sábado 17 de marzo de 2012

EL BESO


Era una noche de agosto, tumbados boca arriba y con los brazos cruzados bajo la cabeza mirábamos las estrellas. Los dos con poca ropa, en algún gozoso momento sin ninguna, o con las prendas haciendo malabares en el hombro, en la cabeza, o pendiendo la parte baja del biquini de un tobillo, como una bandera triunfante y levemente lasciva. Y tras retozar un rato descubriéndonos, volvíamos a tumbarnos bajo el cielo, dedicándole a las constelaciones la faena.

Unos días antes, mientras me dedicaba a hablarle con esa verborrea incontinente que tenía uno cuando era jovencito, me callé de pronto. La miré a los ojos durante unos segundos y cogí su mano. Se produjo entonces un fenómeno paranormal, el único al que he asistido en mi vida, una especie de corriente eléctrica sacudió mi corazón y sentí que el mundo se paraba. Sólo yo podía moverme, como en un sueño, y el único movimiento que se me ocurrió fue acariciarle el pelo y besarla. Sí, ese fue el primer movimiento de nuestra particular sinfonía.

Había un músico en aquel bar. Dirán los cachondos y los golfos; ¡claro, cómo iba a faltar el músico! Y seguramente tendrán muchísima razón pero, en este caso, se han pasado de listos, de graciosos y de golfos, porque es verdad que había un músico, un saxofonista tocando jazz y derivados, metido en un kiosco con forma de jaula que hermoseaba el ya de por sí hermoso jardín de “La Quesería” que es como se llamaba el garito.

Puedo afirmar ante notario y si la gente tuviese memoria, que no la tiene, podría llevar testigos que aquella noche insólita estuvieron presentes, puedo afirmar, decía, que justo en el momento en que acerqué mi boca a la suya, el músico que andaba medio turulato trasteando con su saxo alguna pieza de bee bop recompuso su instrumento y nos interpretó una melodía de Santana, la canción Europa, que es la que todos los chiquillos de mi época querían aprender a tocar en cuanto cogían una guitarra. Pues con esa banda sonora tan bonita, como si hubiera llegado por fin el día de la justicia poética, nos dimos nuestro primer beso.

Si lo etéreo pudiera guardarse en una cajita, tendría yo guardado ese apasionado ósculo en ella y sería lo primero que uno salvaría de los naufragios, de los terremotos de la vida y de las pendencias de la historia. No es posible guardar un beso más que en la memoria, ni siquiera en los labios, su espacio natural, puede un beso mantenerse mucho tiempo. Llegan otros y lo borran, incluso vienen otros labios a campear por sus respetos. Pero contra toda lógica, voy a irme a un chino a comprar la caja más bonita que vea, que no me salga muy cara porque, como con los regalos, lo que cuenta es la intención. 

Trataré también de que no sea muy cursi la caja, porque en el amor cortés se vuelven muy difusos los territorios que vagan entre la sensibilidad y la sensiblería. Voy a mirar dentro de la caja, que no haya nada que estropeé el invento, y después de estar un rato con los ojos cerrados, como los brujos, voy a convocar estos recuerdos y los voy a guardar en esa caja. No sea que pierda la memoria algún día y frente a la impiedad del mundo que como dice el tango es sordo y es mudo, se me olvide lo importante.


sábado 10 de marzo de 2012

ARS POÉTICA



Me desperté sudando. Había sido una pesadilla y lo sabía, pero estuve durante unos cinco minutos confuso, tratando de acomodar la cabeza a la realidad.
En la pesadilla uno escribía poemas, muchos, decenas de poesías que salían de una máquina parecida a esas que utilizan los churreros para dar forma cilíndrica a la masa de aceite y harina. Bueno,  pues de aquella máquina de extrusionar surgían una especie de pergaminos impresos que, tal como salían, yo iba  regalando a unas personas que venían en autobuses, sólo para verme. En el sueño me había convertido en una atracción de feria para turistas de edad provecta. Cada uno de los pasajeros del autobús, cuando recibía su poema lo leía en voz alta, como los rapsodas en los ateneos de provincia, y el resto de los jubiletas aplaudía el recital del compañero con gran entusiasmo,  mientras que yo iba escribiendo con magias secretas una poesía tras otra y moviendo la palanca de la máquina churrero-poética que vomitaba versos.

