martes, 18 de diciembre de 2007

FECHAS TAN SEÑALADAS



Desde que las liturgias religiosas fueron suplantadas por las liturgias del corte inglés y de la factoría Disney, nuestras ciudades se transforman en estos días en un gran centro comercial al que no le falta ni la música de fondo, que con esos niños cantores glosando en sus coplas la venida al mundo del Mesías puede sacar de quicio al más templado de los ciudadanos.

Hay mucha gente que detesta la orgía de celebraciones con que amenaza el calendario: . “La Navidad” , con toda su melancolía y su macedonia de empalagos y topicazos, con su vomitona consumista que enajena como una epidemia a casi toda la población.

¿Por qué entonces participamos de la farsa y guardamos las fiestas con más o menos entusiasmo? . Porque la Navidad es una constatación del fracaso o del éxito con que hemos ido caminando por el año.

Si nos fueron bien los negocios, serán dichosas nuestras salidas al mundo de las cajitas de colores y los lazos de papel acharolado. Los hijos lucirán, pues son nuestra imagen y semejanza, nuestro triunfo profesional por las aceras de la urbanización disparando como reporteros de guerra con sus cámaras digitales a todo lo que se mueva o encerrados en la penumbra de sus dormitorios manejando con habilidad de expertos los equipos informáticos.

Nuestros padres recibirán el éxito infame de ventas en las librerías “La verdad sobre la guerra civil contada por Ricardo de la Cierva” “Franco no era tan malo” o “Los dos mil ochocientos mejores ripios en lengua castellana” y nuestras madres camisones y batas que reciben con beatífica sonrisa otro año más.

Si nos ha ido como el culo durante el año. Si somos trabajadores con un horizonte laboral con más incógnitas que una legislatura de Zapatero, si somos parados de larga duración con el subsidio agonizante y las chapuzas perseguidas y fiscalizadas, la Navidad será otra sibilina forma con la que el sistema nos da por el culo y rubrica nuestra condición desgraciada y pobre.

Son estas fiestas, una constatación también, de las tristezas que el año nos ha ido deparando. Si en la familia – esa entelequia que conservamos temerosos de la soledad y el desarraigo- se han producido desgracias, defunciones o cismas, nos reuniremos en torno a la engalanada mesa acompañados de nuestra pena, nuestro rencor o nuestra desolación.

Ninguno de los comensales querrá estar junto a los otros, para todos será un compromiso que se asume con una mueca de resignación. La unidad familiar anfitriona, estará abrumada por los excesos gastronómicos y por el épico fregado que les espera tras la comilona.

Los sobrinos estarán pendientes de los regalos del tío rico y le reirán los chistes y le palmearán ensimismados en la corrupción del aguinaldo el inevitable fandango navideño.

El canto del pobre, del tío pobre, ya se sabe que está prohibido hasta en la más mísera tabernucha.

En definitiva, las fechas tan señaladas que se acercan son como todo en la vida; la adolescencia, el matrimonio, la paternidad o la jubilación. Se tendrá noche de paz si la cartera está llena o tiene, la cartera, capacidad de endeudamiento, se disfrutará de la noche de amor si las cartas que llegan de los bancos no son flagrantes amenazas de desahucio y se disfrutará de la estrella navideña y el árbol si Sevillana Endesa no nos corta el suministro, tras múltiples, y cada vez más obscenas advertencias, por falta de pago.

sábado, 15 de diciembre de 2007

PELMAZOS

Dejando a un lado las enfermedades de transmisión sexual, obviando las modernísimas depresiones matutinas que gozan de gran predicamento entre la afición, haciendo las delicias de psicólogos ociosos que jamás negarán ninguna de las enfermedades mentales con que el paciente sanciona su propia existencia, mientras pague el paciente la minuta de tan abruptas confesiones al sonriente doctor.

Desdeñando el ardor de estómago, el insomnio, la halitosis y otras patologías más o menos confesables, si sufre nuestra contemporaneidad una epidemia de la que ni el más avezado o precavido de los mortales puede salvarse es la de los pelmazos.

Hablamos de ese personaje que cuando entras en el bar, exclama “Pero mira a quien tenemos por aquí”.

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Nada importa que finjas despiste, que mires continuamente por encima de su cabeza como si buscaras a alguien que te espera, que ostentosamente consultes el reloj cada poco.

Ninguna de estas vacunas del comportamiento te libraran de su abrazo titánico.

Él , poseso de sí mismo, habla y habla sin parar. Habla sin parar y a destiempo como un músico torpe que se carga las posibilidades de la humana y variopinta orquesta nocturna.

Y es que además, oh mundo insolidario,...todos los parroquianos saben de qué va el pelmazo y nadie se acercará a ti para echarte una mano.
Nadie querrá correr el riesgo de que los multiformes tentáculos del pelmazo le toquen.

Así, mientras envidias la alegre conversación de la pandilla, mientras oyes sus risas y ocurrencias; el pelmazo cada vez más pegado a ti, adherido a tu chaqueta como una lapa, no suelta un instante tu brazo y te sugiere: “Gallardoski, deberías ser más comedido en el lenguaje que utilizas en tus artículos; un hombre con tus lecturas, con tu educación”

Porque como carecen tanto de respeto por los demás como de sentido del ridículo exhiben sus dudosas habilidades para todo. El pelmazo si eres músico rockero te habla de sus discos de “Los Pekenikes” y de que en su primera juventud montó un conjunto que hacía las delicias de las muchachitas ye yés en los guateques .

Si, por mal del demonio, resultas ser poeta lírico o literato , te cuenta que tiene muchos libros (veinte o treinta durmiendo el sueño de los justos en el mueble bar de la salita) y que todos son de un interés tremendo. Te relata con detalle, casi con sadismo, las circunstancias que rodearon la adquisición de cada uno de sus libros o te pregunta con vivísimo interés : “¿Has leído las poesías de Federico García Lorca?

Y si nada de esto lo sacia, termina poniéndose chistoso y cuenta chascarrillos infames de los que él solo se ríe.

El pelmazo a hecho de todo en esta vida y lo que él no ha tenido tiempo de coronar lo hizo su cuñado o su primo, el del zumosol..

El pelmazo además no necesita compañía. Sabe que hace siglos que nadie escucha lo que dice. ¿A qué entonces esa profusión? ¿Crueldad? ¿Saña?.

La única forma de combatirlos – os lo dice uno que posee la extraña habilidad de atraer sobre sí a los pelmazos de todo tipo, pese a lo circunspecto de mis costumbres- es enfrentarlo con uno de su estirpe.

Cuando dos pelmazos coinciden se sienten mutuamente anulados.

Si uno replica el otro esgrime contrarréplicas y así hasta el infinito.

Ellos gustan de nosotros, de nuestra santa paciencia, de esta cortesía pusilánime con que los soportamos. Pero entre ellos mismos terminan por lo general cabreados o tristes y – lo que es más importante en atención a la salud mental de la ciudadanía- por fin, y felizmente, callados.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

VIDA, MUERTE Y FOSFATOS


El ritual cristiano, al que uno por inercia y tradición no puede dejar de pertenecer, ofrece una liturgia para cada una de las etapas del individuo.

No podía faltar la ceremonia final, la del último adiós en la que el sacerdote consagra al cadáver en una suerte de sesión entre espiritual y social, a una fantástica reunión con antepasados, divinidades, ángeles y vírgenes. Nadie se cree nada, claro. Por eso los deudos con toda la razón (ay la razón) lloran la pérdida del ser querido. Ni siquiera el cura, que suele ser un hombre instruido, se traga ni una de sus poéticas preces. Todo se hace por consolar seguramente, por aliviar el dolor que nos produce ese desastre, ese caos del organismo que significa la muerte.

Porque es la muerte el hecho fundamental que da sentido a la vida, verdad de Perogrullo que a nadie se le escapa, pero que apenas queremos enfrentar con nuestro inconsciente día a día. Inventamos la poética religiosa y la farándula de ultratumba con dos objetivos esenciales; por una parte no tener que enfrentarnos a través de la lógica y la razón con una verdad tan absoluta como la disolución. La segunda porque el ser humano es una realidad biológica con sentido y voluntad de trascendencia.

Esa voluntad de trascendencia puede bifurcarse por los caminos del arte, la literatura, la música e incluso la historia y la política, lo malo es que no todos los habitantes del planeta tienen posibilidades, talento o genio para perdurar en la memoria, así que frente a esa melancolía de desaparecer, mejor la poesía, el rito y la farsa de carnes resucitadas y paraísos lejanos.

Un hombre vivo es una maravilla, una mujer, para mí, todavía más.

Un hombre vivo es una representación del mundo, de la evolución, de la esperanza (una mujer, insisto, todavía más) pero muerto, un hombre muerto es exactamente igual que un perro muerto, que un pato muerto, que un rinoceronte muerto. Carne, sangre, huesos inertes que ya nada significan como tal.

Reconozcamos que la obra, las acciones e incluso la descendencia, conformarán esa entelequia que nombramos su memoria. Pero el cuerpo inerte ya no es nada, polvo, cal y fosfatos.

Cuento todo esto porque regreso del entierro de un pariente lejano. No he sentido dolor ya por él, que no podrá ni recibirlo ni agradecerlo, se siente el dolor por los que quedan, por los que tendrán que acostumbrarse a vivir sin su presencia. Porque a pesar del discurso tenebroso del cura, de la luz cenital del templo que invita ciertamente a la reflexión y al recogimiento, la vida fluye maravillosa en cuanto miramos hacia fuera.

Uno se queda mirando el ataúd donde reside el cuerpo que se irá descomponiendo con naturalidad flagrante, uno observa el absurdo existencial y casi se le ponen a uno los pelos de punta constatando el esfuerzo por vivir cada día y la consecuencia final e irreversible de ese esfuerzo, pero todo eso lo hacemos mirando ya el reloj porque tenemos citas, porque tenemos hambre y queremos ir a desayunar, porque tenemos frío y queremos ir a casa a ponernos un abrigo, porque tenemos vida y cada una de las fragancias de estar vivo nos conforma y si sale el sol se nos alegrará el rictus obligado ante esta circunstancia.

La grandeza del ser humano no tendrá pues, nada que ver ni con la muerte que es una putada biológica y hasta filosófica, ni con sus resacas quiméricas de un imposible más allá. La grandeza del ser humano estará en darse cuenta de la vida, en existir no como una vaca, no como un gorrión, sino como una especie que regenta – casi siempre con el culo, eso sí- el destino de todo un planeta.

La grandeza del ser humano será su fantasía, su evocación de los que ya no están y su poder para traerlos al presente a través de la memoria para llorarlos, festejarlos o venerarlos. Esa es la grandeza del ser humano y hasta su divinidad.

Lo demás; los marcianos y los santos, los bichos con tridente y rabo y los entes con barba blanca encima de una nube, con todos mis respetos, no se lo creen ya ni en Disneylandia,

lunes, 26 de noviembre de 2007

MADUREZ Y HASTÍO


Me levanto y busco, medio sonámbulo todavía, un libro con el que he soñado. Se trata de una colección de cuentos de Dostoievski que llamaron “Pobres Gentes”.

Supongo que hay personas que sueñan con “Los Serrano” pero yo, más chulo que un ocho, sueño con el insigne novelista ruso.

Busco el ejemplar entre – sigamos con la chulería snob- varios miles de volúmenes.

Dostoievski en mi caótica biblioteca, puede encontrarse entre los rusos o entre los dilectos. Por fin doy con el librito (entre los rusos dilectos).

Lo abro y observo cómo el tiempo lo ha maltratado estrepitosamente. Las hojas están amarillas y algunas páginas que hace siglos doblé porque en aquella época no era famosillo en mi comunidad de vecinos y los libreros no me regalaban señaladores, se han plegado para siempre.

