lunes, 6 de diciembre de 2010

ESPEJISMOS

Decía Hemingway que a partir de los treinta años, un hombre es responsable de su cara. La tradición habla también de que la cara es el espejo del alma y yo trato de conjugar con mis precarios avíos analíticos las caras que conozco y veo que efectivamente, ese bigote arrogante, seguro de sí mismo, inhabilitado para la piedad o la compasión que quiso dibujar José Stalin sobre su boca, forma parte de la responsabilidad facial que tuvo Stalin sobre su imagen y la proyección de ésta al mundo. No buscaba la admiración sino el terror y se puso bigote y gorra de plato para habitar en los sueños como quimera y pesadilla, para que en los sueños de, por ejemplo, Bulgakov, uno de los grandes de la novela rusa del siglo XX, se manifestara el padrecito con toda su solemnidad asesina.

También el ridículo bigotito de Adolfo Hitler, insultante, inseguro y cruel , que sólo puede desfavorecer un rostro, ese bigote acomplejado y vengativo fue responsabilidad del monstruo nazi. Si no hubiese cuidado cada mañana Hitler esa imagen dura y demoniaca que le daba su pelusa de fantasía sobre la boca, a lo mejor hubiera sido menos malo, a lo mejor hubiera vivido con menos odio.

Escribo esto no porque pretenda llegar a ninguna conclusión capilar, no porque tenga ningún interés en demostrar empíricamente la relación entre la misteriosa manía del bigote y los arrebatos totalitarios de las personas. A pesar de ello se me ocurren montones de ejemplos ; Pinochet , Videla, Francisco Franco, Himler, Aznar, Taras Bulba…Escribo esto por razones mucho más peregrinas o, si se quiere, más personales.

Esta madrugada, cuando he llegado a casa repleto de amistad y sumido en una ebriedad reconfortante, me dio con la jumera por dibujarme yo también un bigotito en el careto, a ver cómo se me transformaban el humanismo y la tolerancia. Quería modelar yo en mi propia piel un mostacho librepensador pero, se han detenido estos delirios de barbería cuando me he asomado al espejo del cuarto de baño y he visto cómo un desconocido miraba desde dentro, me observaba perplejo y como uno ya a esta edad no cree en los bichos de ultratumba ni en nada que no se pueda encontrar en internet, he retado a mi reflejo durante más de diez minutos. A ver qué tienes que decirme le he dicho al tipo que miraba.

Frente a frente conmigo mismo , he visto en mi mejilla izquierda la huella de un beso de mi abuela que debió suceder sobre el año 1974, mi labio superior todavía estaba marcado por un puñetazo muy doloroso que debieron darme en la década de los ochenta, por mis párpados bajaba una melancolía infinita que pertenece a aquellos años de adolescencia en los que me complicaba la vida con argumentos robados a Raskolnikov o al Hamsum hambriento y helado de Noruega.

Mi labio inferior todavía sangra el dulce mordisco de aquel polvo juvenil en una habitación de hotel una noche triste de despedida y guarda restos mi boca del escozor que me dejó la pasión en casi todas mis zonas erógenas .

Mis pómulos se han hinchado con el paso de los años y del rostro afilado que uno tuvo, quedan ahora unas marcas que hablan de cuadrantes, de balances, de traiciones y de tardes de otoño viendo anochecer por la ventana de la oficina. Mis pómulos se convirtieron en cachetes y se pusieron gorditos como se pone gordito a los treinta años el hombre casado.

Mi frente, ay, empieza a estar marchita como en el tango y las arrugas del día se manifiestan con un jeroglífico de vida.

En mis pupilas brillan todavía canciones, paseos por la playa en soledad, libros acumulados en los laberintos del intelecto, bragas y sostenes tirados por el suelo, sexo callejero y manos infartadas entre cremalleras y encajes, sueños, utopías , conciertos, condones y versos.

Y si miro más adentro- porque el del espejo se deja- descubro a mi hermano tocando canciones hermosas y tristísimas en un cuarto helado de la provincia de Madrid, 1990. Abro la boca como el monigote del “Grito” y me salen recitales poéticos en el Topo Andalú, Maiakowski y Cesar Vallejo campeando a sus anchas entre efluvios marihuaneros, abro la boca y el negro Milanés encarnado en el “Jou” trova “Mi dulce niña” entre amigos que llegan y amigos que se fueron.

Mi cara y el tipo del espejo han venido a contarme la vida esta madrugada extraña, entre mis cejas hay un dolor oculto y una venganza de los tiempos, por mis orejas caen como enanitos los enemigos que no han sabido perdonar y en mi garganta la angustia sube y baja al compás de mi nuez.

Luego me duermo pensando en bigotes y sólo se me aparecen beatíficos mostachos: Frank Zappa, Faulkner, Charlot, Cernuda… y zozobro pensando en que cualquier generalización vendrá a ser rebatida inmediatamente por la tozudez de los hechos.

2 comentarios:

Carmen Álvarez dijo...

Precioso Juan Antonio, mañana con tu permiso me lo llevo.

besitos libertarios, miles de ellos.

Carmen

La Canalla dijo...

Hermoso... me quito el sombrero.