martes, 23 de agosto de 2011

Oh, melancolía...


Ser poeta no es una ambición mía, es mi manera de estar solo”. F. Pessoa


Yo no sabía qué había escrito ese hombre, ni tenía de él otra referencia que la que mis amigos me habían dado; es de Jerez de la Frontera y es escritor célebre y poeta respetado por la crítica. A mí, para darle la tarde, me bastaba con eso.
No está suficientemente estudiado ese síndrome que lleva a los muchachos y, seguramente a las muchachas también, a necesitar que sus amagos literarios sean leídos o soportados por algún pope de la escritura. Los míos, mis amagos, los habían leído algunos amigos más viejos y no comprendo a estas alturas del baile cómo no me advirtieron de la castaña insufrible que les estaba ofreciendo.

Quizá he sido desde siempre un gran charlatán que ha vestido sus carencias con el insano lujo de la verborrea. Quizá todavía por aquella época, hace más de veinte años, meter en alguna poesía, pongamos, a Charlie Parquer dotaba al texto de algún prestigio, de alguna armonía, de algún churreteo snob. Así, escribíamos desde esta comarca rociera y cañí que:

la juventud se derrumbaba cada madrugada/ mientras que Bird levantaba las entrañas del pentagrama/ sosteniendo una nota última y amarga

¡Toma ya! ...Sonaba bien dentro de la impostura, sonaban bien esos versos libérrimos y una estructura mental de humo, alcohol y putiferio provinciano les daba a versos como esos quién sabe qué valor, que no tenían.

Como aquel librito de poemas lo había escrito escuchando una vieja cinta en la que por una cara teníamos a Carlos Gardel cantando hermosos tangos argentinos y por la otra a Stephane Grapelli tocando su violín emocionado, el resultado estaba claro: la mitad de las poesías tenían nombre de tango:
Volvió una noche” “Como abrazao a un rencor” o “ Anclao en París”

Y la otra mitad del libro había sido titulado bajo los efluvios de los violines zíngaros y los tempos jazzeros; “la espuma de los días” , “Prometeo mal encadenado” o “ Viaje al fin de la noche” que eran, a su vez, los títulos de las novelas que más me gustaban por aquel tiempo. Boris Vian, André Gide, Céline...lecturas perniciosas para adolescentes con ínfulas de malditismo.

Con aquel gazpacho grapado malamente de cojitranca poesía lírica, abordé en su casa de Sanlúcar al poeta y novelista. Yo entonces apenas bebía alcohol, pero para quitarme el temblor que tenía en las manos me soplé tres copas de aguardiente y me fumé medio paquete de tabaco.

El escritor no estaba y su mujer, amablemente, me dijo que si quería podía dejar allí aquella carpeta azul de estudiante de Formación Profesional, con pegatinas del Frente Sandinista y de la CNT, y volver en unos días. Así lo hice, dejé la carpeta en una consola que había en la entrada y bajé las escaleras como un rayo, como si en vez de una colección de poemas juveniles, hubiera uno dejado en esa noble casa un paquete bomba.

Sorprendentemente, pasados unos días, el escritor me recibió y no quiso cruzarme la cara con un pañuelo para así retarme a una justísima justa literaria. Al contrario, (el efecto Charlie Parquer), me dijo que algunos poemas estaban bien y me habló de algunos maestros a los que podría ir a visitar; Onetti, Félix Grande, Carlos Edmundo de Ory...

Es posible que todo no fuera más que una broma pesada que se gastaban entre ellos, que cuando un pestiño de poeta de pueblo les llegaba con su matraca, ellos, como golfillos, se los pasaran unos a otros entre grandes risas y chanzas , hasta que el joven poeta lírico desconsolado por el desdén y el desprecio a sus muy tristes endechas terminaba colgado de una farola en una avenida grande y cosmopolita de París, como Nerval, ya puestos a ser rancios y modernos decimonónicos.