En la primera página del libro hay una dedicatoria: Para J.A. con cariño de I. N. Sé que yo soy J.A. pero soy incapaz de recordar a quién corresponden las otras dos iniciales.

Hace de este momento histórico en el que alguien me regaló este libro veinte años. La madurez o quizá el inicio de la decrepitud será esta desmemoria, este constatar que hace veinte años alguien (amigo, amiga, novia…) me tuvo cierto cariño y hoy no tengo forma de ubicar esas misteriosas iniciales.

La madurez será también que hace veinte años que leí por primera vez a Dostoievski y que de casi todo lo sentido por primera vez, hace mucho tiempo.

La madurez, afirmo, es una mierda, con perdón, porque antes de sufrir su envenenado aguijonazo, pensábamos que con unos cuantos miles de pesetas se podía uno ir a la gran ciudad y que una vez allí, ya nos las apañaríamos y se iba uno y se las apañaba.

Hoy sin embargo, enfermos de sensatez, llevamos la cuenta hasta de los imprevistos que pudieran surgir en el viaje, reservamos hoteles, aviones y los más tristes incluso reservan los servicios de alguna señorita de compañía para darle al viaje una pátina aventurera y erótica, que ya no se confía que surja si no es pagando.

Escribir, cantar en un conjunto de rock, ensayar con una chirigota, montar un grupo de teatro pánico…nos salvará de esta porquería nombrada madurez.

Mejor eso que tonto maduro y solemne. Yo voy a probarlo todo, aunque me vuelva mongolo.

jueves, 22 de noviembre de 2007

SITIOS CON ENCANTO


Me invitan, para una revista, a opinar sobre los sitios con encanto de mi ciudad. En la expresión “Sitios con encanto” ya se incluye de manera implícita una afectación que me desagrada. Se dice eso: “con encanto”, como se podría decir delante de un fresco de Goya; “Bonito” y Goya porque era sordo, porque de enterarse mandaría un poco al carajo a todo aquel que dijera “bonito” delante de su obra.

Pero es que además los sitios con encanto, pueden contener, con su encanto y todo, una trampa social lamentable.

A nadie se le escapa que las casas de vecinos, pongamos por caso, eran unos sitios con mucho encanto: desde fuera.

Yo he vivido en una, y no soy de la posguerra. Desde fuera aquellas paredes de zócalo, aquellos enormes portones de madera noble, aquellos patios coronados de jazmines y de rosales, aquellos vecinos que se sentaban en sillas de rejilla, como las que ponen ahora en las peñas flamencas para que también sean éstas, las peñas, sitios con encanto…desde fuera, decía, todo tenía un aroma tan castizo, andaluz y telúrico, que cualquier viajero, fotógrafo o hispanista rumboso, llamaría a esa organización urbanística y social, un “sitio con encanto”.

Pero los rotitos, no entienden de poesía ni de fotografía costumbrista y les importan poco los hispanistas rumbosos, que encima, suelen quitarles las novias con su acento extranjero y sus cabellos rubios, como la cerveza.

Los rotitos estaban deseando abandonar aquellos agujeros medio en ruinas en los que se desarrollaban sus días. Deseaban tener un cuarto de baño con sus azulejos, su plato de ducha y su espejo en el que mirarse, afeitarse y acicalarse.

En los sitios con encanto, había un miserable retrete que compartíamos tres o cuatro familias. Sabíamos quién había estado antes en el retrete por la rotundidad de sus efluvios fecales.

Nos bañábamos una vez a la semana, en un baño verde y nos frotábamos con un jabón que lo mismo servía para sacar los churretes de nuestras púberes pieles, que para quitar las manchas a los pantalones de nuestros padres.

Al fin, para que ese cuadro bucólico se fragmentara, nos trasladaron, no sé si gracias a los cambios sociales o a la caridad de nuestros primeros gobernantes democráticos, a un sitio que, sin poseer encanto alguno, tenía cuarto de baño.

Los primeros meses de vivir allí, en esas colmenas de hormigón, en ese enjambre de ventanas y de tabiques casi de papel, pensé que nos iban a salir escamas de las horas que nos pegábamos en la bañera.



Enseguida se produjo, un fenómeno curioso; parejas mal avenidas, llegaron a reconciliarse gracias a la intimidad de un dormitorio de matrimonio.
Nos habían engendrado en noches sin gemidos y por supuesto sin acrobacias sexuales.

Noches en las que sus débitos conyugales se resolvían en una habitación separada de la del resto de la camada, por una cortina. Ahora habían descubierto como digo, los placeres de la carne y la mayoría de las mujeres que habían huido, como Sara de la ciudad en llamas, de los sitios con encanto, quedaron preñadas.

Incluso muchas mujeres que lo eran apenas, por su posibilidad de menstruar y de traer hijos al mundo, quedaron también en estado, aquellos primeros meses de vecindad.

Ahora, pasados los años, los enganchados a la heroína, más fuertes y perseverantes, siguen deambulando como zombis por los portales de la zona. Muchos han muerto, tendrían ahora mi edad; treinta y siete o treinta y ocho años.

Otros tanto viven sumidos en un misticismo pernicioso propiciado por los credos evangélicos. Los ve uno cantar esos himnos y esas aleluyas y entiende uno que han recuperado algo de salud, pero que han perdido su juventud, su fuerza y su audacia.

La mayoría de las familias que vinieron a vivir aquí, a esta barriada marginal, sin encanto alguno, y perdonen la insistencia, siguen viviendo en el mismo sitio.

Una generación de chavales criados por sus abuelas, porque las hijas los tuvieron y no pudieron ni supieron hacerlo, vagan ahora por la ciudad con sus motocicletas terribles y con sus frustraciones históricas.

Pero paso por allí algunas veces, para ver a la familia, y siento que efectivamente, por fea y cutre que sea la zona, las personas que han hecho su vida allí la han ido poblando de eso: de humanidad.

Los vecinos menos golpeados por la desgracia, por el paro, incluso los que han medrado gracias a su trabajo y esfuerzo diario, han hecho suyo el barrio o mejor, la barriada que es como aquí se denominan estos núcleos de población. Algunos han podido irse, yo mismo, y muchos han vendido sus pisos a otras familias, a unos precios que darían para otra reflexión y con hipotecas que darían para varias vidas.

Así que no sé qué puedo decir yo de sitios con encanto ni de encantamientos. Mi experiencia me pervierte ¡ay! la opinión.

jueves, 8 de noviembre de 2007

BATALLITAS

A mí me metieron durante cuatro meses, cuando tenía sólo diecinueve años, en un psiquiátrico militar. Una especie de prisión leve para los que corrían, una vez llamados a filas, el riesgo de pegarse un tiro, cosa temible de cara a la opinión pública, con un gobierno socialista en el poder, comenzando su segunda legislatura, que no paraba de hacerle la pelota a lo más rancio del franquismo, sumidos en un síndrome de Estocolmo o en esa dialéctica de los poderosos que enseguida se avienen a razones entre ellos, ya sea para aprobar reformas laborales financieramente ultra conservadoras o para entender, como abducidos por el rayo divino, la conveniencia de meterse en la OTAN hasta las trancas.

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Pues sí, fui un problema para mis – a sí mismos llamados- superiores, y no temía al calabozo ni a los más asquerosos trabajos, porque prefería eso, que andar como un cabrón asesino corriendo por los campos, con un fusil que no defendía ni a mi pueblo, ni a mi gente, ni a mis ideas, pegando imaginarios tiros y profiriendo gritos de odio contra enemigos fantasmas.

Un loco tonto les da igual a los poderosos, pero yo parecía un loco inteligente y ellos pensaban que lo único que podría hacer un loco inteligente allí era dar problemas.

No aceptaba las bromas de los compañeros que se habían viciado asquerosamente de la parafernalia y de la- llamémosle así- ética militar.
No cantaba aquellos ridículos himnos, y mira que me ha gustado siempre cantar a mí, ni participaba en el ardor guerrero de los días que iban pasando.
Me negué a arrestar a un árbol - y decían que el loco era yo-.

Al árbol querían arrestarlo porque allí se había suicidado un muchacho de un reemplazo anterior. Algún lumbrera chusquero concluyó, que uno no obedecía la orden, porque tenía en la cabeza la idea de colgarse, como Judas, de ese árbol sanguinario y lo comunicó a los mandos superiores.

Registraron mi taquilla, y en lugar de fotos con hembras rubias patiabiertas, encontraron libros de Rimbaud y de Federico García Lorca, que a los milicos les sonaba bastante este poeta.
Para colmo encontraron también algunos de los poemas más tristes que un hombre puede escribir en su vida, eran las poesías de un chaval de diecinueve años, yo mismo, asqueado de aquella farsa y completamente enamorado de su novia de entonces.
Un amor de esos de película americana. Eran, además, tiempos en los que bullía la objeción de conciencia, que luego derivó en la Insumisión.

La conclusión para los genios con galones que manejaban el cotarro era clara: Este gilipollas está como una puta cabra y al final se nos cuelga de un árbol o se corta las venas y monta el pollo en todo el cuartel. De manera que decidieron internarme como castigo, en el manicomio que habían dispuesto para los esquizofrénicos, los paranoicos, los depresivos y, curiosamente, los homosexuales, a los que directamente y sin paliativos, consideraban aquellos machotes “Locos de atar” como en Cuba.

Durante algún tiempo estuve engañándome a mí mismo pensando que todo aquello fue una casualidad, un cúmulo de las acostumbradas y endémicas ineficacias de la administración castrense, que cayeron sobre mí.
Ahora, pasados ya veinte años, (oh señor; ¡veinte años!) , de aquel desastre, concluyo que quienes tenían que haber acabado, todos y cada uno de ellos, ingresados en un psiquiátrico militar o civil, eran los componentes de aquella caterva vestida de guerreros funcionariales, que arropados en un patriotismo nihilista que, como negaba la mayor; es decir que el sistema democrático fuese su sistema, robaban, expoliaban y malversaban en las arcas de su otrora adorada patria.

De todos, era yo el único que tenía dos dedos de frente, el único sensato en el circo que se habían montado los milicos para tener poder, y los políticos para mesurar, domar y uniformar el pensamiento de los más jóvenes. Esta batallita, que no cuento en profundidad porque daría para un reportaje, viene al caso porque he observado, que al contrario de lo que les pasa cuando se encuentran con otros compañeros de la milicia, los que anduvieron aquellas fechas conmigo, tratan de evitarme porque saben que yo censuraba cada una de sus bestialidades y cada una de sus sumisiones.

Que no tengo amigos de la mili, vamos, porque a mí no me da vergüenza de lo que hice y a ellos, a lo mejor, sí.

lunes, 29 de octubre de 2007

EXCREMENTOS

Hay muchas formas de ser un mierda en esta vida, hay un catálogo extensísimo de miserables formas de comportamiento. Una de las más asquerosas formas de serlo, es ser un mierda fascista, racista, cobarde y bajuno. Y no redundo en nada, simplemente enumero algunos de los atributos con los que se puede ir nombrando al mierda más grande de la semana. Hablo, por si alguien se despista, de ese ejemplar apenas evolucionado de primate, que acosó, insultó, agredió y finalmente pateó, a una menor ecuatoriana en el metro de Barcelona.

El mierda del metro de Barcelona dice que se le había ido, al chiquillo, la olla. No determina en su repugnante declaración cuándo se le fue. Pero intuimos que comenzó hace ya algún tiempo a tenor de su edad.

Probablemente esa sangrienta borrachera en la que está inmerso, le viene de haber asimilado, como un cerdo en su pocilga asimila la bazofia con que es alimentado, algunos, unos pocos, de esos mensajes que como flechas sin destino van recorriendo los medios de comunicación, las abruptas declaraciones de jueces y fiscales, con su oposición terminada, pero con su formación ética claramente lastrada por prejuicios endémicos, no sé si de la profesión o de la posición, de la clase social.

