viernes, 20 de julio de 2007

SÓLO HICIMOS UNA FIESTA

“Hay un piso de arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo”

JULIO CORTÁZAR. Historias de Cronopios y de Famas.


Lo mejor de los días de fiesta llega la mañana siguiente. Si uno ha sido hábil y ha podido sustraerse de los envites de la fanfarria, si ha amanecido uno y no se le han aparecido dinosaurios, ni bacterias. Si no ha tenido uno la desdicha de saludar el día regurgitando como un caníbal escrupuloso, acaso porque la víspera no se bebió tanto, ni tan duro. O quizá porque el ron estaba rico y el tabaco suave , o porque los besos - si llegaron- fueron dulces y lascivos a la par, o porque los sueños estuvieron bien y no tuvimos pesadillas, ni demonios que se sientan en la butaquita del dormitorio y le dicen a uno: “Escribe mi poema”.

Si esta constelación de felicidades de andar por casa se produce, podemos tomar un café solitario en una taberna del pueblo. Saludar a las personas que no han tenido noche de bacterias, ni noche de demonios, ni de dinosaurios, etcétera, etcétera. Podemos pedir prestado el periódico de la casa, ¿es de la casa? Sí, cójalo pero es de ayer. Ah vale, perfecto. Y entonces leer inmediatamente, tembloroso como un adicto frente al botín estupefaciente, el horóscopo de la víspera, y los resultados del cupón de la ONCE de ayer, y compararlo con el cupón de la ONCE que compramos para hoy: Tengo el sesenta y nueve para hoy, decía el cuponero, y uno lo compró por eso, por el pregón del cuponero, y ahora reza porque ayer no saliera ese número, el sesenta y nueve, porque sería imposible que hoy se repitiera, porque cuando a las personas nos sale un sesenta y nueve un día, es imposible que se repita al día siguiente.

Abstraerse durante unos minutos en la poesía de los resultados bursátiles y maravillarse de cómo nuestros hermanos financieros celebran sus cuentas de resultados, sentir una dicha misteriosa en nuestro corazón medio partío, cuando leemos que el Corte Inglés multiplica por diez sus beneficios con respecto al año anterior, querer compartir esa alegría con los parroquianos.
Darnos un abrazo todos y elevar al cielo un brindis por el Corte Inglés y por todos los demás, considerando en frío, imparcialmente, recita un camarero; que el hombre es hombre, y más desde que existe la tarjeta de compra del Corte Inglés. Y aplaudirle todos la ocurrencia y desearnos feliz día de San Valentín, igualmente; feliz día de del corpus, igualmente. Feliz cumpleaños, Alicia. Feliz navidad mister Lawerence, feliz carnaval, felicidad que bonito nombre tienes…

En un país libre, puede uno irse hasta la playa muy temprano. En mi pueblo hay un monte (algaida), en mi pueblo hay un río que desemboca, río grande de los poetas, ¡Ojú qué grande es el río y cómo se muere a tu vera!. En mi pueblo hay un monte y en mi pueblo hay un río. Hoy no me tiro al monte. Es un decir. Hoy me tiro – es un decir – al río.




Puede uno en un país libre irse a pasear por el río, como un langostino del trasmallo, como una almeja estupefacta, como una acedía mixta, mora gitana, como un boquerón castizo, como un payo checoslovaco, como un poeta puede irse uno a pasear por el río, con bufandas y todo, con abrigo y todo. Con sombrero y todo, con un pilot punta fina azul.


Pero la guardia civil ya no cree en los poetas y cuando ve a uno como yo, paseando a estas horas por la orilla del río, se cree la Guardia Civil, que uno es un bosquimano, que está esperando fardos de chocolate o que vigila a sus compinches que bajarán de los juanelos fardos de chocolate en vez de acedías. Cuando el coche de la guardia civil pasa por mi lado y los dos guardias civiles que van en él me miran con desconfianza, yo recito con todas mis fuerzas y con todas mis ganas: ¡Ya puedes cortar si gustas/ las adelfas de tu patio! Y el más inteligente de los dos civiles murmura: “Esa debe ser la contraseña” y se largan cagando leches en busca de refuerzos.


Al fin, en mi paseo, me cruzo con un edificio de esos que se construyeron a final de los setenta y cuyas terrazas daban al mar, hasta que se construyo otro delante, y otro, y otro y así hasta la Atlántida.