Los turistas líricos iban vestidos como turistas, es decir; haciendo el ridículo y antes de recibir su poema-churro sacaban cámaras de fotografiar modernísimas y se hacían los unos a los otros reportajes. A mí nada de esto me entretenía de mi labor, estaba inspirado como Pessoa cuando escribió “El guardador de Rebaños” en una sola noche, de pie, apoyado quizá en el alfeízar de la ventana de la casa de pensión.

También tenía yo un rapto poético sublime y como había muchos estampados me salían cuartetas de colores. Ante los  pantalones cortos con marcas de mosquitos en las espinillas de los turistas   escribía endecasílabos exóticos,  y creaba sin ningún esfuerzo sonetos humorísticos como Quevedo y Góngora  cuando miraba las  camisetas espantosas con leyendas impresas del tipo “Mucho sexo nubla la vista”( y claro, la gracia estaba en que esa frase impresa se veía borrosa y así a la Maruja que la leía le entraba un ataque de risa que de ser jóvenes todos ellos, hubiera concluido en una orgía, metiéndose mano todos a todos) .

Entre tanto hortera, mis composiciones eran cada vez más celebradas. Yo sabía que cada poema-churro que paría era más malo que el anterior, pero empezó a darme igual. ¡Me halagaban tanto el aplauso y la fanfarria, que me pervertía por momentos! Si observaba  que rimando “grajo” con “carajo” la afición se desternillaba, afinaba un poco más la travesura picante y para la siguiente estrofa casaba “madroño” con “coño” . 

Lo malo estuvo,  y ahí fue cuando el sueño fue transformándose en pesadilla, en que fugazmente, entre la juerga de los turistas, vi aparecer una figura que no cuadraba con aquel ambiente. Se trataba de un hombre de unos sesenta y tantos años, con algunos kilos de más, vestido con un gabán  marrón, de esos de la segunda década del siglo XX. Disimulaba su presumible alopecia con  un sombrero de ala ancha, también muy antiguo, y   llevaba las manos en los bolsillos de su gabán, como Pedro Navaja, el de la copla, pero sin resultar amenazante. Entre  tanto folclore indumentario como gastaban mis entregados turistas líricos, la sobriedad de esa figura me chocaba y me inquietaba.

Su aparición en la escena de mis sueños era una copia de esa chulería artística que hizo Spielberg en “La lista de Schlinder” , cuando entre la barbarie de asesinatos nos deja ver a la niña del abrigo rojo, paseando ausente por el horror, que yo creo que Spielberg quiso -y consiguió- que centráramos nuestra atención en una sola persona. Que personalizáramos el espanto, porque sabía  el director que cuando los muertos son miles, se nos insensibiliza el corazón y ya estamos más pendientes de contabilizar los asesinatos que de estremecernos. Después, una vez conocida a la niña y personalizada su tragedia, Spielberg se encarga de mostrárnosla ya muerta sobre un tumulto inerte de cuerpos. Cuando ya todos conocíamos a esa niña con su abrigo rojo.

Pues en mi sueño, la figura del gabán y el sombrero anticuados, cumplía para mí esa función y a medida que se acercaba a mi kiosco de poesías-churros, me embargaba una emoción extraña. Ya había perpetrado uno algunos romances castizos, con lunas luneras y flamencas bailongas que un señor con gorra de visera y gafas de espejos recitaba casi cantando, como si fuera una jota, mientras que la concurrencia batía algunas palmas acompasadas, como en una romería.

Cuando  estuvo tan cerca que no podía evitarlo, la figura del gabán y el sombrero me miró fijamente a los ojos. No había reproche en su mirada pero sí una gran decepción, una especie de “¿y para esto has quedado?

