Se puede amar a una mujer por su risa, por sus manos cuando acarician, por sus gestos cuando habla y la mira uno embelesado, pensando “pero qué guapa es”.
Se puede amar a una mujer exclusivamente por su cuerpo, o por su inteligencia, o por la fuerza de su carácter, o por la dulzura de sus ojos cuando coinciden las miradas.
Seguro que a un hombre también se le podrá amar por cosas parecidas, pero de eso no “entiendo” y no me atrevo a enumerar motivos. Sin embargo, la pasión y el amor, generadores de la mitad de las cosas que suceden en el mundo (la otra mitad, ya se sabe, la generan sus antónimos; el aburri

miento y el odio) no evitarán que sepamos que esa mujer a la que se ama, tiene defectos, algunos sin importancia y otros que pueden llegar a sonrojar al más cándido y entregado amante.
Defectos, pese a todo, bellamente, fieramente humanos, que diría el poeta. Se amará también y sin condiciones, a la madre y al padre, pese a los enfrentamientos, pese a las meteduras de pata con las que nos hayan ido criando. Y a los hijos, se les amará de manera todavía más irracional y atropellada, sin esperar nada a cambio, sabiendo que nunca será su amor comparable al nuestro, sabiendo que como decía otro poeta, este persa, que anduvo muy de moda entre los hippies y los maestros de escuela de los años ochenta; “Los hijos no son hijos nuestros; que son hijos e hijas de la vida”.
Mas, sabremos también distinguir la excelencia y la virtud de los vástagos, de sus mediocridades, de sus faltas, que las tendrán, como la mujer amada, como la madre y el padre. Como nosotros mismos.
Por eso cuesta tanto entender esa ceguera militante que se pide a las ideas. Esa especie de catecismo en el que el ser humano que políticamente se define, de izquierdas o de derechas, tiene que ir consultando cada toma de postura. Las divisiones catetas entre buenos y malos, los principios irrenunciables, las fatigosas doctrinas, la lectura convertida en panfleto y el panfleto en libro sagrado, o en libro rojo.
La obligación de tener que tragar sapos intragables; porque forman parte, esos sapos, de la tradición que avanza en el carromato de nuestra ideología; sapos como Franco y Primo de Rivera, en el caso del carruaje de los conservadores españoles. Sapos como Stalin o Carrillo, en el caso del carromato progresista.
En estos tiempos, iba a decir de ideas, pero afortunadamente el lenguaje escrito es por naturaleza reflexivo; no son tiempos de ideas, exceptuando algunas extravagancias lírico-estilísticas de geniecillos de barriada, ciegos de porros.
Decía que en estos días electorales o preelectorales, o postelectorales, se pide a la sufrida militancia de los partidos que amen al – así llamado- líder, que veneren a esos líderes, que les perdonen a los líderes, las habitualísimas cagadas, meteduras de pata, gazapos y tonterías que estos digan cada vez que tengan ocasión de asomar el rostro por una televisión.
Verlos reír las discutibles gracias de los desangelados candidatos da pena y grima, sobre todo ver a los que colocan en los mítines con sus banderitas y sus politos recién planchados y sus melenitas de peluquería, tras el candidato, jóvenes en su mayoría, sentados en plan “somos más chachis que el copón bendito” da una grima y una pena muy grandes.
Verlos aplaudir, a los jóvenes y a los viejos, entusiasmados cuando los candidatos se quitan la chaqueta y la corbata para estar entre ellos, concediendo con esa descamisada estética, que pueden bajar hasta la chusma y saludarla, darles besitos a los niños de pañales (que piensa uno la culpa que tendrán los neonatos de las filias de sus embobados progenitores) y firmarles autógrafos con cara de pánfilos dadivosos a esas señoras con laca que siempre están en todos los sitios; ya sea un mitin tedioso de Zapatero, un club de la comedia de esos que monta Rajoy de vez en cuando, o una apoteosis folclórico judicial de la Pantoja.
La militancia se convierte así en una patética representación del borreguismo más soez. Se puede amar, decíamos, a una mujer, a unos padres, a unos hijos, con cierta ceguera, con poética pasión y aún así conocer sus defectos.
¿Cómo es posible que este amor por los líderes que profesa la militancia sea tan ciego? Porque felizmente, esos amores son tan ciegos como falsos y amainarán en cuanto pase esta cosa que ellos llaman, sin mearse de la risa, fiesta de la democracia.