lunes, 18 de abril de 2011

SEMANA SANTA

En mi vida me he puesto un capirote. Cuando de niño muchos de los amigos se emocionaban por estas fechas y debatían apasionadamente sobre las calidades estéticas de sus vírgenes y sus cristos, yo me quedaba igual; sin dios, sin patria y sin trono.

Cuando fuimos creciendo, todavía algunos de los colegas mantenían su costumbre penitente cada primavera y otros, los más cachas, cambiaron el capuchón por una ceñida camiseta y se metieron a costaleros imbuidos de una fe en el sacrificio que – inevitablemente a esas edades- no dejaría de tener sus componentes eróticos. Lo cierto es que raro era el costalero que no tenía o se echaba novia, una novia que lo acompañaba sin verlo, sabiendo que ahí, bajo el paso, entre sudores y varoniles fervores , andaba el muchacho que tras el esfuerzo guerrero merecería un beso. Y yo me quedaba igual; sin dios, sin novia... y sin besos.

Pero esta semana era una fiesta, la celebración de los primeros hombros desnudos de las muchachas, los pudorosos escotes que anunciaban la blancura de la carne, la libertad de horarios porque con decirles a los viejos que íbamos a ver la recogida de alguna procesión, relajaban estos su habitual rigidez disciplinaria. Las vacaciones en el colegio o en el instituto, esta semana era una fiesta por más que se vistieran las calles con el dolor y la angustia de los iconos del sufrimiento.

Las pústulas, las llagas, los latigazos, la sangre goteando por la frente del Cristo apenas nos impresionaban; primero porque habíamos crecido viendo crucifijos por todas partes; en el médico, en el colegio, en el dormitorio de nuestros padres, en las iglesias. Aquel exceso de información casi forense de los martirios a los que fue sometido el nazareno hizo que nos sintiéramos inmunes a la escenografía gore del cristianismo católico.

Y segundo; porque desde pequeños habíamos sido adoctrinados en el truco, porque había truco, y sabíamos que por más caña que le dieran, por más crueles que fuesen los romanos con sus lanzadas y sus coronas de espinas, al final el héroe, Jesús, resucitaba y aquella resurrección para nosotros era más una venganza frente a los malvados y los impíos, que una redención.

Asumíamos la pasión y su correspondiente resurrección, como una variante de las películas de, pongamos Bruce Lee, que tras ser pateado, humillado, golpeado y vilipendiado por los hijos de puta, se resarcía de cada puñetazo a base de golpes de nunchaku.

Tuvieron que pasar muchos años para que uno comenzará a apreciar los valores estéticos de esas tallas que son paseadas cada primavera por los pueblos andaluces. Y se puso uno por vez primera una capucha, pero no de penitente, sino una capucha o mejor; una máscara de guiri, de forastero en su tierra para intentar descubrir y de paso disfrutar de lo que otros muchos paisanos disfrutaban.

Fue como cuando viene un amigo de fuera a la ciudad ¿de qué vamos a ir nosotros normalmente a visitar la Parroquia de la O, o a cruzar la barcaza para dar un paseo por la orilla del Coto Doñana?

Con es bonísima disposición estuve una semana santa, hace ya bastante tiempo, viendo pasar por rincones de estratégica belleza algunas procesiones de la ciudad. Tengo que reconocer que había poesía y una mijita de hermoso misterio en la tristeza con que era balanceada una virgen (que el señor dios me perdone pero no recuerdo el nombre aunque supongo que debía ser María) mientras pasaba por la cava del castillo de Santiago.

Brillaba en el cielo la luz de una luna primaveral y la música de la banda, que por lo general no soporto, interpretaba una pieza melancólica que daba muchísima pena y daban ganas de creer en casi todo; los ángeles, Jehová, Jesús y hasta en Poncio Pilatos y en su palangana.