Sacó el hombre del bolsillo un papelito, mientras que yo, fuera de mí daba vueltas y vueltas a la palanca de hacer poemas, salían a decenas, se caían por el suelo como serpentinas de una fiesta, los jubilados los rescataban del asfalto y se los tiraban unos a otros. Uno de ellos, con cara de tonto, se los comía directamente y luego lanzaba un eructo de satisfacción y salían de su boca en forma de burbujas algunos versos.  Yo no quería coger el papel que me ofrecía aquel hombre, pero en los sueños no hace uno lo que quiere. ¿Quién no ha soñado alguna vez que se acuesta con una mujer que en la vida real nos da yuyu? ¿Por qué no nos acostamos en sueños, nunca, con Elsa Pataki? .

De manera que tomé el papelito entre mis manos, detuve mi incontinencia versificadora y leí- y juro que en el sueño lo leí con toda exactitud- lo siguiente:

                                             ¿Cuya es esta frente? ¿Cuyo
                                                este mentón azulado?
                                             ¿Cuya esta boca sumida,
                                                 y estos ojos fatigados
                                                de la letra diminuta
                                              y de los montes lejanos?
                                             Siempre mira el hombre
                                     al hombre con piedad de su retrato.

                                                Madrid, junio de 1922

                      ANTONIO MACHADO ( 1875,SEVILLA - 1939,FRANCIA )





martes 28 de febrero de 2012

¡DESPERTAD!



Veo venir al hombre hacia mí, son las siete y media de la mañana y por esta calle no pasa nadie. Está a uno veinte metros y caminamos como dos forajidos del Oeste sabiendo que en un punto, el paso de cebra, tendremos que encontrarnos. El hombre me mira fijamente, con cordialidad, no resulta en absoluto amenazador. Tiene pinta de viajante de comercio, unos cincuenta años, un traje beige de cuando estaban de moda esos trajes, es decir de hace un par de décadas. Cuando por fin casi nos tocamos a la altura del paso de cebra, dice: “Buenos días, caballero” . Ya sólo hablan así, con el caballero como saludo y tratamiento, los camareros de las cafeterías caras y la guardia civil de tráfico. Buenos días, le digo devolviéndole el saludo y mirando al frente para no tener que decir nada más.

Perdone, ¿me permite una pregunta?” . Horror, cuando un desconocido con traje anticuado, buena educación y un acento que ni es andaluz ni es de ninguna parte nos plantea esa retórica es siempre para darnos la brasa. Lo que hay que hacer es cortar por lo sano; no, lo siento, caballero usted también, pero no le permito esa pregunta que pretende hacerme. ¡Ea!, buenos días y que lo pasé usted bien.

Reconozco que es muy difícil reaccionar así, lo es al menos para mí. Si un yonki me pide dinero para coger el autobús o el tren (ay, ese tren que pasó hace ya tanto por delante de sus narices) no le digo nunca que no me cuente milongas, prefiero las milongas que por lo menos decoran una mijita la inmundicia. Me molesta incluso cuando algún samaritano se pone farruco y le espeta al yonki, que si el dinero es para un café (toman mucho café los yonkis como todo el mundo sabe) él le paga el café y hasta un pastelito si fuera menester. Creo que al desesperado habría que dejarle por lo menos el consuelo de la pillería y la mentira. Además, quién de entre esos caritativos y caritativas le iba a dar un céntimo al yonki si les dijera; es que me falta para una papela, caballero o señorita, que también hablan así los yonkis ahora que caigo. Y para colmo ver al yonki, en la esquina de la cafetería porque el camarero le ha puesto el café en un vaso de plástico, para que no ocupe su mísera persona una mesa, medio chupando porque lleva sin dientes ni se sabe cuanto un palito de nata, me produce casi tanto estupor como cuando los veo agazapados como ratas en los pasillos de una obra abandonada celebrando su dosis con esa avaricia tan triste de los adictos.

