miércoles, 5 de septiembre de 2007

REALIDAD Y DESEO

Quería ser científico, perderme como un místico en la soledad de mi laboratorio, levantar como un trofeo de la razón el tubo de ensayo burbujeante y mirarlo al trasluz.

Quería ser científico, no con intención de encontrar una vacuna o un remedio contra las penurias del mundo, sino por si me picaba una araña. Si me picaba una araña, si un rayo gamma me electrizaba en medio de una prueba o si una nomenclatura bárbara hacía estallar el laboratorio, conseguiría superpoderes, según la lógica de la Marvel, y me faltaría tiempo, pese a mi formación como científico y mis modales de caballero, para ponerme un traje extravagante e irme a impartir justicia por los barrios marginales.

Me faltaría tiempo para darle de hostias a los malos que enseguida identificaría por su risa demente y por sus ojos poseídos por el odio. No matizaría, como hace uno ahora, ni las causas del mal, ni la extracción social de los malvados. Sería un tajante cirujano del bien, como el presidente paranoico de los EEUU.

Otra noche, mientras dormitaba frente al televisor, apareció en la pantalla un tipo negro, vestido de forma tan extravagante como los superhéroes, que tocaba la guitarra con una técnica muy rara, nada que ver con aquellos escarceos sobre el mástil de los guitarristas eléctricos españoles, y que concluía su interpretación arpegiando con los dientes sobre ella. Un chico listo hubiera sentido, del tirón, vocación de dentista.
Yo no, yo quería ser ya para siempre Hendrix, guitarrista de rock, e incluso negro hubiera querido ser, pero en un planeta sin racismo, como Plutón.

Para colmo me enteré que él, Hendrix, había muerto de sobredosis en la flor de la vida, y con él cascaron también Janis Joplin y Jim Morrison, y que todos eran brillantes, guapos y jóvenes, pero drogadictos.

No me entraron ganas de ser drogadicto, pero sí brillante y guapo. Entre superhombres y héroes de la guitarra, iba uno leyendo a Verne, a Salgari o a Melville. Cuando me vencía el sueño, mis noches estaban pobladas de ballenas, piratas, cosmonautas e inventores visionarios.

Después a Miller, a los poetas del veintisiete, a Baudelaire y Rimbaud, de los que no entendía un pijo, mas por alguna razón emparentada con la mitología, me fascinaban. Mis noches se poblaron entonces, de mujeres patiabiertas, de lupanares infectos y de mandrágora. Mis sábanas, como en la canción, amanecían manchadas de poluciones nocturnas, que así la llamaba pudorosamente mi maestro de religión.

Con estas lecturas no resulta extraño que un buen día, recién levantado de la cama y con los pelos de punta, dijera a mis sufridos progénitos:
“Perdonadme que no busque trabajo ni nada, es que voy a ser poeta”.

Como no triunfé, luego a lo de poeta le añadí “maldito” y anduve con un amigo- maldito también- unos años bebiendo güisqui con fatiga y sin ganas como Bukowskitos de barrio.

Un día éramos Chinaskis y otro Horacios Oliveiras buscando a la Maga. Nos creímos los más chulos del barrio y nos poníamos estupendos vilipendiando a los maestros, a los clásicos y a todo lo que tuviera más de veinte años.

El tiempo me ha dado la pauta de lo que es la realidad y lo que es el deseo. No es que se hayan abismado los sueños por completo. Todavía andan por ahí, pidiendo de vez en cuando su minuto de gloria. Lo que ocurre es que ahora lo que me gustaría ser es más joven, pero ya no se puede. ¡Mierda!.

2 comentarios:

TOMÁS dijo...

No está mal esta síntesis de una educación sentimental. Dice Sergio Pitol que uno es los libros que ha leído, las calles que ha pisado, la música que escuchó y que olvidó, etc. El cernudiano título es igualmente una buena poética para estos desplantes que le salen a uno de vez en cuando.Un saludo como un blues, "the fish cat" de Hendrix, pongo por caso.
Visítame y deja tu comentario en en http://www.tropicodelamancha.blogspot.com

Anónimo dijo...

Yo no soy guapo, ni brillante, pero si he sentido esas ganas de cerrar los ojos y pensar que estaba en un escenario rodeado de mi publico coreando mis temas. y seguro que estaba drogado, drogado de sed de cultura ,ahora son otros tiempos,a la juventud no
le interesa nada.me encantan sus textos gallardoski