Esas flechas, esos proyectiles ideológicos que se van lanzando, en los que se hace hincapié en considerar a los inmigrantes, los mismos que el señor juez tiene contratados en su casa como empleadas de hogar, los mismos que sirven a los fiscales su merecido aperitivo al mediodía, cuando hacen esos recesos angustiosos para los reos, de esos mismos inmigrantes se va diciendo por ahí, alegremente, que componen un altísimo porcentaje de la población reclusa de nuestro país. Como si no fuera normal que la población reclusa de todos los países del mundo y en todas las épocas de la historia, esté compuesta por los más pobres y más desamparados de la sociedad.

El mierda de la semana ha estado escuchando toda esta porquería desde hace años, eso no lo hace inocente, porque todos escuchamos esta porquería y la mayoría no nos animamos a formar parte de la gran diarrea xenófoba, en la que él, el mierda, ha querido militar.

Pero como decíamos, y perdonen el tono escatológico que me está saliendo, el mierda de la semana tiene otro componente además del puramente racista. Se trata de ese nihilismo barriobajero y peligroso con el que se mueven muchos jóvenes de su edad, que se han empapado hasta la médula de su blanco libro de los derechos, pero carecen del coraje suficiente para asimilar también sus deberes.

En el fondo, el mierda y todos sus asquerosos coetáneos, son una banda de cobardes que atacan al más débil, que acuchillan al más justo, o que emboscan al más estudioso o trabajador para someterlo a la burla, a la agresión o al escarnio.

Son una piara hedionda, a los que principios como la honestidad, la justicia, la nobleza o la dignidad de las personas, apenas les entran en sus cabezas rapadas ( y no me refiero aquí al peinado, sino al rapado de ideas de sus cabezas) .

El mierda ha visto cómo los más mierdas de su comunidad han ido medrando, contratando por ejemplo a negros en el Maresme con sueldos de esclavo europeizado.

O cómo ganan respeto y dinero, y además se pasean por alfombras rojas de ayuntamientos almerienses de derechas, quienes tienen de manera ilegal y sin contrato, a los ecuatorianos y a los marroquíes, en los invernaderos de Almería, a los que de vez en cuando, una jauría de boñigas andantes como él, les visitan en sus chabolas y les prenden fuego, para que sepan quién manda aquí y cómo.

Escuchar las declaraciones del mierda, imaginar a este patán con una escopeta, o un fusil, campeando a sus anchas por una ciudad tomada, nos evoca imágenes escalofriantes de lo que está sucediendo, ahora mismo, en montones de sitios del mundo, en los que un mierda como éste, bajo las órdenes de otros estiércoles más depurados en su odio, van repartiendo su excremental legado de fanatismo y odio.

Contrasta con las declaraciones de la chica, mesuradas a pesar de lo terrorífico de la agresión, educadas, con un lenguaje mucho más extenso del que el mierda ha tenido en su vida, ¿vale neng?.

¿Y sobre esa persona se considera el mierda superior?.

Desde luego es que estos fachas ya dan bastante más que asco.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Manipulación y caverna

Sentarse en una terraza, pedir nuestra copa al camarero. Observar cómo la mañana se va llenando de angustias y de prisas, cómo van los ciudadanos acudiendo a sus obligaciones.
El gesto compungido del joven que acude disfrazado de pintor, de albañil, de empleado de banca, a rendir su tributo a los días. Ese; que parece que todavía sueña con otros amaneceres, con otras latitudes en las que desarrollar el tiempo de su vida. El quiosquero ordena la prensa en sus estantes, las personas van cogiendo su cacho de opinión impresa, su pedacito de información, seguramente sesgada, seguramente condicionada por tantos intereses empresariales, económicos y hasta geopolíticos que la improbable objetividad, da para la primera sonrisa de la jornada.
En estos días, en estos tiempos, la caverna y toda la patulea que en ella habita, saca pecho, revisa impunemente la historia reciente, hace una burla cuartelera a la esperanza y basa todo su discurso en sancionar moralmente a todo aquel que piense o que pensara en su día, que se debía pelear por un mundo mejor.
Ellos, que tuvieron esa moral de mesa camilla, de misa de doce y perversas limpiezas ideológicas durante cuarenta años. Ellos que tienen una vergüenza nunca confesada por cómo gestionaron sus mayores la victoria de una guerra civil, que claro que fue infame y criminal por ambas partes, pero cuya venganza para nada cristiana, la sufrieron los perdedores como ya se ha dicho, durante más de cuatro décadas.
En su porquería intelectual, van por ahí vendiéndonos la similitud entre individuos excepcionales como el Che Guevara, con cualquiera de sus caudillos militares.
Pero no se trata de glosar al mito, ya lo hacen sus apologistas y hasta sus detractores, se trata de que con ese razonamiento anacrónico que atiende exclusivamente a valores inmediatos e ignoran la dramática realidad en la que tuvieron que desarrollar sus vidas los pobres, los rotitos y sus defensores en aquellos años en los que mandaba más en Santiago de Chile la Fruits Company, que cualquiera de los senadores, que cualquiera de los milicos con toda su arrogancia y su vileza asesina, se trata, decíamos, de equiparar la honrada lucha de los trabajadores de este país, por ejemplo, por defenderse de la voracidad del empresariado protegido por las leyes fundamentales del movimiento, con los nazis alemanes, los fascistas italianos o los nacional católicos españoles.
Ciertamente esos trabajadores se llamaron a sí mismos comunistas; ¿Cómo iban a llamarse? ¿Democristianos? Para ser democristiano había que tener buenos trajes y probablemente un coto privado de caza al que invitar a alguno de los jerifaltes y matarifes de la época.
No, quienes lucharon por la libertad en nuestro país, tenían que llamarse comunistas, socialistas, sencillamente porque todos esos demoloqueseteocurra, no tenían la más mínima intención de hacerlo, no la tenían porque como en un acto de sinceridad que le honra, a pesar de lo repugnante que sea la realidad que constata, ellos vivían el franquismo con una serena placidez, en palabras de Jaime Mayor Oreja, destacado dirigente del Partido Popular, al que se le ve el plumero ya tanto, que da hasta un poco de fatiga ese plumero infecto.
Poco nos importa ya, a estas alturas, que al cristito guerrillero que mataron en Bolivia lo cubran de mierda, que perviertan su recuerdo. Su gesto y su gesta han transcendido y de Manila a Manhattan, todo aquel muchacho que sienta en su pecho, como el joven del que hablábamos al principio acudiendo a su trabajo, esa hermosa generosidad que anhela mejorar el mundo, se colocará metafóricamente, la mítica boina del Che en su cabeza llena de pájaros.
Así lo hicieron, antes y después del Che, aquellos otros héroes perseguidos, torturados en las comisarías, depurados en sus trabajos, aquellos que se llamaron comunistas y socialistas, y que en la vorágine de un tiempo convulso se podían disfrazar hasta de maoístas o de troskistas utópicos, cualquiera sabe.
Lo que sí sabemos es que ninguno de sus hijos o nietos sienten vergüenza de ellos, ni de su legado, ni de la herencia cívica, moral y democrática que les dejaron. Ellos, los cavernícolas sí tienen sus pudores sobre dónde estaba papá en los cincuenta, en los sesenta o en los felices setenta. De ahí la desmemoria histórica que quieren, como un virus, inocularnos a todos.
Decía una pintada en Santiago de Chile, antes de Allende: “Con Frei, los niños pobres tendrán zapatos”. Y abajo pusieron: “Con Allende no habrá niños pobres”. Esa sigue siendo la lucha, el objetivo

* Nota: Este texto, con algunas variaciones, salió publicado también en Sanlúcar Información, lo digo no vaya a salir algún listo hablando de autocopia o intertextualidad, que diría la Ana Rosa esa.

lunes, 22 de octubre de 2007

ARTISTEO




Hace algún tiempo quedé con un amigo para almorzar. Como el amigo es un hombre conocido, un artista vamos, me dispuse a reservar mesa en un sitio caro o caro para mí que los precios como el tiempo ya se sabe que son muy relativos.

Conté mis aproximadamente setenta euros, que resulto el montante total que quedaba de la partida familiar para dispendios y excesos mensuales y me dije: bueno que se hinche de langostinos mi amigo artista famoso, yo fingiré que como soy de la zona estoy hasta los huevos de esos bichos feos y con bigotes.

Los pobres cuando vamos a los restaurantes marineros siempre tenemos la opción del socorrido “arroz en paella” o la otrora celebrada “brocheta de rape”, plato que ya, como digo, sólo disfrutan los pobres y los horteras. Lo que no es óbice para que hagamos nuestros cálculos mentales y sepamos cuánto cuestan las cosas, se quiere decir que uno es de los que, en la carta, lee más la parte de la izquierda que la de la derecha. Tiene uno una fidelidad a sus principios progresistas que resulta casi enfermiza.

El caso es que telefoneé al restaurante y pedí con resolución que me reservaran una mesa para ese día, a una hora prudente. El caballero que se hizo cargo de mi recado me informó muy amablemente que lo sentía mucho pero que no quedaban mesas. Lo siento, señor, repitió y yo di las gracias y dije nada hombre, no se aflija, otra vez será. Mi amigo artista puso cara de contrariedad cuando le comuniqué el inconveniente porque además él quería ir a ese y no a otro restaurante.

Ahí empecé mi estrategia desmitificadora del langostino: ¡Anda hombre! ¡Si los bichos esos feos con bigotes los ponen en todos los restaurantes igual!. Si han tenido ustedes alguna vez un amigo artista, sabrán como yo, que la mayoría de ellos suelen ser caprichosillos. Tiene que ser cosa de la tensión creativa, como todo lo dan ahí, necesitan cariño y atenciones del mundo entero. No digo yo que los artistas y los artistazos sean malas personas; ahí está Bono, el líder de U2, que no para de hacer cosas muy venerables por la humanidad. Pero me pongo en el pellejo del currela que tiene que buscar un viernes por la noche antes del concierto por toda la ciudad las setenta y tres toallas con rayas verticales que al Santo Tereso de Calcuta se le ha antojado tener en su camerino.

A este hombre, al currela, el Bono ya no le convence nada porque cada vez que le vea hablando con un jefazo de estado o de gobierno, se va a acordar de la noche tan mala que pasó por culpa de las toallas y por culpa de su reverendo arte. Mi amigo artista, sin llegar ni a la infinita bondad de Bono ni a la magnitud de las manías de éste, tiene también sus neuras y como iba diciendo, no se le metía en la cabeza que una nimiedad como la falta de espacio torciera sus planes.

Me pidió el número del restaurante y le dije: “Anda ya fulano, no te rayes colega, que ya he llamado yo” pero él insistió: “Joder, Gallardo, no seas plasta y déjame un momento el teléfono”. Mi amigo artista cuando nos vemos y tiene que hacer una llamada, siempre lo hace desde mi móvil y eso que él está forrado y lleva a veces hasta tres móviles encima que suenan bastantes veces y bastante bien. Pero sus móviles siempre están casi sin batería y como siempre está esperando una llamada “esencial” de algún ministro o de algún jerifalte de la Sociedad General de Autores Españoles no quiere quedarse incomunicado, el hombre.

“Hola buenos días”, dijo mi amigo desde mi móvil, “¿Está por ahí mengano? Dígale que soy fulano y que querría una mesa para dos para las 14.19 (esa precisión y esa prestancia han hecho de mi amigo artista la figura que hoy es). Espero unos segundos, dio un escueto “gracias, muy amable” (igualito que cuando actúa), me miró sin darme importancia ninguna y me dijo: “Ea, ya está todo arreglado”.