A lo que íbamos; que en vez de decirle al hombre del traje  que no me hiciera preguntas y menos tan temprano, contesté;  Dígame. La pregunta era, chispa más o menos; ¿Cree usted que hay salida para los problemas con los que se enfrenta el mundo en la actualidad? Bien porque a las siete y media de la mañana uno tiene la cabeza embotada y apenas acierta a reaccionar ante los disturbios de la vigilia, bien porque todavía no me había tomado mi reconfortante café matutino (como los yonkis) me quedé mudo, mirándolo embobado como si estuviera pensando una repuesta. Tiene uno el dudoso honor de atraer hacia sí a majaras de todo pelaje y mi vida ha estado llena de excéntricos que me han dado muchísima lata, pero esto solía ocurrir de madrugada, cuando estaba uno mismo aliñado y había dado un concierto o un recital de poesía. Era como uno de esos peajes que te hace pagar la noche y sus sustancias.

El hombre, viéndome tan sorprendido, tuvo que pensar; vaya, mi pregunta ha hecho mella en este bendito. Lógicamente no esperó mi respuesta porque él ya tenía la suya. Enumeró una serie de tragedias cotidianas; el paro, la pobreza, la guerra, la avaricia, la violencia y de una manera más o menos encubierta, la lujuria y la relajación de las costumbres. Oiga, acerté a decirle, ya sé cómo termina el cuento, ahora usted me dice que todo este estropicio ya lo predijo Jesucristo en lo alto de un asno hace la tira de tiempo. Y a lo mejor el hippi este de la cruz o un primo suyo, predijeron estas cosas porque no era muy difícil, ¿no? porque ya había entonces paro, injusticia, violencia, guerras y, por supuesto, relajación de costumbres. Y las había habido antes y siempre las habrá. Para que no las haya, amigo mío, para que se terminen, ustedes no proponen una revolución social, económica y cultural, que a saber cómo terminaría de producirse porque ejemplos de estrepitosos fracasos los tenemos a punta de pala, no, para acabar con el sufrimiento humano proponen ustedes el fin mismo de la humanidad. Un bombazo de cojones que lo arrase todo,  o un meteorito cabrón que venga, como una pedrada brutal del altísimo, a destruir el universo mundo. Así que le voy a decir como  dirían  los yonkis, la guardia civil y los camareros de las cafeterías caras; Caballero, haga usted el favor de ir circulando.

Con este chaparrón, tan temprano, pensé;  el hombre del traje beige saldrá cagando leches y por lo menos hoy, dejará su penoso apostolado, se pegará un trago del coñac ese que no prueba desde que una mañana, como George Bush, a la sazón ex presidente de los EEUU y sepulturero de Badgad, se le presentó el niño dios, o dios padre, o Jesucristo en el burro y le dijo directamente; No bebas más coñac, alma de cántaro, redímete y extiende la buena nueva por tu comunidad. ¡Aleluya!. Vamos, que pensaba uno que había desarticulado con su verborrea la inquebrantable fe de este hombre.
¡Por aquí! Que diría el castizo.

En vez de largarse o de enfadarse un poco, o de darme un corte de mangas y condenarme a los más candentes infiernos, a la más perra de las vidas eternas, el apologeta del señor dios, abrió un maletín en el que hasta entonces no había reparado. Ahora sí, pensé, ahora que ha sido ofendido por mis palabras, sacará del maletín este fanático una pistola y me pegará un tiro en el pecho. Caeré aquí, tontamente y jamás se descubrirá el crimen porque ha sido por una tontería y no se investigan ni las tonterías ni las muertes ridículas.

Por suerte, en esta ocasión, en vez de la metralleta el hombre sacó una revista que ya conocía yo de otras paradas de este tipo. Es una revista feísima, con unas ilustraciones tan catetas, tan desfasadas, tan carne de burla, que no sabe uno si el ilustrador que las sigue haciendo es un infiltrado de alguna secta satánica que así realiza su misión impía.