Miro una terraza amarilla sobre un fondo de hormigón blanco perlita, y mascullo hermosos recuerdos. Un hombre es también la suma de lo vivido y es bueno tener recuerdos, hasta los malos. Si las cosas (malas) no nos hubieran sucedido, de puta madre, pero ya que nos acontecieron las cosas (malas) es mejor tener todos los recuerdos. Es bueno tenerlos; yo creo que los cigarrones, los pitijopos y las pandorgas no tienen recuerdos y que tú sí los tienes.
Por eso a ti te respeto mucho y llamo a ese respeto derechos humanos, ideología y hasta solidaridad. Tengo solidaridad también para los pitijopos, pero bastante menos. Y de otra forma.

Recuerdo que en el otoño del año 1988, tenía uno veinte años y tenía uno una novia y dos amigos. Poco más tenía uno. Y alquilamos los cuatro juntos uno de aquellos pisos que se alquilaban a estudiantes sólo para el invierno y una mijita de la primavera. En el otoño de 1988, Manolo Domínguez Macías (iba a poner las iniciales nada más, pero no, la historia es la historia). Decía que Manolo Domínguez Macías en esa época entró a trabajar en una cosa que llamaron “Andalucía Joven” y era el primero de nosotros que sabía en qué consistía una nómina, una cuenta corriente y unas obligaciones laborales. Él puso el dinero del alquiler, él puso también el Land Rover de su familia para realizar la misérrima mudanza. Domingo López, (iba a poner las iniciales, pero bla, bla, bla) y yo, pusimos el entusiasmo, el corazón y las poesías. Mi novia ponía un poco de orden y sensatez y también un poco de dinero para tabaco, cervezas y porros.



Nuestra emancipación duró el tiempo que duró el dinero. Como siempre, ya se trate de personas, revoluciones, pueblos o marcianos. Pero el tiempo que duró llenamos aquel desangelado piso, que estaba frío de muerto que estaba hasta que entramos nosotros, de literatura, de pinturas, de músicas.

En el salón había una mesa de comedor de más dos metros, como si supiéramos que apenas íbamos a comer en esa mesa y que dos metros de mesa para una tortilla de papas eran muchos centímetros lineales.
Domingo López puso una máquina de escribir, una de aquellas olivettis legendarias en una esquina.
Manolo Domínguez trajo otra de su casa y la puso en la otra esquina.
Yo no tendría máquina de escribir hasta unos años después, llevé un bolígrafo por disimular y enseguida ejercí de Okupa en la máquina de Manolo, que como era el único que trabaja para mantener aquella parentela de mendigos altivos, llegaba con el crepúsculo, como las poesías y las cartas de amor.


Reunimos nuestras tres bibliotecas, en total habría unos doscientos libros. Y nos pusimos hasta las cejas de Julio Cortázar, de García Lorca, de Borges, de Neruda, de Onetti, de Mario Benedetti, de Henry Miller, de Jack Kerouack y todos los beats, que eran los que más gustaban a Manolo Domínguez Macías; Ferlinguetti, Ginsber, Corso…
A mí el que más me gustaba de aquella pléyade era Henry Miller y a Domingo; Juan Carlos Onetti.

Sólo hicimos una fiesta.

Fue una noche del mes de noviembre. No sé de dónde sacamos el dinero Domingo López y yo, supongo que sableando a nuestros padres, a algún familiar o vendiéndole una revista a algún iluso, una de esas revistas que hacíamos con cuatro folios y cuatrocientas mil ideas en ebullición, que salían a borbotones y más salían cuanto menos posibilidades hubiera de llevarlas a cabo.
El caso es que no queríamos que las cervezas y a lo mejor los dos o tres paquetes de patatas fritas con sabor a jamón, las pagará otra vez nuestro particular mecenas, que hacía poco nos había dicho, cuando Domingo y yo hurgábamos inútilmente nuestros bolsillos, o silbábamos mirando al techo un ragtime inventado, a la hora de pagar en algún garito: ¿Vale que invito yo siempre?.
El Macías fue desde entonces el que invitaba siempre. Él se quitó el apuro de tener que decir como Machado; con mi dinero pago, y nosotros el de mirar al techo, trastear en nuestros bolsillos y el de inventarnos melodías de Ragtime o de Blues.







