con ellas en la vida. Leemos, sin embargo, la poesía y si el bardo no ha conseguido cruzarnos el corazón con algún verso, en vez de condenarlo también al ostracismo, tontamente nos enfadamos con el poeta, le pedimos cuentas. No es que se pretenda a esta edad que un verso nos cambie la vida, ya lo único que nos cambia la vida es el terremoto, la enfermedad o la ruina, pero al menos sentir un pellizco de esos, tan extraños, que nos hicieron sentir ciertos poetas.

Esta mañana, en dios y enhorabuena, como Fray Damián Cornejo, me tiré a las calles con dos libros de poesías. Sí, señor, a pares. Eran cortitos pero sabe uno que un libro de poesía por ser breve puede durarnos un rato o puede durarnos toda la vida. La mañana ha sido otoñal, cálida y húmeda como una mujer fatal y con la amenaza de lluvia,  un poco bochornosa. También como las mujeres fatales.

El primer libro de poesía me duró un café y un cigarro. Cuando buscaba el último poema me encontré con el índice y debo decir que leído así, con buena voluntad, el índice era el mejor de los poemas de ese libro.
Para leer el segundo cambié de cafetería y allí pedí media tostada con jamón (de york) . Me duró éste el tiempo que tardó un vecino de mesa en contarle su vida al camarero. En una noche, le habían pasado miles de cosas a este buen hombre; se había ligado a una buena moza pero la buena moza tenía un novio, el novio tenía ganas de partirle la cabeza a él, por ligarse a su amada y él, que no iba en serio con la muchacha prefirió escaparse de sus brazos y de los puños del novio afrentado. Como iba bastante puesto y con la cabeza caliente, se montó en el coche y se fue en busca de un club de alterne a buscar mozas sin novio o con novios permisivos. En la carretera, poco antes de llegar al lupanar,  un control de la guardia civil le dio el alto. Los guardias civiles le hicieron las pruebas pertinentes y concluyeron que habría que multarle, quitarle unos cuantos puntos del carné y a nuestro amigo se le esfumó la libido para unos cuantos días. A las cinco de la mañana se metió en un garito a ver si tomándose otro cubata se le quitaba el disgusto y cuando empezaba a quedarse dormido en la barra, cinco o seis pelones adolescentes con tatuajes feísimos y ceñidas camisas de cantante de orquesta hortera, se liaron a mamporros entre ellos. 
Alguien llamó a la policía y la policía no vino, ni para quitarles puntos ni para multar a los púgiles. 

Se escabulló de la bronca y se metió, ya eran las seis y media de la mañana, en otro bar. Allí se tomó un carajillo y pegó la hebra con un albañil que andaba en planta tan temprano porque le había salido una chapuza en el chalé de un médico. Como le cayó bien el albañil compró un cupón que promete un premio de millones de euros si se dan una serie de aritméticas combinaciones utópicas y le regaló otro al laborioso albañil que, a su vez, le pagó el carajillo y anduvieron un rato los dos fantaseando con lo que podrían hacer con los milloncejos esos y con quién le iba a terminar al puto médico la puta obra en su puto chalé, una vez que el albañil y él fuesen potentados millonarios.

El camarero, un bendito, le dijo al noctámbulo: “Pero habréis firmado ambos el cupón, ¿no?” Lo de la firma es por un asunto de la serie, vamos que puede ser que los millones le toquen a uno y al otro no, teniendo el mismo número y eso sí que es ya para echarse al monte.

 El noctámbulo se sacó de un bolsillo del pantalón el cupón de marras, estaba arrugado y hecho una mierda, el cupón, que pensé que por mucho que se produjese el milagro, esa lotería no la iba a admitir  nadie como prueba de la bonísima fortuna. Planchó una miaja el cupón, nuestro amigo, y efectivamente; allí estaban las rúbricas y los DNI de los dos fugaces colegas a los que si la suerte toca con su varita, ya nada podrá separarlos, formarán ya parte para siempre el uno de la vida del otro. El albañil porque para él su amigo noctámbulo será siempre un santo que se le apareció en el bar una mañana de otoño. El noctámbulo porque el albañil le dio esa grandísima suerte que él nunca tuvo.

A punto estuvo uno de intervenir y decirle que era cierto, que aquello no eran más que un cúmulo de señales de los dioses, que como sabe todo el mundo son unos cachondos, que se acordase de la buena moza, del novio celoso, de la pareja de la benemérita, de los pelones dándose mamporros…Y me quedé con ganas de sacar mi propio DNI y un boli que llevo siempre en el bolsillo de la camisa por si se me ocurren cosas, no sé, versos, canciones, frases, greguerías…y firmar yo también en aquel cupón de la suerte. ¿Cuánto hay que poner, colega? ¿Cuánto cuesta participar de vuestros sueños? No lo hice, claro. Uno no se ha atrevido nunca  a inmiscuirse en los sueños de otros.

Y ahora recuerdo por qué salí esta mañana con esos dos libros de poesía a la calle. Me desperté a eso de las seis y media (la hora en la que mi camarada noctámbulo harto de copas y de sucesos confiaba su suerte a la numerología y mi amigo albañil fantaseaba con la distancia a la que podría lanzar su palaustre una vez millonario) Me duché haciendo el menor ruido posible para no despertarlas a ellas. Me afeité sin sacudir ni una vez la maquinilla desechable contra el lavabo para limpiarle los pelillos. 

Una vez adecentado y vestido me puse a mirarlas, a las dos, cada una en su cama, la madre y la hija. Dormían y pensé si la madre soñaría conmigo, todavía, tras tantos años. ¿Con qué o con quién soñaría la hija? Así estuve unos minutos, como un voyeur de los sentimientos, de un dormitorio a otro, andando de puntillas. Entonces ella, como si la hubiese uno tocado con su pensamiento, se despertó suavemente y como si aún anduviera dormida me dijo: ¿Dónde vas tan temprano? Y lo que quisimos pensar es que esa pregunta era para que no me fuese. Para que me metiera otra vez en la cama y a saber lo que pudiera pasar. La hija emitió un sonido sonámbulo que a poco que se sepa de los sentimientos y su traducción, quería decir: “Papá, a ver si dejas ya de dar la lata y te acuestas o te vas a la cafetería que no dejas dormir a nadie”. Y como la madre no insistió nada de nada, cogió este hombre sus dos libros de poesía y se fue a la calle a leerlos, dejando en paz y en la cama a los mejores versos de su vida.