El hombre, acostumbrado a que le den con la puerta en la cara todos los domingos, cuando va con sus amigos y amigas peregrinando por los bloques de pisos, andaba muy lejos de estar enfadado, ni siquiera molesto conmigo. Me entregó la revista que tenía en portada, por este orden, estos dibujitos; una bola del mundo en llamas, un león fiero jugando con un niño rubio como si fuera un gatito, una muchacha (bastante atractiva) señalando con un dedo al horizonte, otro niño negro y escuálido comiendo en un cuenco un mejunje repugnante, un hombre con barbas, como un progre de los setenta con una vara caminando por un jardín edénico y detrás de todos ellos, como serigrafiado, un anciano con barbas blancas y cara de bueno. En grandes letras un rótulo: ¡Despertad! Y daban, verdaderamente ganas de despertar de aquella suerte de pesadilla naif con la que habían decorado la portada. Del interior de la revista mejor no hablar.

Por fin le acepté el regalo, la revista, y le dije muchas gracias, muchas gracias, la leeré enseguida. Hágalo, dijo el tipo, ahí tiene todas las respuestas porque le veo lleno de dudas y de dolor.

Me dieron ganas de abrazarlo, qué hombre, qué clarividencia. Sí, ando lleno de dolor y de dudas, en cuanto me siente a tomar un café (otra vez como los yonkis) me pongo a leerla con el mayor interés y en el mismo momento que tenga ya las respuestas me dirijo como en trance al templo. ¿Dónde tienen ustedes el templo o casa de oración, hermanos? .

Yo creo que aquí ya se dio el hombre cuenta de la coña marinera y no me dio la dirección del templo ni nada. Me repitió, ahora sí un poco molesto, que no dejara de leer ese compendio de saberes que había puesto en mis manos. Claro, adiós, buenos días. Todavía para zaherirlo un poco le dije; vaya usted con dios. Y el hombre se fue, aligerando el paso, pensando seguramente que había dado con un loco o con un demonio. Yo me quedé quieto, divertido mirándolo huir. De vez en cuando volvía sulfurado la cabeza y como me veía allí plantado, aligeraba todavía un poco más el paso. Justo a mi lado había una papelera, en cuanto lo perdí de vista hice un canutillo con la tontería de revista y la deposité en la papelera, que abrió la boca para engullirla como un animal mítico, apocalíptico, abisal.

domingo 19 de febrero de 2012

4 REFLEXIONES UNIFORMES, 4




Yo creo que el que diseñó el sombrero que se han tenido que poner los guardias civiles durante tanto tiempo, ya menos, sólo en ceremonias de grandísima solemnidad, no pudo ser otro espécimen humano que un gitano, un gitano con mucho arte.

La historia podría ser ésta: Un gitano rubio y elegante que se dedica a la confección, coincide con el duque de Ahumada en una casa de señoritas de vida licenciosa. Enseguida, el duque y el gitano rubio congenian mientras esperan en una salita de paredes tapizadas con vivos colores; rojo sangre, azul intenso... que la madame les ofrezca lo más granado de la casa por ser clientes muy preferentes, como los Vip de nuestros días. El duque le cuenta al gitano rubio, como justificándose por estar en ese lugar de perdición, que se siente inquieto y que anda preocupado porque no sabe qué poner sobre la cabeza de un nuevo cuerpo de policía muy severo que está creando para perseguir por los caminos a maleantes, prófugos y gitanos. El gitano rubio, sintiendo la fuerza de su raza, se ofrece para diseñar un sombrero que hará las delicias del duque y del general Narvaez, al que tendrá el duque que presentar el diseño en breve.
Unos días después, en la soledad de su taller, el gitano oculto decide arriesgar su vida, o como mínimo su libertad, creando un sombrero ridículo, incómodo de llevar para así putear a los guardias y encima, fabricado en un charol brillante para acentuar la fantasía y la mascarada. Un pequeño gesto heroico y humorístico con el que el gitano quiso resarcir a su estirpe de perseguidos.
Cuando un enviado del duque de Ahumada fue a recoger el prototipo de sombrero se quedó estupefacto. ¿Y cómo se llama esto? Acertó titubeante a preguntarle, el gitano, creyéndolo ya perdido todo, contestaría a la pregunta del recadero: Tricornio. Realmente no le había puesto nombre al engendro hasta ese preciso instante fue, como si dijéramos, un rapto de inspiración y una última pulla en su proyectado escarnio a los cuerpos represivos; “Tricornio” pensó para sí el gitano, con esto ya me he buscado la ruina para siempre.
Pero el recadero del duque estaba harto de la vida que llevaba, cobraba poco y llevaba un tiempo pensando en emigrar a Cuba (esta es otra novela) no dijo nada, no sacó el pistolón ni le pegó dos tiros al gitano por su irreverencia. Cogió el sombrero, el tricornio, y le dijo al gitano; Ya tendrás noticias cuando lo vea su excelencia el Duque.
Bien fuera porque ese día el duque y toda la pesca estaban borrachos o porque en realidad el tricornio terminó gustándoles, el caso es que el recién creado cuerpo terminó poniéndose ese engendro sobre la cabeza para sus patrullas y sus redadas. Y lo que nació como una broma genial e, insistimos, heroica de un gitano oculto, se convertiría con los años en un símbolo que en la oscuridad de la noche y de los caminos, provocaba el pavor de una buena parte de los ciudadanos.
Al final creemos que quien ganó la partida fue el Duque de Ahumada porque consiguió darle la vuelta por completo a la bella travesura del gitano.


