sábado, 18 de septiembre de 2010

SEPTIEMBRE

Este camino- decía el Haiku de Basho- ya nadie lo recorre, salvo el crepúsculo. Es cierto; tras la orgía de cuerpos derramados por la arena y la diaria verbena de las orillas, se apaciguan los atardeceres y vuelve a oírse el mar como un rumor de caracolas en concierto.

Las gaviotas posan para un cuadro de Sorolla o alzan el vuelo y bailan con el viento de levante. Sabe uno que podrá sentarse en una de las la barcas naufragadas panza arriba de Bajo Guía y mientras apura un pitillo , aliñado o no, perder la mirada en el horizonte de Doñana .

Ni siquiera hace falta llevarse un libro, tiene uno en la cabeza el poema del crepúsculo y sabe que éste acudirá sin falta a la cita. No habrá interrupciones, el tumulto de los niños con flotadores y las madres con la intendencia bajo las sombrillas se ha acabado. Los niños vuelven al colegio con legañas y tristezas y las madres recuperan su territorio de apacibles soledades.

Los hombres adosados al vaso de tinto no gritarán los resultados de los partidos de fútbol amistoso como locutores psicópatas. Han dejado de pasearse en calzoncillos por el pueblo y recuperan el mono de trabajo o la chaqueta de cagatintas. Ya nada es amistoso, ni los partidos ni la vida.

Los jóvenes musculosos no se tirarán al mar como superhéroes, dando saltos mortales o dibujando en el aire primorosas volteretas. Se recuerda uno mojándose primero una muñeca, después la otra; más tarde dándose unas friegas en la nuca y luego, por fin, planeando con poca gracia sobre el agua y asume como un dogma cruel, certero y perverso, las sanciones de la edad, las físicas servidumbres del cuerpo cuarentón.

Tampoco, en esta tarde de septiembre, en esta paz en que estamos, enseñarán las chicas sus pechos a la concurrencia masculina que disimula cuando lo hacen, mirando de soslayo pero como si nada les importara la belleza expuesta impunemente sobre la arena.

Ya se han ido los excursionistas con sombrero jipijapa y descansa en sus guaridas del norte de Europa el hombre blanco, mirando con melancolía las mil fotos que se hizo en el sur, en el dulce verano, cuando su piel era roja, como la de Jerónimo, y los días se medían en litros de cerveza y en noches de risa.

Vuelve uno a saludarse con la tarde de horas cortas y es como reencontrarse con los viejos amigos que los rigores del verano alejaron del paseo: El hombre gordo que camina sulfurado, amenazado de muerte por el médico de cabecera y por los pérfidos camareros que en los asadores le tientan con cachos de carne de buey a la plancha, regresa el gordo del colesterol a su costumbre y a su peregrinar sin mirar a nadie, como un héroe romántico que se enfrentara a los dragones de la enfermedad y la grasa.

Vemos al joven poeta poseído de un malditismo enternecedor, con su pañuelo al cuello y su cuaderno de genialidades, que dan ganas de decirle como Valle; tenga cuidado usted con el talento no sea que se lo pise.

A la muchacha que pasea a su perro, enfundada en un chándal que moldea su trasero y compite en esplendor con el crepitar del atardecer y la paleta de colores que sobre el mar va vertiendo el sol.

La tarde de septiembre por fin cae y la función se va terminando. Vuelve uno a la ciudad y nos cuesta unos minutos adaptarnos al ruido y la furia , a las terrazas de verano todavía abiertas, tristísimas sin pareos ni calzones. Sin el bullicio de la holganza y la ebriedad.

Septiembre es un mes hermoso al que contamina la rutina. Un día seremos libres y pasearemos por el tiempo pidiendo a la tierra, sudor que nos corresponde, que nos de nuestra existencia a nosotros mismos.
 
 
 
 
 
 
 
foto: Carmen Álvarez

2 comentarios:

luis dijo...

Septiembre es también, un mes, para dejar las cervecitas del Dueñas, es broma...Saludos.

Sanluqueño total... dijo...

Gallardo,Septiembre es también el mes que se largan los -mialmas-, y otros tantos como ellos, que a gusto se quedan las calles, que tranquilo se queda mi pueblo...