Sin embargo, lo que más me conmovió fueron un par de rostros, mujeres de edad provecta que al paso de la virgen soltaron algunas lágrimas. No lo hicieron lo mismo al paso del Cristo, a pesar de que el que iba bastante perjudicado a estas alturas de la pasión era él. 

No; lloraron al paso de la madre del condenado a muerte en una suerte de solidaridad femenina primaria y maternal, o quizá es que las señoras también sabían el truco (lo de la resurrección tras los tres días) y se hallaban compungidas por el mal trago que le hacían pasar a la madre, esa perversidad de la tortura y la muerte, total para nada.

El asunto es que, ajeno a la mística y a la fe, no pude sentir animadversión por aquella representación, por esta monumental performance en la que el pueblo andaluz anda, como decía Don Antonio, pidiendo escaleras para subir a la cruz.

Entiendo que existe una ocupación del espacio público por las cofradías, que las calles son literalmente tomadas por la muchedumbre, los penitentes, los cirios y los kioscos de chucherías. Pero esto también ocurre en los carnavales y mis amigos anticlericales no se molestan por eso, también ocurre en la feria y encima en estas parrandas puramente lúdicas suelen darse episodios de vandalismo y violencia callejera que en la semana santa no. No me imagino yo a los capirotes destruyendo mobiliario urbano ni vomitando en los portales del vecindario por más que su indumentaria tenga ese vago parecido con la de los del Ku Kux Klan.

Suelen ser los más intolerantes, a los que les gustaría prohibir esta manifestación antropológica de superstición o fe popular, según los casos, los que muestran un interés inusitado por las danzas étnico-religiosas de una tribu senegalesa, los que se admiran con las masas que recitan salmos coránicos en la Meca o los que, en muchas ocasiones, no se perdonan a sí mismos haberse pegado algunos años de su infancia y juventud enmascarados y cargando con un cirio  primavera tras primavera.

Uno ya tuvo su experiencia semanasantera como he contado.Ha dejado de interesarme, que en su infinita bondad el señor dios vuelva a perdonarme,  y soy un verdadero experto en sortear cofradías y muchedumbres y si uno, con su congénita torpeza, es capaz de pasar todos estos días sin cruzarse con un sólo paso, les aseguro que cualquiera puede hacerlo. 

Podría editar un itinerario alternativo para moverse por el pueblo sin sufrir los atascos que tanto critican algunos buenos amigos, sin oler el incienso y sin ver ni un cirio.

Pero no sé porqué, me da que muchos no tienen ningún interés en liberarse ellos mismos de este festival, sino que más bien andan preocupados por liberar el pueblo de esos opios.

Y ese, queridos amigos, es otro debate que lleva dando por culo desde que el hombre es hombre, descubrió el fuego, se hizo sedentario, montó su primer huerto y entendió que la existencia no terminaba con él mismo, que el mundo seguía, giraba y giraba después de su muerte y su disolución.

Frente a ese horror que algunos llaman conciencia de existir, nuestros abuelos prehistóricos erigieron el primer dolmen y entonaron la primera plegaría que debió ser algo así como un poema romántico a base de gruñidos. Y el hecho religioso se pegó como una lapa, un virus, una esperanza, una bendición o una maldición irracional, en el corazón de hombres y mujeres. A ver quien es el milagrero que le quita eso a bastante más de la mitad de la humanidad. 


2 comentarios:

javier dijo...

En feria y en carnaval nunca tuve problemas para llegar a la farmacia de guardia...

En semana santa una vez no me permitieron llegar.

El bloqueo de algunas calles es total..Si alguien necesitara una ambulancia no se que pasaria...

Jorge Ramiro dijo...

Yo soy religioso, pero de todos modos aprovechó la semana santa para hacerme también unas pequeñas vacaciones. Ya es tradición, así que lo preparo con anticipación y siempre mediante algunos cupones o promociones para que le viaje me salga más barato. Con tiempo, se puede hacer sin problemas