Los militares, mayormente los oficiales, se cuelgan en sus trajes de gala todas las medallas que han ido consiguiendo, a saber cómo. Es como si un poeta laureado cuando va a recoger un premio en el Ateneo de Villaluenga de la Visitación se colgara en la chaqueta todos los honores, flores naturales y menciones especiales que ha ido atesorando en su paseo por la lírica patria. No les da ninguna vergüenza ese exhibicionismo tan tonto y a nosotros nos da un poco de pena imaginarlos, tan mayores, frente al espejo del cuarto de baño, clavándose un pin tras otro, como los chicos heavys hacían con sus chapas de Barón Rojo y de Obús.

Lo de la policía nacional no llevan gafas o las llevan negras como los punkis, antes de atacar se mueven muy lentamente como si fueran felinos al acecho y cuando son jóvenes suelen estar bastante musculados y da gloria verlos tan escamondados , pero hablan de una forma muy rara, le dicen a uno “caballero” y cuando pensamos que andamos en un país civilizado, llega otro y le pega al “caballero” con la porra en un costado, mientras nos repite que nos “disolvamos” como los azucarillos.
  Los de la policía local llevan un tipo característico de gafas, se diría que las regalan con el uniforme. Mire usted; aquí la porra, la pistola, las esposas, la gorra y estas gafas como de matón de Tejas que le darán a usted prestancia y donaires en su patrullar por las calles. No deberían permitirles a los de la policía local llevar esas gafas que como antifaces ocultan la mirada, porque el ciudadano tiene derecho a saber cómo lo está mirando la policía.







sábado 11 de febrero de 2012

CARTA A GLORIA FUERTES


Espero que no seáis tan animales/ que no podáis vivir como personas.” Gloria Fuertes.
 
Queridísima Gloria que estarás por esos cielos en los que al final terminaste creyendo, poeta postista y humana que preferiste ser carne de parodia a perderte en las arrogancias de tu tiempo, cuando los poetas se vestían de etiqueta, como tú hubieras rimado con ese desparpajo tuyo para acercarte a la lírica. Tamaño atrevimiento te llevaría a los niños, los únicos capaces de jugar con todo, con las palabras también. Padecemos, Gloria, tiempos en los que hay animales que no quieren que vivamos como personas. Es lo que tienen las frases, los axiomas, los refranes, que aunque lleven muchísima razón pueden volverse en nuestra contra. Le doy otra vuelta a este verso tuyo y tengo que apostillarte Gloria querida; Nosotros sabemos vivir como personas, amiga Gloria que en gloria estés , y lo hemos demostrado:

Dimos a nuestros hijos lo mejor que teníamos, nos desvivimos por ellos para que tuvieran oficio, formación, futuro...pero llegaron las bestias y dijeron que no, que nada de eso servía y que sobraban. ¡Nuestros hijos sobraban, amiga Gloria! ¿Te parece bonito ? ¿No es una infamia esto que te cuento? ¿No merece esto que te cuento, un cuento mejor, con otro final? ¿No nos merecemos tratar de cambiar el cuento, hacer añicos la maldición determinista de la fábula?