Yo toda mi vida he querido ser artista, no de esto de escribir en periódicos ni de inventarme poesías, sino artista de la canción, la danza o la halterofilia que son los verdaderos artistas, porque un día es una mesa en un restaurante y otro una extravagancia en una discoteca, el caso es que todo dios te trata como un príncipe sólo por hacer tu trabajo ( tu arte, vale) y está más bonito ser el príncipe que el sapo en el cuento largo de la vida.

miércoles, 17 de octubre de 2007

DON QUIJOTE

Esta mañana he recordado perfectamente lo que acababa de soñar.

Claro, sería uno de esos estadios del letargo que se llaman Rem, que son siglas guiris para definir un “Rapid Eye Movement” ( movimiento rápido del ojo) y que le hacen a uno pensar que todo ser humano, en su intimidad, incluso en su intimidad más inconsciente, podría protagonizar una película de terror.

Lo que acababa de soñar era que Raúl Alfonsín, antiguo mandatario de la República Argentina, me mandaba un telegrama donde se podía leer: “Las Malvinas. Stop. Provocan emociones. Stop”.

Esta tontería formidable, que si le pasa a mi ordenador le inoculo de inmediato un antivirus, le ha pasado a esa metáfora de la informática que es mi cerebro.

Es verdad que son muchas las mañanas que despierto con una frase así de estúpida. Deformación intelectual a la que me abocan las lecturas compulsivas de esos alemanes tan sabios que pululan por la filosofía contemporánea o de esos alquimistas de la palabra que lejos de todo folclore hablan exclusivamente de las ignotas potencias del alma.

Así no hay forma de levantarse por la mañana como una persona normal. Se mira uno al espejo y le viene otra ráfaga:

“Buceé en tu líquido amniótico”.

Será esta profusión de frases, de casi epitafios, fruto de las lecturas nocturnas. Lecturas que luego, como una cena opulenta, se indigestan en nuestro cerebro y se ponen a bailar un rigodón desesperado y en lugar de vomitar, como cuando uno cena demasiado, lo que se hace es proferir al vacío gilipolleces.

Si el delicado equilibrio que nombra la cordura se fuese pervirtiendo bajo la influencia de los libros, si no tuviésemos trabajo, mujer, hijos, hipotecas que pagar y dedicáramos el día al análisis de esta actividad mental irracional y refleja;

¿Quién nos garantiza que un buen día no cogeríamos nuestro ciclomotor o automóvil y saldríamos alegórica lanza en mano, a enfrentarnos con los molinos, que serían gigantes o a buscar a esa Dulcinea que todo caballero guarda en el más lírico rincón de su corazón?

jueves, 11 de octubre de 2007

POESÍA Y BANDERAS

Sorprende que el lenguaje poético haya irrumpido de esta manera en la política. Como en lo básico andan bastante de acuerdo el presidente y el aspirante a serlo, es decir; que no cuestionan el modelo económico del hemisferio, ni la nomenclatura política del país, ni siquiera el sistema electoral que da tanta fuerza a las minorías, porque a los ciudadanos, que parecemos tontos, prosaicos y amnésicos, no se nos olvida que los partidos a los que ambos representan se han ido aprovechando de esas minorías en cuanto les ha hecho falta para gobernar el cortijo. Decíamos que como gran parte de la bronca entre gobierno y oposición, se sustenta en chismes, panfletos y exageraciones o simplificaciones de los problemas, según toque, se están aferrando, gobierno y oposición, a la simbología, a lo onírico y a lo definitivamente surrealista, como poetas de vanguardia.

El bagaje cultural de los políticos ha estado desde los primeros tiempos de nuestra democracia, en los despachos de los grandes mercados del ladrillo, de la energía, de las usuras financieras de cada época, o de las oportunidades que desde la masacre de Tian-anmen , se abrieron en el mercado chino y asiático.
No hay uno de nuestros gobernantes desde Felipe González a la fecha, que no haya pasado o mandado mensajeros a la China, a rendir pleitesía a los responsables de los asesinatos de aquella revuelta. Pero eso era antes, ahora que comienza ese gran teatro del mundo que nombran “carrera electoral”, afilan sus discursos metafísicos

No frecuentan en sus delirios líricos la poesía social, ni siquiera la poesía de la experiencia, por lo que estas puedan tener de tangibles, de inmediatas. No quieren una poesía de la calle, ni una poética cargada de futuro, videocomo Celaya. Manosean, por el contrario, un misticismo de muertos desenterrados, de culpas jamás pagadas, de vergüenzas históricas de derechas, de crímenes ocultos de la izquierda. Y la guinda del pastel en el que se afanan, el paroxismo de esta delectación en lo simbólico, viene propiciado por el lenguaje críptico y tribal de las banderas, los himnos y las solemnidades de la palabra escrita.

Decía La Polla Records hace ya más de veinte años aquello de que “Las banderas son trapos de colores y las medallas son chapas de hojalata” y resulta que a uno, por mucho empeño que ponga, por más que intente entender las razones del otro, le sigue pareciendo esta sentencia cafre y punki, valga la redundancia, de la Polla Records, una verdad como un templo.

Sabe uno que es, como venimos diciendo, bastante poético eso de abrazarse con tanto afán a un símbolo, que a través de los colores que representa el cacho de trapo izado en el mástil, hay algunos a los que se les pone como un mástil de pasión varonil y patriotera.

Que hay banderas para todos los gustos y de todos los colores, la Ikurriña esa, que tanta sangre viene derramando y tanta porquería totalitaria y matona.

La tricolor aquella, tan romántica y antigua que produce en los que se la colocan en la solapa, una hinchazón republicana sin atisbo de crítica, como si hubieran sido aquellos años los mejores de la historia.

La verdiblanca, andaluza y olé, a medio camino entre la angustia de un pueblo humillado desde siempre y de un pueblo que peca, como dijera Borges de García Lorca, de ejercer de andaluces profesionales, con todo lo que ello significa.

Y por supuesto la Rojigualda, que es la que, por cojones, según los nacionalistas centrífugos, tiene que unirnos a todos, por mucho que nos separe, según los nacionalistas periféricos. Una bandera que muchos besamos con una salivilla mínima, como de asco, porque representaba a un país que queríamos, también poéticamente, cambiar. Porque además, aunque cuando uno tuvo que besarla, ya se le había caído el pollo imperial y fascista, tuvo que hacerlo por narices.
Porque era la que se ponían en los relojes los niñatos aquellos que te paraban en un callejón y te exigían gritar “arriba España” y otras sentencias poéticas por el estilo.

Volvemos, como siempre a la poesía, a esa barbarie poética de símbolos por los que se muere y se mata. Del fútbol a la milicia, del parlamento a la taberna. Lo que pasa es que bandera es igual a Nación, a patria, y yo me he afiliado este mes a la más poética de las ONG que se me ha ocurrido: “Nacionalistas sin Fronteras”.

miércoles, 10 de octubre de 2007

TEOLOGÍAS


Doy un trago a mi copa y digo:

“La vida es una mierda, vale. O a lo mejor es una tómbola como cantaban los horteritas hace décadas.

Algunos entre la rifa de la existencia y lo otro, la porquería del vivir, vamos acumulando además de años; amigos, afectos, amores y desamores. La miramos, a la vida, y nos decimos que – como la televisión espantosa de Andalucía- es la nuestra.

Cambiar nuestra trayectoria por cualquier otra, por afortunada que ésta fuera, sería como morir un poco.”

Miro alrededor del garito, esperando que el dueño del mismo no me haya oído, pues perdería mi crédito enseguida, y continúo:

“Por eso casi todo el mundo afirma ufanamente que repetiría su propia vida, quitando eso sí, algunos achaques, algunas cagadas y supliendo la espontaneidad del presente por la corrección de la experiencia. Con todo, lo peor de la vida es precisamente carecer de ella, o teniéndola, abismarla por los territorios del cansancio y la náusea.

Otros, desistieron de la aventura de existir y pacen su tiempo entre la abulia, el desencanto o la acumulación de objetos caros que den sentido al desastre.

Así y todo, insisto: es la vida lo único que tenemos y si somos de los afortunados cuya esperanza de vida, no se termina sobre los cuarenta y pocos años, como dolorosa y naturalmente ocurre en la mayor parte del mundo, vamos a tener tiempo para la fe, para el agnosticismo, para casarnos y divorciarnos, para ser abuelos y hasta bisabuelos, para ver crecer la esperanza y evaporarse la alegría.

Cierto que siendo tan longevos la mayor parte de lo que nos ocurre es pura decadencia. Se desbarata estrepitosamente nuestro cuerpo, la pasión sexual la sustituimos por un chaka chaka ceremonial y rutinario los sábados por la noche, en esa lasitud amorosa con la que los matrimonios viven el disparate de la fidelidad y del hastío, acudiendo los más optimistas a la fantasía lasciva o al cine equis los más prosaicos. “

A esta altura de mi discursillo, el amigo me interroga:

¿Y de verdad tú puedes pensar seriamente en la muerte y sentirla sólo como una disolución de la materia? ¿Puedes imaginar esa nada eterna y terrible sin perder la razón? .

Le pego otro trago al vaso de vino y miro fijamente a mi colega. Ahora interrogo yo:

¿Y de verdad tú, puedes pensar seriamente en el más allá ese, tras ver un cuerpo muerto, su conversión en materia inanimada?

¿Cada uno de los cachos de ser humano repartido por las esquinas de una ciudad bombardeada, casi siempre en nombre de dios, será, según tú, en un futuro inasible, carne resurrecta?
¿O acaso es que no aceptas para ti ese destino de cal y fosfatos, esa melancolía espantosa de saberte finito, de saberte en el abismo del tiempo, poco más que una circunstancia zoológica?.

El amigo, es un hombre tolerante y con buen humor que no defiende sus convicciones desde la agresión sino desde la seducción poética. Él sabe manejar bien las palabras, pero yo tampoco soy manco.

Enseguida me confiesa que está avergonzado de la jerarquía de su religión católica, como tanta gente de izquierdas está profundamente avergonzada de su jerarquía política. Tiene mucho interés en separar su fe de la institución, porque por ahí ya le han dado muchas veces…la balbuceante trayectoria moral de aquella que alguna vez llamaron “Iglesia de los pobres” y que en consonancia con la tradición grecolatina, pronto fue iglesia de los príncipes.

Aún así me lleva, como para drogarme de misticismo, a que visitemos una iglesia, a que respire, dice, esa paz que desprenden las figuras y los altares. Pero, aparte del silencio bendito que se disfruta y de una temperatura muy agradable, cosas todas terrenales, no me inspiran paz los santos que desde la pared me miran desde su limbo de escayola o de madera.

Porque todas las caras hablan de sufrimiento y pena, de una existencia en la que la esperanza única se basa en el fin. No nos convenceremos, aunque ya sé que de hacerlo yo ganaría la eternidad y él simplemente el desasosiego.

martes, 25 de septiembre de 2007

TENGO PODERES



Tengo poderes o “Poredes” como decía una tía mía que era medio bruja y a la que el Gran Mago Místico del planeta Raticulín, le otorgaría los dones curativos y toda la pesca, pero léxica y culturalmente la dejó, a mi santa tía, en pañales.

No puedo mantener en secreto por más tiempo esta gracia, que supongo será divina.
Tengo poderes, yo lo sospechaba desde hace algún tiempo, pero con los años corroboro esta afirmación que echa por tierra toda mi trayectoria agnóstica.

Porque si yo tengo poderes, cualquiera de los chalados que van por ahí diciendo que han visto a la Virgen, asomándose por un cerro como Heidi, o a Bruce Lee volando una cometa en las playas de Conil, o a Jim Morrison en el andén de los Amarillos como Penélope, la de la copla de Serrat, melancólico y sexagenario, esperando un autobús para echarse un fin de semana medio hippie en una casita rural de la sierra, puede que digan la verdad.