Sólo hicimos esa fiesta. Fue en la terraza, con un tocadiscos viejo en el que escuchábamos una y otra vez , las dos mismas canciones: Días y flores, de Silvio Rodríguez y la larga aquella de Pink Floid que el loco de la colina ponía como sintonía de su programa.
Cada vez que terminaba la canción, Domingo volvía a ponerla y aparecía otra vez por la terraza con una sonrisa como de arlequín Picasiano. Mi novia soportaba aquellas extravagancias porque tenía la sospecha de que yo no me iba a separar jamás de aquellos dos amigos. Y porque Manolo Domínguez Macías había hecho mucha amistad con ella.
“Los artistas son ellos dos, le decía, vayamos nosotros a comernos una brocheta de rape a Bajoguía”
Pero Manolo sabía que si se le ocurría intentar escaparse de nosotros, apareceríamos con algún proyecto loco que al final tendría que financiar, y como nos quería mucho, no se iba, ni me quitaba la novia.

Sólo hicimos esa fiesta. Poco después llegó el desahucio y tuvimos que cargar derrotados con nuestros Kerouack y nuestros Onettis, de nuevo a la casa de nuestros padres. Yo no sabía que nos echaban, pero una mañana, cuando me dirigía a lo que llamábamos “El piso”, observé que alguien había colocado en la terraza un ramo de flores marchitas. Cuando entré en el salón, leí un folio que estaba todavía en el carro de la máquina de escribir. Domingo había escrito una hermosa elegía, una despedida de aquella primera casa en la que vivimos y nos encontramos. Yo, para no ser menos, escribí un poemilla y lo coloqué en el espejo del cuarto de baño. Días después cada uno fue recogiendo sus cosas clandestinamente, procurando no encontrarse con los otros, como un matrimonio que se divorcia.

Yo fui el último en largarme, estuve incluso, aprovechando que tenía las llaves del piso, un mes o más, yendo por allí a retozar con mi novia. Le decía a mi novia que tenía el alquiler de ese mes pagado y nos amábamos mucho y yo creo que bastante bien.
Ya no había libros, ni había amigos, pero estábamos nosotros, tiritando sobre la cama después de hacer el amor, acariciándonos con esa pacífica delicadeza con que un hombre y una mujer se acarician tras haberse saciado.

Ahora Domingo López es, antes también lo era, un magnífico poeta que va siendo reconocido por los países del verso. Es también un narrador excelente que pone el alma en cada renglón que escribe y que ha encontrado con los años un estilo y un universo creativo que yo, de eso estoy seguro, entiendo mejor que nadie, porque gran parte de su talento y de su eficacia literaria se fraguó en aquellos años, en aquellos pisos, en aquellas fiestas y en aquellas servidumbres juveniles.

Ahora Manolo Domínguez Macías, toca la guitarra flamenca y trabaja con gente como Manolo Sanlúcar, tiene la misma mirada que tenía entonces, la misma risa y ese humor que roza siempre el absurdo pero que no se atreve a abismarse en él.
Domingo y yo sí nos abismábamos y cómo.
Ya no me hace tanta falta que me invite siempre, pero lo hace, como siguiendo un impulso que no ha sabido, ni ha querido apaciguar.

Ahora mi novia de entonces es mi compañera y la madre de mi hija. Me aguantó y yo tiro a veces un cohete por la terraza de nuestra casa, para que sepa que todavía tiemblo cuando la veo salir del baño…ejem, ejem…

Ahora yo hago muchas fiestas y bebo mucho vino y escribo mis poesías y mis artículos y no puedo ni quiero olvidarme de los que estuvieron a mi lado, aquellos días, aquellos años a pesar de que nosotros, los de entonces, no seamos los mismos.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

he leido ya para un mes, buf, que largo

FitoyFitipaldis dijo...

Que grande eres Gallardoski, como disfruto leyéndote, me has echo reír, apenarme, retraerme en el tiempo y creer vivir esta historia en primera persona. Sigue dándonos poesía.
Salud!.

Emigrante dijo...

Me encantó su relato, amigo. Mi más sincera enhorabuena porque ha llenado de literatura con clase esta mañana de lunes. Saludos desde las antípodas.

La excedencia dijo...

Es todo muy interesante, lástima que usted no siga con esta dinámica y deje su blog olvidado en el abismo en el que acaban todos. Sinceramente una pena señor Gallardoky, una pena penita pena, ay pena de mis amores,