Nosotros, que quisimos siempre vivir como personas, que estábamos convencidos de que la historia era evolutiva y sedimentaria, la historia de la lucha de clases también, amiga Gloria. No concebimos la involución como sistema, pensábamos que cada gota de sangre derramada legitimaba para siempre la conquista. Nuestros hijos nos creyeron y cuando salen a la calle; como personas, amiga mía, sienten que están arropados por un cúmulo de derechos civiles que parecían intocables, que ganaron sus padres y sus madres, sus abuelos y sus abuelas. Tú también, cuando escribías.

Por eso nuestros hijos les piden a los policías antidisturbios que se identifiquen y lo hacen enérgicamente, como si tras esa elemental soberanía del ciudadano, anduvieran, apoyándolos, los rostros apaleados de su genealogía, como si al plantar cara al matón uniformado, estuvieran honrando la memoria de sus abuelos, estuvieran en su gesto -que ni siquiera es valiente, que es casi natural- todas las cunetas, todos los calabozos, todos los consejos de guerra y los juicios sumarísimos. Todas las palizas en las esquinas de la ciudad al obrero y a la obrera, todo el miedo de las familias que no sabían si papá sería arrestado tras la manifestación o la huelga, tras la revuelta del hambre...Eso creen, Gloria Fuertes, nuestros vástagos. Y por eso tutean al policía pertrechado en su armadura y le chulean un poco; como si ellos, nuestros hijos, tuviesen todos esos derechos dibujados en la cara.

Por eso duele tanto, Gloria bendita, comprobar cómo se estrella la porra del policía en la cabeza de los muchachos y de las muchachas. Cada agresión, cada persecución por las largas avenidas, cada empujón hasta el furgón policial, cada humillación en las comisarías, la vivimos como si la herida nunca fuera a cicatrizar. Como si hubieran abierto otra vez la boca abisal del horror.

Cuando vendieron los boletos de alegría, Gloria bendita, cogimos todos participaciones de esos boletos y cantamos y bailamos y nos amamos los unos a los otros y los unos sobre los otros, hubo quien con parte de su jornal ayudaba a gente que lo necesitaba, hubo quien con parte de su jornal practicó la solidaridad y quien con su tiempo libre disfrutó del ocio. De todo hubo, porque sabíamos vivir como personas, amiga Gloria. Y decíamos tras la dura briega laboral; con mi dinero pago, como don Antonio, pero los animales dijeron que ya no habría más jornal, o que lo habría con animaladas asquerosas. Y nos quitaron los boletos de alegría, a nosotros, que queríamos vivir como personas, nos trataron como animales, Gloria Fuertes.

Pero ¡ah! Las personas pueden tener también su día de Gloria, amiga Gloria, hacerse fuertes, amiga Gloria Fuertes. Las personas dirán como dijiste tú: 

No sé escupir/ pero voy a aprender/ para escupir sobre las tumbas/ de todos los culpables de las guerras/ no tengo uñas/ pero quisiera tener garras/ para atrapar desde mi altura/ a los hombres reptiles/ no tengo poder/ pero tengo la fuerza/ de los hombres que sufren/ no tengo cultura/ pero tengo el corazón sabio/ de estar con los que no tienen nada”

Sin más, me despido hoy de ti, mujer de verso en pecho, esperando que no te haya importunado esta suerte de güija epistolar que hoy he perpetrado. Si las cosas cambian a mejor te tendré informada. Quiero, si es así, que vengas a la fiesta.