A fuerza de indiferencia, mis ánimos y mis sueños se fueron alejando. Casi podía verlos decirme adiós como en las películas del gordo y el flaco, cuando morían los dos amigos del cine cómico y subían al cielo con pajaritos alrededor de la cabeza y agitaban las manitas despidiéndose del respetable. Así se iban los sueños, cómicamente, como habían venido y como habían vivido. Uno se quedaba con un regusto amargo en la boca, sin saber nunca si el fracaso era fruto de la propia estulticia o de la injusticia del mundo que es sordo y es mudo, como en el tango.

Arruinando la vida en este rincón mínimo, para toda la tierra la arruinaste, viene a decir un verso que Cavafis escribió para mí como sabe todo el que me conoce. Dentro seguramente de la gran broma de mi vida artística, recibíamos en casa cartas de poetas que animaban al gran capullo en persona a perseverar, o nos decía alguna muchacha que le había gustado muchísimo un poema malísimo de uno. Los artículos que íbamos publicando por ahí tenían sus adeptos, supongo que gente como yo, asfixiados por la vida, deseando encontrarse más que un escritor solvente, con un pringao como ellos/as.

Compuso uno coplas, cantó por los garitos, se vistió de rockero o de cantautor, según los vientos. Presentó los libros de cuanto amigo o conocido se lo solicitara a uno. En nada destacamos, y siempre había alguien que decía tristemente: ay, este muchacho, con lo que prometía...

Hasta que un día, paseando por la playa de este rincón mínimo, me encontré un periódico viejo que el levante zamarreaba de un lado a otro. Lo cogí y resultó ser una porquería cateta, parroquial y tendenciosa que semanalmente se edita en Sanlúcar y en la que estuve años colaborando. Allí pude leer, entre manchas del tiempo y de mierda fosilizada, un artículo mío. Allí estaba el tío, diciendo tonterías ya en el año 2000, detrás de una foto muy simpática en la que hacía ademán como de quitarme unas gafas de sol. Y todo el tiempo transcurrido se me manifestó como a los moribundos se les manifiesta la vida antes de espicharla y antes de la célebre luz esa, tan rara, que todos dicen haber visto para decorarse la agonía.

Me tiré casi una hora turulato con aquella constatación empírica de la importancia que tiene lo que hemos ido haciendo en la vida. Me escruté a mí mismo entre lo que todavía podía leerse del artículo, sorteando las manchas y los borrones de tinta. Al principio me critiqué duramente y casi me enfado con algunas de las certezas que, impunemente, enarbolaba hace once años. Luego empezó a darme pena la criatura y tuve la tentación de llevar aquel legajo asqueroso a mi casa y guardarlo, sabe dios para qué. Por fin lo solté, como a una cometa vieja, para que el levante hiciera con esos papeles lo que tuviera a bien hacer.

Mientras las palabras se las iba llevando, verdaderamente, el viento, dije adiós a esta última década en la que tanto se ha perdido. En la juventud, soñar es síntoma de alegría, futuro e inteligencia. Llega una edad en la que soñar es sólo evitar las pesadillas cotidianas.

Hay días que se arrastran por el almanaque heridos de melancolía y deberíamos evitar la escritura en días como estos. O por lo menos evitarles la lectura a los diez o doce benditos que todavía vienen a pasearse por este páramo. Disculpen las molestias.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Cuando uno, mirando hacia atrás, es capaz de autocriticarse ya es un logro. Lo malo sería que vieramos perfecto lo que escribimos hace diez o quince años. Uno debe hacer lo que le gusta, quien decide que es malo o bueno?
Una de los diez o doce que suelen visitar este páramo. Carmen

Anónimo dijo...

excelente y no hablo en broma amigo mío. No dejes nunca de escribir.

crónicas de la alameda dijo...

Colgado en la farola de Nerval, muerto ya, te digo desde el inexistente otro mundo, que ese ¡oh melancolía! es de los bueno lo "mejón".

siroco dijo...

Soy uno de los colgados en la farola de Nerval, y este ¡0h melancolía! me da fuerzas para mecerme un poquito más sobre el Sena. Que gracias y que mercí, amigo mio.