Debo empezar a explicarme, veamos: mis poderes son, básicamente, premonitorios, adivino el futuro inmediato y en determinadas circunstancias, puedo adivinar cosillas a medio plazo. Llevado todavía por un prurito de racionalismo, mi conversión visionaria es reciente, trato de someter a un proceso de demostración empírico mis profecías.

Ejemplo: Espero en la cola de un banco y los turnos transcurren con moderada diligencia. Observo el careto del individuo que tengo justo delante de mí, qué cara dios mío, me digo y me pongo el dedo índice en la sien derecha. Enseguida mi bombilla de superpoderes se enciende: “Éste se pega una hora preguntando tonterías a la cajera”.

Acierto de lleno. El melón debe tener cientos de cuentas en ese banco y quiere hoy, precisamente ahora que la cola llega hasta la puerta, cotejar con la compungida cajera cada uno de los movimientos. Como está de espaldas a la cola, no ve cómo la cola lo mira cada vez con más rencor y cómo alguno le desea un infarto leve. Que no se muera ni nada, pero que comprenda que no se puede ser tan gilipollas.

Cuando descubres que tienes poderes no paran éstos de manifestarse:

Olvidas el paraguas porque no es costumbre de la zona utilizarlo, pero piensas: ¿Me cogerá la lluvia justo por ese camino en el que no hay ni un triste alerón en el que refugiarse?. Huelga decir que la lluvia te pone hasta las trancas.
O ves llegar a una señora con su niño de pañales al garito en el que te solazas de las miserias del día y profetizas:
Hay cinco mesas libres, alejadas del humo infecto de mi cigarrillo, pues se sentará justo a mi ladito. ¡Bingo! A tu lado y con el bebé mirándote desde su limbo de lucecitas y seno maternal. No fume usted, parece decirte la criatura, que tengo los pulmones inmaculados, y su madre te mira con desprecio infinito incluso cuando ya has apagado el cigarrillo.
Paseo por una calle y veo una bodega, un antiguo cine o un edificio histórico protegido. Ya saben; mi dedo en la sien, me concentro y pienso: Dentro de dos meses habrá un cartelón donde rece: “Próxima construcción de ocho viviendas y cuatro áticos. Facilidades de pago hasta un par de generaciones.” ¡Y acierto de lleno! porque tengo poderes.

Con los padres de la patria, del consistorio o del barrio, los politicastros digo, pasa lo mismo. Me sé lo que van a decir antes de que abran la boca. Adivino el tamaño de la mentira y la envergadura de sus sandeces. Adivino las fechas de las inauguraciones que van a ser ya mismo, dentro de nada. Adivino los barrios que van a visitar y los que no. Pero esto a lo mejor no es por los poderes, porque hablo con mucha gente a la que les pasa lo mismo y todos no vamos a estar tocados por la gracia.

O sí, a lo mejor somos todos extraterrestres preocupados por la porquería urbanística, por la corrupción y por la farsa democrática de los que no están bajo el mando del pueblo que les vota, sino de la constructora que los mantiene bien ricos.

Que por cierto, las constructoras, ahora que lo pienso, esas sí que tienen poderes. Fácticos.

jueves, 20 de septiembre de 2007

SIN ATRIBUTOS

En “El hombre sin atributos” de Musil, ya nos vamos encontrando con algunas de las constantes en las que se fueron asentando la modernidad, las vanguardias y las crisis de identidad más o menos cíclicas que van sufriendo las sociedades avanzadas técnica y científicamente. Eso que, para entendernos, llamaremos occidente.

Ulrich, el protagonista de la novela, tiene la audacia y también la desfachatez de preguntarse a sí mismo qué o quién es, para qué esa vida que lleva y, sobre todo, una vez formuladas estas preguntas: ¿Qué hacer con ella, con la propia vida?.

Esas preguntas se las ha ido haciendo el hombre (y la mujer, claro) desde que bajó del árbol, aprendió a utilizar y a preservar el fuego y fundó la cueva, origen del sedentarismo, que era más que nada poseer un sitio donde follar tranquilos, guarecerse del frío y de la lluvia y pintar garabatos simbólicos en las paredes.

Al principio, nuestro abuelo medio mono, se formulaba una pregunta de esas; retóricas, de las que nunca tendrán respuesta, viendo el atardecer sentado en un risco, sintiendo el fulgor del crepúsculo como si fuera éste el fin del mundo cada día, con toda su belleza brutal y con todo su misterio.

Es posible que en los primeros tiempos nuestro abuelo medio mono, concluyera que cada vez que llegaba la noche la vida ya se iba a acabar, y por eso era nómada y apenas amaba nada y todo era provisional y prescindible. Y por eso cada mañana nuestro abuelo medio mono, se levantaba tan perplejo, y chillaba, acaso celebrando la resurrección cotidiana, matinal. Pero nuestro abuelo, que no era completamente gilipollas, por eso dicen que nos parecemos tanto a él, fue dándose cuenta de que el mundo no terminaba cada jornada, de que- contra lo que pudiera afirmar un Sid Vicius orangután que por allí pululase- sí había futuro.

Y ahí la jodimos, ahí llegaron las preguntas sin respuesta. A partir de ahí todo se convierte en perdurable menos uno, menos el individuo.

Nuestra casa – o nuestra cueva- seguirá existiendo cuando nosotros nos vayamos, seguirán existiendo nuestros hijos, nuestras viudas serán más o menos alegres, seguirá poniéndose el sol y seguirán los mares y los bichos ululando, gruñendo o mugiendo por las verdes colinas. Todo lo enfoca ya nuestro abuelo mono en atención a esa eternidad irrisoria, necesita escribir y un lenguaje para que trascienda el presente, para dejar constancia de nuestra existencia, porque en el mismo momento en el que nuestro abuelo asumió la solidez del mundo, entendió también la fragilidad de la vida, su insufrible caducidad.

A estas alturas, el abuelito, tuvo que buscarse elementos ajenos al palo, a la roca y a la carne, para vivir su vida, al principio era levemente panteísta pero eso tampoco es que lo tranquilizase mucho y echó mano de extraterrestres, santos y brujos.

De esa tradición pasamos al racionalismo y a sus contradicciones. Para que al final, llegue uno que ha descifrado más o menos su código genético y nos señala una serie de certidumbres desoladoras por lo que tienen de exactas, y sabemos que por mucho que hagamos seremos calvos, o moriremos de un ataque al corazón o de un cáncer.
Eso manda mucho al carajo toda la fanfarrona proclama aquella de nuestro viejo dios hebreo, poético e iracundo, de que estábamos hechos a su imagen y semejanza y de que teníamos libre albedrío.

Robert Musil, Camus, Nietzsche y algún otro aguafiestas, se dieron cuenta de la estafa e impunemente lo escribieron. Nos quedamos así, como el personaje de la novela de Musil, sin atributos, o más correctamente; sin cualidades. Eso es el hombre moderno; un dramático esfuerzo por sobrevivir sin esperanza y sin fe. Territorio abonado para los fanatismos idelológicos o para los nihilismos catetos y cafres.

Ahora; que basta mirar al lado chungo del mundo; ese que tiene esperanza y fe, además de huríes, para comprobar que tampoco les va demasiado bien en el baile. Así que, vaya fiesta.

martes, 11 de septiembre de 2007

ROPA DE CALLE


La gente es que sale a la calle de cualquier manera.

Nos pasa a todos, a mí el primero.

Todas las mañanas tengo la sensación de que olvido algo, y mientras zozobro en esa la levedad matutina, mientras me muevo como Lázaro entre las brumas de lo onírico y la dura prosa cotidiana, voy haciendo recuento.

Echo mano al bolsillo para ver si llevo la cartera, hago acopio de mi utillaje de adicto a la nicotina, me aseguro de llevar algunos euros, pocos no crean, que la carestía agudiza el ingenio y yo gusto de andar todo el puto día haciendo castillos en el aire, como el de la copla.

Cojo un paquete de pañuelos, que con el vértigo de este clima se me pone una especie de estalactita en la nariz que me afea mucho.

Repaso mentalmente – pues claro que mentalmente, no vas a ir recitándolo!- las cuitas con que habré de enfrentarme durante la jornada y me dispongo a salir al mundo.

Pero cuando llevo unas horas por el mundo, apurando café o laborando, me miro en un espejo y caigo por fin en que algo se me ha olvidado: Esta mañana se me ha olvidado la alegría.

Por eso no me cuadran las cuentas, por eso he sido tan impertinente con algún compañero de curro. Por eso me pesa tanto cualquier nimiedad, por eso me exaspera que el coche que va delante se demore unos segundos en el semáforo.

Vuelvo corriendo a casa. La mujer me saluda, todavía medio dormida, con un beso rutinario que ahora, se me antoja mágico. La hija murmura alguna queja mientras apura su zumo de naranja, pero aún así me besa y me sonríe. En la mesa descansa de la lectura de la víspera, la poesía completa de Nicanor Parra.

Salgo de nuevo a la calle pero ya llevo la alegría puesta. Ahora por mucho que se empeñen la ciudad y sus perros, el día me pertenece. Gracias, y usted perdone.

jueves, 6 de septiembre de 2007

CRÓNICA SOCIAL



No hay dinero; nunca lo hubo. Tampoco hubieron nunca lujos, ni se celebró jamás un
cumpleaños, no se iba uno de compras, ni se viajó a ninguna ciudad.

No existieron veraneos de esos, ni otras vacaciones que los largos meses sin jornal porque el campo estaba “muy malamente” o la mar jodida por convenios internacionales, por cierre de caladeros o por la rapiña de los armadores.

El padre, durante los meses duros, pasaba el día en la taberna, entre vasos fiados y vasos invitados por esa genuina solidaridad entre los pobres, o a lo mejor más que solidaridad, era la certeza aquella del hoy por ti y mañana por mí, porque los pobres sabían que iban a serlo siempre.

La madre bregaba con los churumbeles, se afanaba por tener los escasos metros que le correspondían en aquel patio de vecinos o en aquel pisito de protección oficial, como los chorros del oro, los churumbeles, los vástagos, la descendencia, estaba siempre llena de barro, de fango, los pies llenos de arena de jugar descalzos durante horas y horas al balón, en la playa. Las mujeres eran los verdaderos héroes de la época, luchadoras que no desfallecían frente a la mierda de vida que iban a llevar durante el resto de sus vidas, a no ser que ocurriese un milagro, que nunca ocurría, los milagros sólo los vivían las pastorcillas en el campo, que tampoco se sabe para qué querían ver vírgenes ni nada, si eso las condenaba a una vida de melancolía y beatería.

Los hombres, había de todo, eran más débiles porque andaban más expuestos a los desastres sociales, la mayoría sucumbía ante el fracaso, ante las putadas que rayaban en el sadismo de clase de los patronos, ante la mierda de vida - ellos también - que iban a ofrecerles tanto a su mujer, como a su prole.

Muchos de ellos, insisto en que había de todo, se convertían en una desgracia más que añadir al colmado saco de infortunios de la unidad familiar. Borracheras amargas que terminaban en palizas, sexo brutal con las esposas porque ellos querían, porque ellos mandaban, porque ellos patatín patatán.

A la figura del padre en algunos de aquellos hogares deprimidos ( y tan deprimidos; quién puede ser feliz así) no se le tenía ni respeto, por más que las esforzadas madres hicieran su apología machista: “No hables así de él, que es tu padre”, ni siquiera miedo, se les tenía asco. Y el asco era una forma de esperar a ser hombres, para poder enfrentarse con él. Pero, ah, la edad la iba cumpliendo todo dios, y cuando los hijos se hacían hombres, iban repitiendo la historia como una burla genética y social, con sus propios hijos, o directamente perdonaban, porque comprendían que todos andaban muy mal, muy desperados y muy hechos polvo, por esa circunstancia de ser los pobres del mundo.

Se festejaban muy pocas cosas, casi ninguna, se hacía un festivalito –más o menos- en la comunión del niño, contando con la ayuda de algún hermano, de algún cuñado, que ponía las bebidas y otro, marinero, que traía pescado y la voluntad inexorable de ser felices de las madres, terminaba de componer aquel amago de fiesta, con tortillas de patatas y chocolate caliente.

A veces se trincaba un pellizco bueno del empleo comunitario o del subsidio de paro, después de varios meses sin cobrar, y se compraba un televisor en color o incluso un vídeo.

Yo viví en circunstancias parecidas parte de mi infancia, con el agravante de que éramos unos pobres con ínfulas, debido quizás a que subíamos y bajábamos en la escala social, dependiendo de las extravagancias pasionales de los viejos.

Hoy me he encontrado con dos de los que se criaron conmigo en aquellos días terribles. Uno ha sido por fin sentado para siempre en una silla de ruedas víctima del SIDA, el otro, que lo llevaba en la sillita, era un estudiante fantástico durante su breve paso por el colegio. Ambos tienen mi edad. El paralítico parece mi abuelo, el otro; mi abuela, ya no recordaba que el estudiante , se puso durante años hormonas para echar tetas, que se prostituyó para pagarse los tratamientos y de paso los chutes esporádicos.

Su aparición en este día ha sido la más dramática metáfora del mundo en el que crecí.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

REALIDAD Y DESEO

Quería ser científico, perderme como un místico en la soledad de mi laboratorio, levantar como un trofeo de la razón el tubo de ensayo burbujeante y mirarlo al trasluz.

Quería ser científico, no con intención de encontrar una vacuna o un remedio contra las penurias del mundo, sino por si me picaba una araña. Si me picaba una araña, si un rayo gamma me electrizaba en medio de una prueba o si una nomenclatura bárbara hacía estallar el laboratorio, conseguiría superpoderes, según la lógica de la Marvel, y me faltaría tiempo, pese a mi formación como científico y mis modales de caballero, para ponerme un traje extravagante e irme a impartir justicia por los barrios marginales.

Me faltaría tiempo para darle de hostias a los malos que enseguida identificaría por su risa demente y por sus ojos poseídos por el odio. No matizaría, como hace uno ahora, ni las causas del mal, ni la extracción social de los malvados. Sería un tajante cirujano del bien, como el presidente paranoico de los EEUU.

Otra noche, mientras dormitaba frente al televisor, apareció en la pantalla un tipo negro, vestido de forma tan extravagante como los superhéroes, que tocaba la guitarra con una técnica muy rara, nada que ver con aquellos escarceos sobre el mástil de los guitarristas eléctricos españoles, y que concluía su interpretación arpegiando con los dientes sobre ella. Un chico listo hubiera sentido, del tirón, vocación de dentista.
Yo no, yo quería ser ya para siempre Hendrix, guitarrista de rock, e incluso negro hubiera querido ser, pero en un planeta sin racismo, como Plutón.

Para colmo me enteré que él, Hendrix, había muerto de sobredosis en la flor de la vida, y con él cascaron también Janis Joplin y Jim Morrison, y que todos eran brillantes, guapos y jóvenes, pero drogadictos.

No me entraron ganas de ser drogadicto, pero sí brillante y guapo. Entre superhombres y héroes de la guitarra, iba uno leyendo a Verne, a Salgari o a Melville. Cuando me vencía el sueño, mis noches estaban pobladas de ballenas, piratas, cosmonautas e inventores visionarios.

Después a Miller, a los poetas del veintisiete, a Baudelaire y Rimbaud, de los que no entendía un pijo, mas por alguna razón emparentada con la mitología, me fascinaban. Mis noches se poblaron entonces, de mujeres patiabiertas, de lupanares infectos y de mandrágora. Mis sábanas, como en la canción, amanecían manchadas de poluciones nocturnas, que así la llamaba pudorosamente mi maestro de religión.

Con estas lecturas no resulta extraño que un buen día, recién levantado de la cama y con los pelos de punta, dijera a mis sufridos progénitos:
“Perdonadme que no busque trabajo ni nada, es que voy a ser poeta”.

Como no triunfé, luego a lo de poeta le añadí “maldito” y anduve con un amigo- maldito también- unos años bebiendo güisqui con fatiga y sin ganas como Bukowskitos de barrio.

Un día éramos Chinaskis y otro Horacios Oliveiras buscando a la Maga. Nos creímos los más chulos del barrio y nos poníamos estupendos vilipendiando a los maestros, a los clásicos y a todo lo que tuviera más de veinte años.

El tiempo me ha dado la pauta de lo que es la realidad y lo que es el deseo. No es que se hayan abismado los sueños por completo. Todavía andan por ahí, pidiendo de vez en cuando su minuto de gloria. Lo que ocurre es que ahora lo que me gustaría ser es más joven, pero ya no se puede. ¡Mierda!.

viernes, 31 de agosto de 2007

CUENTITO MODERNO

El jefe de obra se levanta esta mañana triste porque no fue posible consumar con la parienta lo que una vez fue deseo y hoy no es más que débito conyugal.

Esa tristeza del jefe de obra va degenerando en cabreo a medida que transcurren las primeras horas laborables de la jornada y el camarero de la taberna, un peruano sin criterio, le sirve un café atómico y un poco después un senegalés, negro como la noche, produce un pequeño atasco con su automóvil antediluviano cuando instala el tenderete de su mercancía.

El jefe de obra toca mucho el claxon y se caga en todo lo que se menea.
Es por eso que el jefe de obra está hoy, como se suele decir, “con los cuernos en pie” y se dirige a un peón que está haciendo su trabajo pero que extrema los tiempos y lo que el jefe de obra querría que fuese un frenético ir y venir de paladas de hormigón, el peón lo interpreta como un suave vals matutino para hormigonera y palustre.
Se quiere decir que el peón ejecuta su trabajo con una pesadumbre existencialista que ya sabemos no le corresponde a tenor de su condición.
Si fuera profesor universitario esa pesadumbre lo prestigiaría. Si fuera articulista de fin de semana, ese existencialismo haría brillar con más intensidad el aura de su opinión. Pero siendo peón y encima moro; ¡qué cojones tiene que ver él con la melancolía, lasitud de almas elevadas que se reservan para sí los espíritus exquisitos e ilustrados! .

Así que la mala hostia del jefe de obra encuentra en la figura del moro peón la víctima propicia o propiciatoria. El peón tampoco se siente esta mañana muy contento y recibe la bronca del jefe de obra con estoicismo, pero con una tensión que enerva al jefe de obra y le hace reincidir en la reprimenda.

El peón aprieta un poco los puños porque está cansado de ser peón y de no tener derecho a la aflicción, a pesar de tener- según él- motivos para llenar un carro del carefour de aflicciones y cuitas.
El moro peón le escupe, al fin, en su castellano de eses afrancesadas, una ofensa al jefe de obra y es puesto de patitas en la calle de inmediato.

El moro ex peón deambula esta tarde calurosa por la ciudad sin trabajo, sin jornal y muy ofendido. De pronto (y sin que él lo sepa debido a la negativa impía de la parienta del jefe de obra a solazar las entrepiernas maritales) siente un desafecto muy agudo hacia todos los jefes de obra que en el mundo han sido.

En su sofocado paseo de moro, peón, parado y sin papeles, cae por los alrededores de una mezquita de pueblo. Allí escucha la encendida diatriba con la que un fanático mesiánico anima a la recuperación de la dignidad del Islam y los islámicos en el mundo moderno.

El jefe de obra, entretanto, comenta con otros jerifaltes mínimos del mercado de la construcción que ha tenido que despedir al moro peón porque el “moromierda” se ha puesto farruco con él.
Los otros jerifaltes mínimos, no se sabe si porque tampoco pudieron consumar el acto sexual con sus esposas, están muy enfadados con sus peones, sobre todo con los moros.

Por su parte, el moro ex peón ha encontrado comprensión y apoyo entre los habituales de la mezquita y se siente más islámico que nunca y el jefe de obra, a su vez, siente el respaldo de sus correligionarios que ya hablan sin ambages de expulsión de todos los extranjeros y de lo bien que ellos se portaban cuando eran emigrantes en Alemania, allá por los primeros años setenta.

El resto de la historia va escribiéndose cada día.

domingo, 26 de agosto de 2007

TURISMO

No va a negar uno las ventajas que supuso para nuestro país tener playas, sol, el porompompero, kilométricas costas, el flamenco, a Federico García Lorca, a la Alambra de Granada y a la Giralda de Sevilla.

Todos estos ingredientes, como una paella valenciana socio cultural, propiciaron que, allá por la segunda mitad de los sesenta, mientras muchos de nuestros mayores cargaban con su menesteroso maletón parcheado camino de las tierras del norte, para construir las carreteras, para montar motores en lejanas fábricas de automóviles o para vendimiar los campos de la Europa guapa, llegaran a nuestras tierras procedentes de esa Europa próspera, miles de turistas que con sus costumbres, sus dineros y sus libertades más o menos naturales, fueron civilizándonos un poco a los nativos y fueron convenciéndonos de que, pese a la obscena propaganda del régimen, en las democracias occidentales había felicidad.
Felicidad, pastillas anticonceptivas y bikinis.

Si la imagen de nuestros padres o abuelos con los ojos desorbitados siguiendo el contoneo de las caderas de las suecas, que sintetizaría como nadie José Luís López Vázquez en esos ojos que ponía de reprimido sexual salido, sigue resultándonos bastante patética, también es verdad que los más avanzadillos de nuestros ancestros consiguieron sus primeros polvos no vergonzantes, en los que la mujer podía gemir y decir “mon cheri” sin que necesariamente esos devaneos eróticos fuesen producto de un trueque comercial, auspiciado por una “madame” de cualquier lupanar infecto.

Había una sociedad que se negaba por inercia a esos cambios, pero es cierto que otra parte de ésta, acaso también por inercia, esperaba ansiosa esa luz de los veranos para aprender, contagiarse de las costumbres prestigiadas por el cine e imitar conductas que fueran sacándonos de las brumas nacional católicas y de la peste a incienso y sacristía que, según cuentan los más viejos, había por estas tierras.

Supongo que aquellos turistas, además de por los precios y por los encantos que se han enumerado al principio de este artículo, debían llegar hasta aquí animados por cierta curiosidad aventurera que, probablemente, se remontara en el inconsciente colectivo europeo, a los viajeros románticos decimonónicos.

Según cuentan, los turistas de antaño venían solos, incluso ¡ellas! venían solas a intimarnos y conocernos.

El viaje en soledad o muy, pero que muy bien acompañado, guarda todavía un prurito de afán de conocimiento y de mínima aventura. El viaje en soledad nos convierte en hombres y mujeres libres, sin más ataduras que las económicas o las morales, y podremos darnos de bruces con lo insólito y con lo perdurable. Nada que ver con estos turistas contemporáneos, adocenados como infantes de excursión colegial, que pululan por las ciudades por esta tradición hortera que inauguraron los japoneses para exportarla luego a todo el mundo que puede permitirse el lujo de viajar.
Nosotros también somos turistas ya.

También zascandileamos en grupos por los países y echamos fotos como nadie. Y nos sentamos en las puertas de los monumentos venerables para posar con nuestras gafas de sol y nuestros pantalones cortos y nuestro bolso en bandolera.

Y vamos también corriendo como imbéciles, bajo las ordenes de una tour operadora maniaca que está convencida que se puede ver el Louvre en veinte minutos, sentarse luego en la taberna donde Tolouse Lautrec esbozaba a sus bailarinas desvergonzadas y bebernos allí una triste coca cola , asomarnos media hora más tarde a la torre Eiffel, para concluir la jornada exhaustos, bailando una canción de la Piafh en el salón de convenciones de un hotel de cuatro estrellas con descuentos especiales para grupos.

Hay quien rueda una película de todo esto, una película comiendo, paseando, besándose maritalmente con la parienta frente a un puente o a una fuente. Supongo que el código penal tipificará alguna vez como delito contra la humanidad la pretensión de estos indeseables de enseñarles a las demás personas semejante espanto.

De esos viajes cobardes donde se diría que hasta los pobres están pactados o incluidos en el lote, uno no se trae recuerdos. Se trae ese sucedáneo de la memoria que llamamos souvenirs.

miércoles, 22 de agosto de 2007

SOBRE EL BLOG Y OTROS ASUNTOS.

Uno va y me dice:

“Quillo, también podrías contestar en el blog, joder, la gente suele hacerlo…no te des tú tanta importancia.”

Es un malentendido. Decía una canción de la Nueva Trova: “la palabra es de ustedes, me callo por pudor”.

Es un malentendido; como cuando la chica que te gustaba se iba con otro porque tú no le hablabas nunca, por no molestar, por discreción, por timidez.

Cuando canta uno, lee poesías o simplemente contemporiza con la noche y sus venenos, encantado de la vida, no se cree nadie esta timidez, anda ya, le dicen a uno, si te he visto cantar, hacer el caricato, hasta perorar con desconocidos ajumados hasta altas horas de la madrugada.

Nadie se cree esta timidez, pero existe.
Quizá por eso canta uno.
Quizá por eso haga uno tanto y tan profesionalmente ya, el caricato.

Llevo media vida huyendo de los pesados, de los palizas, de los plomos, de los artistazos a los que jamás ha interesado otra cosa que su propio ombligo, del egoísmo cateto de los que ni comen ni dejan comer.

De la petulancia inevitable de aquellos que se creen la hostia por haber escrito algo, de los que mueven montañas por salir en una foto, por tonta que sea esa foto.
De los que se visten de dignísimos luchadores por esto o por aquello y al día siguiente los ves engañando, malversando, vendiéndose al mejor postor, o al mejor prologuista, o al mejor adulador circunstancial.

Me da vergüenza, verdadera vergüenza, parecerme a esta ralea.

A veces me parezco, lo sé, lo intuyo, lo temo. A veces caigo en las mismas tonterías que la canalla seudo bohemia de pueblo. Y también me pongo estupendo y digo sandeces sobre mí libro, mí obra, mí pedazo de ombligo.

A mi favor diré que cuando caigo en estas adicciones, trato de desintoxicarme del tirón. Le digo, pongamos a mi compañera; Emilia, que me ponga en mi sitio. O a mis amigos de verdad que me recuerden rápido de dónde vengo.
O a mi hija que me diga sus años y que los compare con los míos, para hacerme así adulto, mayor. No viejo, no anciano de vivir. Simplemente constatar mi edad, mi tiempo y mis trenes; los que pasaron de largo y los que tomé, que eran siempre de tercera, pero ahí me he quedado y tampoco se está tan mal. En estos trenes de tercera, quiero decir, que al menos no están rigurosamente vigilados.

En definitiva: ninguna arrogancia en mis silencios. A pesar de que como decía uno; “El silencio es una opinión”.

ASCO DE TELE


Hasta cierto reparo me da usar la intimidad del diminutivo “tele” para nombrar el aparato de televisión. Porque hubiera podido ser el más revolucionario de los inventos del pasado siglo. Al nivel de Internet, que es en realidad y como con el paso del tiempo se va constatando, un sucedáneo magnificado de la otrora modernísima televisión.

Y es que uno pensaba en su ignorancia, que en materia de basura televisada lo había visto casi todo. Habíamos sufrido la presencia de macarras faltones, vestidos de mafiosos de los años treinta, vociferando desde una agresividad absurda, contra otros personajes de idéntica o parecida jaez por los más peregrinos motivos.

Habíamos asistido a cotilleos sobre la ropa interior de una celebridad del folclore, o sobre las amantes de uno que tiene un gimnasio y dice que es Conde de no se sabe bien qué condado de mierda.

Habíamos visto a horteras de todo tipo y pelaje paseando la inconsistencia de sus vidas por los escenarios de programas mamarrachos. Creamos una subespecie que ya no sé si pueden acogerse a la carta de derechos humanos de la ONU: los frikis. Payasos con ínfulas que nos cantaban aberraciones armónicas, o nos agredían intelectualmente diciendo que procedían de un planeta lejano, o que curaban enfermedades con legumbres, o que levitaban sobre una zanahoria sin penetración ni nada.

Durante un tiempo esa parada de los monstruos, le parecía a uno vomitiva, posteriormente la consideré un ejemplo de la vacuidad elevada al cubo con que programadores y geniecillos espabilados, procuraban hacernos más gilipollas y, sobre todo, más mansos.

Bien; pues ayer por la tarde estos perturbados que idean programas y espectáculos vergonzantes, dieron una nueva vuelta de tuerca a su estulticia. Se trataba de un espanto en el que una presentadora- llamémosle así- con cara de buena, invitaba a un señor , que no sé yo qué cojones había ido a hacer a aquel plató, a que se sentara en unos sillones como de confesionario moderno y de diseño. El hombre, hizo lo que casi todo el mundo hace delante de una cámara, un micrófono o la intempestiva llamada telefónica de una encuestadora; aceptar la agresión de los medios y sumarse con repugnante mansedumbre al circo.

En este caso, el circo iba de que el pobre hombre, que presumo no sabía nada de aquella encerrona, tuvo hace quince años una hija. La presentadora , pensándose ella muy sibilina le interrogaba: ¿Cuántos hijos tiene usted, caballero? Y el hombre, lógicamente, contestaba la cifra de los hijos reconocidos. Luego, extremando su sinuosidad pervertida, la - así llamada- presentadora, le citaba al señor una fecha y le inquiría: ¿qué significa para usted esa fecha? . Y el hombre con cara de pocos amigos, contestaba que absolutamente nada. Vaya a usted, le decía la tipa, a una sala ahí al ladito, que alguien quiere decirle algo.
En ese momento si el hombre no fuese fruto de esta sociedad que ha venido considerando la educación cobardía, tendría que haberse levantado y decirle a la pizpireta muchacha: Váyase usted a hacer puñetas. Ni voy a otra sala ni le permito que siga usted utilizándome como carnaza para la chusma.
Pero no, el hombre aceptó pacíficamente la jugada, se fue a la salita contigua, y pudo escuchar, para su perplejidad y la de cualquier persona decente, cómo una antigua novia, se presentaba allí, para que toda la audiencia – que ojalá fuera mínima- supiera que el señor tenía una hija, que la hija quería conocerle y que patatín, patatán.

A partir de ahí la chismosa que presentaba, perdió todo atisbo de pudor, y la señora o señorita, que se había ofrecido para aquella infamia hacía tres cuartos de lo mismo. La guinda la pondría la supuesta hija, una joven de quinceañera que con una mentalidad de Marco, el dibujito animado, buscando a su papá, conseguía así su primer show televisado y en directo.

Sentía uno, desde la butaca, una mezcla de estupor y espanto, viendo cómo podemos ser , casi todos, víctimas de esta miseria moral. Cómo podemos ser denunciados por cualquiera. Cómo cada uno de nosotros puede convertirse, de manos de la jodida tele, en triste carne de parodia.

Para colmo, el mando a distancia no tenía pilas.

viernes, 17 de agosto de 2007

NOCTURNO VIAJERO


Siempre que llegó de noche a una ciudad, me pierdo tontamente, mirando las luces que en las ventanas de los edificios, anuncian la vida cotidiana de las personas. Por mucho que la ciudad sea hermosa y sus pórticos y murallas se engalanen para recibir al visitante, raro es que uno no preste más atención a aquel balcón, sin persianas ni cortinas, en la que se ve a un hombre que derrotado en el sofá esgrime un mando a distancia en una mano y una lata de cerveza en la otra, ajeno a nuestra curiosidad sociológica, o directamente voyeur cuando lo que se atisba desde las ventanas del autobús que me transporta, es una silueta de mujer que se quita o se pone un minúsculo vestido.
Empieza uno, con todos esos retazos de vida en estado puro, una novela en la que la mujer del vestido corto acude a una cita con alguien, pongamos de nuestra edad y nuestras características físicas, en un café discreto con veladores y música francesa con acordeones y silabeos galantes, en un ambiente de humo y en medio de un murmullo de parroquianos que no significan nada, que no son más que extras en nuestra película romántica. Todas esas novelas son decimonónicas y atrozmente sentimentales, claro. Por eso no las ha escrito uno ya, porque uno es moderno, canallita y molón.
Pero los que escribimos, somos todos unos mirones, y vamos escrutando los edificios, la ropa tendida en algunas terrazas, prestando mucha atención a la lencería y montando otra película medio equis, esta vez, con los encajes, los sostenes y toda esa fetichista indumentaria que se supone que se inventó para tapar las vergüenzas y no hace sino acentuarlas.
Al final, se siente uno bastante pequeñito e insignificante: Todo esa gente, que habla o bien con otro acento, o en otro idioma. Toda esa gente que vive una vida en la que nosotros somos también extras de la misma, si es que nos cruzamos alguna vez con ellos. Toda esa representación de la ciudad y del mundo: Inteligencias por encima de la media, sumando conocimientos y certezas en aquel cuartucho cuya levísima iluminación denota una persona que estudia. Estupidez universal y más o menos conocida, en aquel ático en el que tres o cuatro parejas treintañeras bailan una música latina falsamente popular, con contoneos de putones verbeneros ellas, con lacios y torpes movimientos de caderas ellos y sus barrigas prominentes. Depresión y hastío en la bohardilla en la que un tipo en camiseta calibra desde el alféizar la distancia y el tiempo en el que su cuerpo tardaría en estrellarse contra el suelo. Y este panorama es coronado por centenares de automóviles de todos los modelos, calidades y medidas, que como glóbulos recorren el entramado de venas con que la ciudad se comunica consigo misma y con las poblaciones vecinas. La pequeñez que uno siente, la constatación de nuestra insignificancia, es sólo comparable a la que inspiran las cifras de las tragedias, sean estas naturales o norteamericanas, que es una forma de montar tragedias y pollos siniestros, como saben tan bien en las liberadas naciones de Irak y Afganistán.
Cada una de las vidas que asoman desde las ventanas esta noche, en la que una ciudad extraña me recibe, se siente a salvo del desastre, muchos no verán el nuevo día, otros encontrarán en un Chat de Internet el amor de su vida, allá por el Brasil, en la quinta puñeta, y viajarán en breve y dejarán sus tristes trabajos y sus tristes hogares, la mayoría hará mañana exactamente lo mismo que hoy, y que ayer. Alguien nacerá y mirará todo esto casi con la misma perplejidad con la que uno lo está mirando ahora. Si yo fuese dios, creo que me llevaría toda la eternidad conmovido por nosotros, los humanos, me daría pena de todo y creo que, con perdón, salvaría a todo Cristo. Anda que no iba yo a contener huracanes, tsunamis, balas y bombardeos. Pero esta benevolencia y esta ecuanimidad, se me va al carajo cuando bajo del autobús, y un tío feo y con bigote se me cuela en la cola de los taxis y un niñato pelón y tatuado, hace lo propio en la barra del bar y un camarero lleno de churretes y faltón, me señala con la mano como diciendo; tranquilo, chaval. A estos tres, no sé yo si los salvaba, en caso de que me venga el poder divino, de un terremotito bueno, que por lo menos les diera un buen susto. ¡Ay, que difícil es administrar sin vehemencia estos poderes!

viernes, 20 de julio de 2007

SÓLO HICIMOS UNA FIESTA

“Hay un piso de arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo”

JULIO CORTÁZAR. Historias de Cronopios y de Famas.


Lo mejor de los días de fiesta llega la mañana siguiente. Si uno ha sido hábil y ha podido sustraerse de los envites de la fanfarria, si ha amanecido uno y no se le han aparecido dinosaurios, ni bacterias. Si no ha tenido uno la desdicha de saludar el día regurgitando como un caníbal escrupuloso, acaso porque la víspera no se bebió tanto, ni tan duro. O quizá porque el ron estaba rico y el tabaco suave , o porque los besos - si llegaron- fueron dulces y lascivos a la par, o porque los sueños estuvieron bien y no tuvimos pesadillas, ni demonios que se sientan en la butaquita del dormitorio y le dicen a uno: “Escribe mi poema”.

Si esta constelación de felicidades de andar por casa se produce, podemos tomar un café solitario en una taberna del pueblo. Saludar a las personas que no han tenido noche de bacterias, ni noche de demonios, ni de dinosaurios, etcétera, etcétera. Podemos pedir prestado el periódico de la casa, ¿es de la casa? Sí, cójalo pero es de ayer. Ah vale, perfecto. Y entonces leer inmediatamente, tembloroso como un adicto frente al botín estupefaciente, el horóscopo de la víspera, y los resultados del cupón de la ONCE de ayer, y compararlo con el cupón de la ONCE que compramos para hoy: Tengo el sesenta y nueve para hoy, decía el cuponero, y uno lo compró por eso, por el pregón del cuponero, y ahora reza porque ayer no saliera ese número, el sesenta y nueve, porque sería imposible que hoy se repitiera, porque cuando a las personas nos sale un sesenta y nueve un día, es imposible que se repita al día siguiente.

Abstraerse durante unos minutos en la poesía de los resultados bursátiles y maravillarse de cómo nuestros hermanos financieros celebran sus cuentas de resultados, sentir una dicha misteriosa en nuestro corazón medio partío, cuando leemos que el Corte Inglés multiplica por diez sus beneficios con respecto al año anterior, querer compartir esa alegría con los parroquianos.
Darnos un abrazo todos y elevar al cielo un brindis por el Corte Inglés y por todos los demás, considerando en frío, imparcialmente, recita un camarero; que el hombre es hombre, y más desde que existe la tarjeta de compra del Corte Inglés. Y aplaudirle todos la ocurrencia y desearnos feliz día de San Valentín, igualmente; feliz día de del corpus, igualmente. Feliz cumpleaños, Alicia. Feliz navidad mister Lawerence, feliz carnaval, felicidad que bonito nombre tienes…

En un país libre, puede uno irse hasta la playa muy temprano. En mi pueblo hay un monte (algaida), en mi pueblo hay un río que desemboca, río grande de los poetas, ¡Ojú qué grande es el río y cómo se muere a tu vera!. En mi pueblo hay un monte y en mi pueblo hay un río. Hoy no me tiro al monte. Es un decir. Hoy me tiro – es un decir – al río.




Puede uno en un país libre irse a pasear por el río, como un langostino del trasmallo, como una almeja estupefacta, como una acedía mixta, mora gitana, como un boquerón castizo, como un payo checoslovaco, como un poeta puede irse uno a pasear por el río, con bufandas y todo, con abrigo y todo. Con sombrero y todo, con un pilot punta fina azul.


Pero la guardia civil ya no cree en los poetas y cuando ve a uno como yo, paseando a estas horas por la orilla del río, se cree la Guardia Civil, que uno es un bosquimano, que está esperando fardos de chocolate o que vigila a sus compinches que bajarán de los juanelos fardos de chocolate en vez de acedías. Cuando el coche de la guardia civil pasa por mi lado y los dos guardias civiles que van en él me miran con desconfianza, yo recito con todas mis fuerzas y con todas mis ganas: ¡Ya puedes cortar si gustas/ las adelfas de tu patio! Y el más inteligente de los dos civiles murmura: “Esa debe ser la contraseña” y se largan cagando leches en busca de refuerzos.


Al fin, en mi paseo, me cruzo con un edificio de esos que se construyeron a final de los setenta y cuyas terrazas daban al mar, hasta que se construyo otro delante, y otro, y otro y así hasta la Atlántida.


Miro una terraza amarilla sobre un fondo de hormigón blanco perlita, y mascullo hermosos recuerdos. Un hombre es también la suma de lo vivido y es bueno tener recuerdos, hasta los malos. Si las cosas (malas) no nos hubieran sucedido, de puta madre, pero ya que nos acontecieron las cosas (malas) es mejor tener todos los recuerdos. Es bueno tenerlos; yo creo que los cigarrones, los pitijopos y las pandorgas no tienen recuerdos y que tú sí los tienes.
Por eso a ti te respeto mucho y llamo a ese respeto derechos humanos, ideología y hasta solidaridad. Tengo solidaridad también para los pitijopos, pero bastante menos. Y de otra forma.

Recuerdo que en el otoño del año 1988, tenía uno veinte años y tenía uno una novia y dos amigos. Poco más tenía uno. Y alquilamos los cuatro juntos uno de aquellos pisos que se alquilaban a estudiantes sólo para el invierno y una mijita de la primavera. En el otoño de 1988, Manolo Domínguez Macías (iba a poner las iniciales nada más, pero no, la historia es la historia). Decía que Manolo Domínguez Macías en esa época entró a trabajar en una cosa que llamaron “Andalucía Joven” y era el primero de nosotros que sabía en qué consistía una nómina, una cuenta corriente y unas obligaciones laborales. Él puso el dinero del alquiler, él puso también el Land Rover de su familia para realizar la misérrima mudanza. Domingo López, (iba a poner las iniciales, pero bla, bla, bla) y yo, pusimos el entusiasmo, el corazón y las poesías. Mi novia ponía un poco de orden y sensatez y también un poco de dinero para tabaco, cervezas y porros.



Nuestra emancipación duró el tiempo que duró el dinero. Como siempre, ya se trate de personas, revoluciones, pueblos o marcianos. Pero el tiempo que duró llenamos aquel desangelado piso, que estaba frío de muerto que estaba hasta que entramos nosotros, de literatura, de pinturas, de músicas.

En el salón había una mesa de comedor de más dos metros, como si supiéramos que apenas íbamos a comer en esa mesa y que dos metros de mesa para una tortilla de papas eran muchos centímetros lineales.
Domingo López puso una máquina de escribir, una de aquellas olivettis legendarias en una esquina.
Manolo Domínguez trajo otra de su casa y la puso en la otra esquina.
Yo no tendría máquina de escribir hasta unos años después, llevé un bolígrafo por disimular y enseguida ejercí de Okupa en la máquina de Manolo, que como era el único que trabaja para mantener aquella parentela de mendigos altivos, llegaba con el crepúsculo, como las poesías y las cartas de amor.


Reunimos nuestras tres bibliotecas, en total habría unos doscientos libros. Y nos pusimos hasta las cejas de Julio Cortázar, de García Lorca, de Borges, de Neruda, de Onetti, de Mario Benedetti, de Henry Miller, de Jack Kerouack y todos los beats, que eran los que más gustaban a Manolo Domínguez Macías; Ferlinguetti, Ginsber, Corso…
A mí el que más me gustaba de aquella pléyade era Henry Miller y a Domingo; Juan Carlos Onetti.

Sólo hicimos una fiesta.

Fue una noche del mes de noviembre. No sé de dónde sacamos el dinero Domingo López y yo, supongo que sableando a nuestros padres, a algún familiar o vendiéndole una revista a algún iluso, una de esas revistas que hacíamos con cuatro folios y cuatrocientas mil ideas en ebullición, que salían a borbotones y más salían cuanto menos posibilidades hubiera de llevarlas a cabo.
El caso es que no queríamos que las cervezas y a lo mejor los dos o tres paquetes de patatas fritas con sabor a jamón, las pagará otra vez nuestro particular mecenas, que hacía poco nos había dicho, cuando Domingo y yo hurgábamos inútilmente nuestros bolsillos, o silbábamos mirando al techo un ragtime inventado, a la hora de pagar en algún garito: ¿Vale que invito yo siempre?.
El Macías fue desde entonces el que invitaba siempre. Él se quitó el apuro de tener que decir como Machado; con mi dinero pago, y nosotros el de mirar al techo, trastear en nuestros bolsillos y el de inventarnos melodías de Ragtime o de Blues.







Sólo hicimos esa fiesta. Fue en la terraza, con un tocadiscos viejo en el que escuchábamos una y otra vez , las dos mismas canciones: Días y flores, de Silvio Rodríguez y la larga aquella de Pink Floid que el loco de la colina ponía como sintonía de su programa.
Cada vez que terminaba la canción, Domingo volvía a ponerla y aparecía otra vez por la terraza con una sonrisa como de arlequín Picasiano. Mi novia soportaba aquellas extravagancias porque tenía la sospecha de que yo no me iba a separar jamás de aquellos dos amigos. Y porque Manolo Domínguez Macías había hecho mucha amistad con ella.
“Los artistas son ellos dos, le decía, vayamos nosotros a comernos una brocheta de rape a Bajoguía”
Pero Manolo sabía que si se le ocurría intentar escaparse de nosotros, apareceríamos con algún proyecto loco que al final tendría que financiar, y como nos quería mucho, no se iba, ni me quitaba la novia.

Sólo hicimos esa fiesta. Poco después llegó el desahucio y tuvimos que cargar derrotados con nuestros Kerouack y nuestros Onettis, de nuevo a la casa de nuestros padres. Yo no sabía que nos echaban, pero una mañana, cuando me dirigía a lo que llamábamos “El piso”, observé que alguien había colocado en la terraza un ramo de flores marchitas. Cuando entré en el salón, leí un folio que estaba todavía en el carro de la máquina de escribir. Domingo había escrito una hermosa elegía, una despedida de aquella primera casa en la que vivimos y nos encontramos. Yo, para no ser menos, escribí un poemilla y lo coloqué en el espejo del cuarto de baño. Días después cada uno fue recogiendo sus cosas clandestinamente, procurando no encontrarse con los otros, como un matrimonio que se divorcia.

Yo fui el último en largarme, estuve incluso, aprovechando que tenía las llaves del piso, un mes o más, yendo por allí a retozar con mi novia. Le decía a mi novia que tenía el alquiler de ese mes pagado y nos amábamos mucho y yo creo que bastante bien.
Ya no había libros, ni había amigos, pero estábamos nosotros, tiritando sobre la cama después de hacer el amor, acariciándonos con esa pacífica delicadeza con que un hombre y una mujer se acarician tras haberse saciado.

Ahora Domingo López es, antes también lo era, un magnífico poeta que va siendo reconocido por los países del verso. Es también un narrador excelente que pone el alma en cada renglón que escribe y que ha encontrado con los años un estilo y un universo creativo que yo, de eso estoy seguro, entiendo mejor que nadie, porque gran parte de su talento y de su eficacia literaria se fraguó en aquellos años, en aquellos pisos, en aquellas fiestas y en aquellas servidumbres juveniles.

Ahora Manolo Domínguez Macías, toca la guitarra flamenca y trabaja con gente como Manolo Sanlúcar, tiene la misma mirada que tenía entonces, la misma risa y ese humor que roza siempre el absurdo pero que no se atreve a abismarse en él.
Domingo y yo sí nos abismábamos y cómo.
Ya no me hace tanta falta que me invite siempre, pero lo hace, como siguiendo un impulso que no ha sabido, ni ha querido apaciguar.

Ahora mi novia de entonces es mi compañera y la madre de mi hija. Me aguantó y yo tiro a veces un cohete por la terraza de nuestra casa, para que sepa que todavía tiemblo cuando la veo salir del baño…ejem, ejem…

Ahora yo hago muchas fiestas y bebo mucho vino y escribo mis poesías y mis artículos y no puedo ni quiero olvidarme de los que estuvieron a mi lado, aquellos días, aquellos años a pesar de que nosotros, los de entonces, no seamos los mismos.